El día de la patria es el momento preciso para reflexionar sobre el país que hemos construido, a 205 años de la Declaración de la Independencia, y sobre el país del futuro. Importa la reflexión porque ayuda a aclarar las ideas en tiempos en que la coyuntura plantea urgencias que requieren medidas que siempre parecen extraordinarias y cuyos resultados tampoco se pueden medir con la distancia y la objetividad necesarias.
Importa la reflexión, además, porque en estos momentos en que se produce la visita presidencial a Tucumán, constituida en capital de la República por un día, las miradas de la sociedad están puestas en la actividad y las palabras de quienes conducen el país, comparadas, de un modo u otro, con las de los próceres. Se trata de un duro ejercicio entre el pasado fundacional -que abrió hace dos siglos las puertas a la ilusión que creció con la gesta de la Independencia- y el presente sacudido por los problemas. Ejercicio en el que se incluye también la emergencia planetaria que la traído el coronavirus.
Bien señaló la directora de la Casa Histórica en nuestro ciclo “Paren las rotativas” que la ajetreada edificación donde tuvo lugar el Congreso de 1816 “alberga el hito político más importante que tuvo nuestro país”, dado que en esas jornadas se trazaron las líneas estructurales de la Nación que nos contiene y que había surgido, al decir de Bartolomé Mitre, con la revolución de Mayo, seis años antes. Esas líneas aparecieron en un período duro y confuso, hecho de emergencias y debates de los que salían múltiples diagnósticos, con tácticas diferentes y hasta estrategias contrapuestas, como señala Luis Alberto Romero, que dice que los protagonistas de los años primigenios de la patria transitaron esos años casi a ciegas, apenas intuyendo el camino, pero con la certeza de que estaban fundando el destino. El devenir del país fue consolidando los ideales de la Argentina como una identidad compartida por los habitantes de la nación y de la valorización de los fundadores -con las figuras de Manuel Belgrano y de San Martín como claves en el panteón patriótico- como los que trazaron el ejemplo. Junto a ellos, los que participaron en mayor o menor medida en la gesta emancipadora y los que siguieron, también con fuertes debates entre los ideales y la praxis de un territorio que ha sido siempre un crisol de razas que se congregaron en una idea de patria esencial, unida alrededor de “la enseña que Belgrano nos legó”, como ha marcado el poema de Juan Chassaing de 1861.
Esa construcción colectiva, hecha de grietas y de ideales a veces contrapuestos, siempre ha buscado orientarse con los próceres -ya sea que estos fueran vistos desde el bronce o desde su dimensión humana- como una forma de ayudar a sostener esa memoria que nos contiene a todos, sin banderías partidarias, y que también marca pautas de pensamiento y de conducta. Bien dijo Vicente López y Planes, en la despedida al creador de la bandera, que “imitando a Belgrano nos salvamos”.
Este 9 de Julio, entonces, es tiempo para conjugar la mirada al pasado con las ilusiones personales y colectivas y la exigencia a los responsables de guiar el barco de la patria -oficialismo y oposición- a que se miren en el ejemplo que nos dan los héroes. Es tiempo de preguntarse qué podemos hacer para sostener vivo el espíritu de la gesta de la Independencia, para entender la dimensión de nuestros cuestionamientos; para ver qué tiene de bueno y de malo la sociedad que estamos construyendo y cómo se la puede encauzar hacia el destino al que todos aspiramos.