La pandemia ha hecho que los credos tengan que reinventarse. De manera excepcional, la acción comunitaria, uno de los pilares de las religiones, se ha visto obligada a pasar a la virtualidad. Así, poco a poco, gran parte de la vida religiosa vira a las plataformas digitales. ¿Es este el futuro de los credos?
“Depende de las comunidades. En nuestro caso, ya teníamos una red porque somos un grupo chico, ya había un grupo de Whatsapp. Lo que hicimos fue ampliarlo un poco. Hay allí mucha afluencia de comunicación, de pedidos de oración, más que nada por algún enfermo, por las personas mayores, y ahora por la covid”, explica Ángel Schoenberger, referente de la Iglesia Evangélica Metodista Emmanuel.
“Las redes han posibilitado que se sostengan muchas prácticas”, resume el padre Leonardo Lalo Valoy, que recuerda la carta del Cardenal Robert Sarah, aprobada por el Papa Francisco, en la que afirma: “ninguna transmisión es equiparable a la participación personal en la misa o puede reemplazarla”. Así, el sacerdote explica que, como fieles y por nuestra cultura, necesitamos mucho del contacto con el otro.
Más allá de todo, hay que reconocer que la tecnología ha permitido que los creyentes sigan comunicados y continúen con la obra de salvación espiritual vía on line. Entonces, sí, tiene su parte positiva y negativa.
Lo positivo
Schoenberger entiende que el distanciamiento y la soledad a la que nos hemos enfrentado ha logrado que muchos se abran a lo espiritual. “La tecnología cubre un bache que hay por la falta de presencialidad, pero no debería ser la única solución; la espiritualidad no es solo orar. Es fundamentalmente acción: la oración es una acción que hay que compartir, estando juntos, ayudándonos”, asegura.
De todo lo nuevo a lo que nos enfrentamos, resalta que las religiones que ya tenían presencia digital ampliaron su llegada, especialmente entre los jóvenes. También creció la oración comunitaria virtual: esta situación les permitió unirse a diferentes distritos a nivel nacional y poder comunicarse y hacer reuniones (por Zoom) de manera conjunta.
“A pesar de que uno espera y desea volver a compartir y a tener relaciones de piel y de sensibilidad próximo con el otro, no debemos dejar de reconocer que esto (el paso a la virtualidad) fue un reencuentro con un montón de personas que se habían alejado o que se fueron a vivir a otros lugares geográficos”, expone Salomón Nussbaum, rabino de la Kehilá de Tucumán.
“Las redes ayudaron a que crezca la oración personal: ahora hay gente que recibe diariamente audios del evangelio u oraciones, pero no hay que buscar lo light. Hoy todo es rápido, express; y no hay que dejar que eso le quite el tiempo a lo profundo, al tiempo de silencio, de recogimiento”, considera Valoy, que destaca que en pandemia son muchos los que pudieron acceder a ámbitos formativos de todo tipo, encuentros comunitarios virtuales o formación bíblica: “cosas que antes la gente no hacía por falta de tiempo, ahora conectándose desde casa, se puede”, indica.
Las cadenas de oración también aumentaron con la pandemia: “es algo más social, que preserva lo comunitario, pero hay que tomarlo como una oración, no como algo mágico, que si rezamos por alguna persona se va a curar, sino pensar en la solidaridad de acompañar desde lo orante, una gran manera de estar con quien sufre”, acota.
Lo negativo
Lo que se pierde con la virtualidad -sigue Nussbaum- es el sentido comunitario de la oración, el estar integrados, la participación, la presencia. “Todo esto de la virtualidad empobrece un poquitito la vivencia -considera-; ésta es una solución momentánea. Que cada uno elabore la religiosidad desde su hogar y desde su privacidad, no es una alternativa”. Otra tema es las complicaciones que los adultos mayores tienen: “esto tiene que ver con grupos etarios: cuanto más grande es la gente, menos propensa es de volcarse a la virtualidad”, dice.
Las horas en casa han hecho que poco a poco también nuestras rutinas pasen a segundo plano y, con ello, se pierdan los hábitos: “por ejemplo, en la persona que tenía la costumbre de ir a misa en un determinado horario. Eso era una rutina. Ahora le dejó lugar para otras cosas; va a haber que volver a activar todas esas necesidades y expectativas de la gente”, acota Nussbaum.
Schoenberger considera que la pandemia ha empeorado un problema ya existente: la individualidad. “Es una tendencia mundial. La gente está con un celular al lado y no se habla, capaz que se escriben un mensaje de Whatsapp estando al lado. ¡Lo siento como una aberración!”, admite.
Entonces, ¿sí o no?
“El eje del proyecto en decirle sí es la presencialidad y la vivencia en comunidad y en comunión, y eso no lo sustituyen los medios o la virtualidad; pueden ser un sucedáneo o una alternativa para una circunstancia extraordinaria que lamentablemente está dada”, resume Nussbaum.
“Las redes tienen su lado positivo pero no hay que darles manija, hay que buscar el contacto humano. Y no solo en lo cúltico; se trata de responder a las necesidades del otro”, añade Schoenberger, que concluye: “espero que sean una herramienta que no sustituya la presencialidad y el contacto físico, porque eso no se puede cambiar por lo virtual”.
“Esto de la virtualidad sí va a dejar una impronta, pero no creo que sea un camino diferente que haga olvidar lo otro. Muchos fieles extrañan ir a misa -cuenta Valoy-; las redes no han sido un parche hasta que volvamos a la presencialidad, sino que abren nuevas maneras de comunicarse, de enseñar, de aprender, y muchas de ellas hay que capitalizarlas, atesorarlas, y no dejarlas pasar. Y hay otras que son provisorias, transitorias. Hay que discernir entre lo que es coyuntural, que ahora nos sirve, mientras tenemos estas restricciones y cuidados que debemos tener, y lo que pueden ser posibilidades, apertura a la propagación o profundización de la fe”.