Hay un sector de la política en general que se encarga de querer hacer más fundamentalistas de los referentes de turno, que ciudadanos con sentido de pertenencia. En eso invierten y en eso proyectan, en aceitar una gran máquina de obsecuentes que odie mucho y que divida en dos a la sociedad Argentina. Todavía quedan algunos dirigentes de la vieja escuela, sin límites ideológicos que confluyen en el gran pensamiento nacional de la paz y la unión del pueblo, hay que cuidarlos y ayudarlos a que puedan enseñar el verdadero principio sin fin y el real significado del arte de hacer política, de la buena sin dudas alguna. Cuentan algunos libros que el deseo de sucesión del General Perón en el ocaso de su vida y de la presidencia, era que lo sucediera en el cargo Ricardo Balbín, su entonces opositor. Fue el ejemplo de que primero está el futuro de la patria por encima de las ideologías, a pesar de la diferencia que se tenían, se admiraban ambos las capacidades personales y el gran patriotismo; Balbín en la muerte de Perón en medio de su funeral tuvo palabras sentidas y quedó inmortalizado un abrazo. Hoy Perón y Balbín no son representados en sus conductas por sus seguidores, hay más fanatismo por el conductor actual que respeto por aquellos que marcaron la historia nacional con hechos, con errores también, pero con la gran cualidad de dejar el odio personal de lado, hoy la corrupción los salpica tanto que ya no tienen vergüenza y se presentan como alternativa de sus propias gestas que por ambiciones fueron excluidos. Habrá que volver a los más viejos porque hay una generación política que hoy siembra odio a cambio de poder, habrá que cambiar las reglas del juego que le permita a algún ciudadano de bien representar a todo el pueblo argentino, uniendo primero, lo que otros intentan romper, la paz nacional no se negocia.
Williams Fanlo
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