Hugo E. Grimaldi

Analista político

Graciela Fernández Meijide protagonizó con Fernando de la Rúa en el año 1999 una interna ejemplar en cuanto al modo de convivir sin agresiones. Iban nada más ni nada menos que detrás de la presidencia de la Nación y lo pactaron en una charla, sin manifiestos ni manuales. Hoy, a los 90 años, ella tiene mucha autoridad para hablar del deslucido rol de los políticos en estos tiempos de turbulencias electorales, cuando todos mandan sus ideas a la licuadora porque ninguno de ellos quiere “quedar mal”.

Para ser dirigente hay que “tener el coraje de hacer docencia y decir vamos para tal lugar y lo vamos a hacer de tal o cuál manera”, señala como crítica al delicado momento que vive la sociedad, sumida por estos días en la desesperanza que le ha traído el nefasto cóctel de Covid más pobreza.

Por la apatía que se observa, la vida de los argentinos hoy conjuga el verbo “postrar” en todas sus acepciones. Como producto del miedo, pero también por la soledad que provoca la pandemia y debido al derrumbe económico que tira para abajo los sueños de movilidad social que aún persiguen grandes capas de la población, el día a día transcurre entre la humillación y la debilidad, un tiempo poco propicio para pensar más allá de la cobertura de las necesidades inmediatas. Los sicólogos sociales creen que si bien todo el mundo reaccionó así ante la peste, el caso argentino se complica mucho más aún por el temor hacia el futuro y por la desconfianza ante la falta de líderes. El abatimiento ante ese desamparo parece ser la constante de estos tiempos.

Tal parálisis se da porque no se visualiza con claridad quién pueda inyectarle a la gente las ganas de retomar la vida con esperanza. Ocurre que la llamada clase dirigente se ha apartado voluntariamente de esa misión porque está claro que ya no dirige, no conduce, que va por detrás de lo que dicen las encuestas y que casi no se hace cargo del timón, ya sea porque le falta capacidad y sobre todo grandeza o quizás para no tener que tomar las decisiones duras que merece el momento o por ahí para salvarse sola, el ítem que se hace más evidente para la sociedad, al punto que muchos creen que eso es parte de una tarea de sometimiento. “Yo no creo que esta sea una constante, al menos a nivel nacional. Quizás sí en algunas provincias, como Formosa”, opina Meijide al respecto.

La cierto es que la historia de recetas fracasadas y de promesas que nunca han llegado a buen puerto se repite y se vuelve a repetir. Lo más extraño es que hasta ahora la sociedad de los argentinos, que ha dejado atrás la clase media que contribuyó a instalar el primer peronismo para caer cada vez más en la pobreza, hoy vota recetas típicas del popular-socialismo pero bajo la lógica individualista del “sálvese quien pueda”, que es carne de cañón apetecible para quienes buscan convencerlos con el proyecto de la nueva burguesía. Hasta el propio papa Francisco hoy parece hacer un culto del individuo, algo muy extraño ya que siempre la Iglesia se ha caracterizado en sostener como estandarte el todo de la persona humana y pese a pregonar las formas solidarias que surgen de su propia Doctrina Social.

También opina Meijide que “para salir de la pobreza se necesita trabajo genuino que no dependa del Estado y sobre todo educación, un tema que no está suficientemente discutido, para dejar atrás un modelo antiquísimo y pasar a estructurar el rol de la escuela como organizadora del mundo del futuro”. La dirigente de derechos humanos tampoco entiende cómo la Argentina ha abandonado caminos internacionales más plurales, que educativamente le podían proporcionar una mayor apertura mental, para atarse ideológicamente a Cuba, Venezuela y Nicaragua.

En cuanto a la falta de liderazgos, lo delicado del actual momento se patentiza en que, pese a la gravedad de un momento que exige alguna dosis de creatividad que se oriente a resolver o al menos a atemperar los problemas más graves, las dos grandes fuerzas políticas actuales se hayan dedicado en los últimos días a elaborar pomposos y casi escolares manuales de campaña solamente para no quedar mal con el discurso.

Nadie pide un San Martín que con el índice extendido marque el horizonte. Apenas se necesitan dirigentes con honestidad y valentía, dos valores bastante difíciles de conseguir en el actual escaparate de la oferta política, más preocupada por las formas que por el fondo de los problemas.