Como si fuesen dos humildes cebollitas sentados en el cordón de la vereda, ambos enfundados en su propia piel y sin colores distintivos, Lío y Ney le mostraron al mundo el sábado pasado el humano ejemplo de su amistad por encima de las diferencias. Lionel Andrés Messi y Neymar da Silva Santos Junior son millonarios pero se dieron un momento post partido para marcar una pauta de convivencia que seguramente les llega como mandato desde sus raíces humildes. Fue el broche de oro de una noche muy redonda para algunos y algo más oscura para otros futbolísticamente hablando, pero auspiciosa para todos en cuanto a que ambos demostraron que los valores superan las rivalidades.
Un rato antes, el propio capitán argentino había cancelado desde su ascendencia una cargada de sus compañeros en forma de cánticos hacia Brasil, como tributo a este nuevo paradigma de la comprensión hacia el otro que él ha sabido transmitir mucho mejor que la mayor parte de los políticos de la Argentina. Para ponerlo en términos de ambos países, la imagen del interminable abrazo y esas actitudes mostraron que en la vida existen cosas más trascendentes que las grietas y que tirar juntos es posible.
Ambos provienen de lugares que hoy están viviendo procesos populistas de diferente signo y que tienen dos presidentes excéntricos que se especializan en bartolear la pelota a la tribuna: se necesitan, pero no se tratan, les cuesta horrores evitar la discriminación hacia el otro, no ven el mundo de la misma manera y cuando hablan dinamitan todos los puentes. Después de los gritos y de los festejos futboleros es cuando se impone el tiempo de hacer la pausa y reflexionar fronteras hacia adentro con argumentos más o menos equilibrados para no caer en la tentación de la demagogia fácil. Quizás fue porque leyó bien la lección del Maracaná y no por otras excusas que el presidente Alberto Fernández no se acercó a Ezeiza.
Este aire fresco que desparramaron los dos amigos contribuye en el caso argentino a mitigar en alguna medida el momento muy especial que la población vive desde lo sanitario, cuando el abominable número de 100 mil fallecidos nos interpela a todos, a los oficialistas que para conseguir vacunas han privilegiado su ideología y las apetencias electorales en estos meses de encierro colectivo y maléfico; a los opositores que se han dejado llevar por la oportunidad de hacer daño y a la sociedad en su conjunto, que ya no sabe cómo afrontar tanta cuarentena y empobrecimiento y se rebela, aún poniéndose en riesgo.
Las encuestas indican con precisión que en la Argentina la gente está abatida, que no encuentra miras, que no observa oportunidades, que siente que se repiten y se repiten las viejas recetas y que se recae siempre en los mismos problemas, que se archiva la educación como proyecto de país, que los impuestos ahogan, que el progreso es una utopía, que la inflación no se doma, que el mundo nos queda cada vez más lejos, que el dólar es un sentimiento y que la movilidad social ascendente se fue al descenso. La frustración, la desazón y la resignación ciudadana están a la orden del día y eso se traduce en la baja de defensas a la hora de hacerse escuchar.
El viejo cuento de la rana que va naturalizando el calor del hervor es lo que ha venido a enfriar la actitud de Messi y Neymar. Le han mostrado a todos, adentro y afuera de los países, que hay cosas posibles que se pueden lograr con humildad y hablándose francamente. Que no vale la pena mirar a los demás con recelo y que no es necesario tener ninguna camiseta puesta para charlar sin tratar de sacarse ventajas, tratando de engañar al otro. Que la recuperación de valores vendrá por confiar en los demás y sentir por ellos respeto al menos y si es cariño, mejor.
Y como la autoridad moral como sostén de este tipo de procesos es un activo que ya no se encuentra con facilidad, la buena noticia es que estos dos elegidos del fútbol la han sabido poner en una vidriera rutilante. Ahora, queda en los todos los demás ver el camino.