La política está enferma. Padece del virus de la apatía. Los dirigentes del laboratorio de análisis de campañas proselitistas observan que es difícil el diagnóstico y que, necesariamente, sea cual fuere el paciente que se presente en las próximas elecciones, indudablemente tendrá que tener los más altos valores para poder pasar la contienda.
La política tucumana está atomizada en todos los frentes. Si la desconfianza forma parte de un fenómeno que se profundizó en la sociedad por efecto de las crisis sanitaria y económica, en la política se ha convertido en un estado natural. Todos los referentes se miran con sospecha.
Todos (y no hay excepción que rompa la regla) quieren el mejor lugar en la lista de candidatos. Esperan bendiciones de líderes que también están en crisis. El eterno juego de halcones y palomas, de núcleo duro y de pragmáticos, de resultadistas y de tiempistas, fluye en todo el territorio nacional.
En Tucumán, todo ese cóctel forma parte del menú que se está preparando para las elecciones de medio turno. De otro modo no se explica el infantilismo de dirigentes tradicionales que, a la primera curva, derrapan. Juan Manzur y Osvaldo Jaldo llevan una pelea de poder que acaba de cumplir cuatro meses. A juzgar por sus declaraciones, el gobernador no puede ni ver al vicegobernador, y viceversa. ¿Acaso la situación actual está para soportar semejante pelea entre conductores institucionales de dos poderes del Estado? 2021 se ha convertido en 2023 sin necesidad de que la ciencia haya encontrado la máquina del tiempo. Las apetencias particulares fluyen, pero en el juego del desconfío, gran parte de la sociedad se pregunta si el binomio gubernamental exagera la pelea para mantener el protagonismo y evitar, de ese modo, una alternativa de oposición que pueda arrebatarle bancas y no cumplir el objetivo deseado: sumar escaños para “garantizar la gobernabilidad de la gestión nacional”, al decir de los protagonistas de la pelea cotidiana.
Si fuera cierto, ¿qué argumentos daría Manzur a la Casa Rosada para explicar, por ejemplo, que el PJ no pudo lograr más de los 40 puntos que la Nación espera conseguir en el sexto distrito electoral de la Argentina? O la otra pregunta: ¿qué dirá Jaldo si el peronismo no obtiene las bancas de mínima que acordó mantener ante autoridades nacionales? Tal vez la claridad llegue el mismo día en el que se conmemora el Día de la Independencia. Será la oportunidad para que, cuatro meses después, Manzur y Jaldo vuelvan a mirarse cara a cara y, si el tiempo y las circunstancias lo permiten, puedan decirse de todo en algún salón interno de la Casa Histórica sin testigo alguno por lo encapsulado que serán los actos patrios.
Juntos por el Cambio parece una frase hecha para denominar a una coalición que no tiene paz. En esa franja mayoritaria de la oposición hay jugadores que intentan mantener sus lugares por imperio de la trayectoria y otros que intentan proyectarse hacia 2023. En el medio están aquellos que buscan subirse a un tren que no va a la misma velocidad. Entre los radicales, saltan las diferencias de siempre, con un partido intervenido y sin acuerdos intergeneracionales. El PRO sigue viendo cómo se decanta la interna nacional que, indudablemente, ha golpeado a la estructura. El Partido de la Justicia Social quiere más protagonismo en el armado, aunque la Casa de Gobierno aún mantiene esperanzas de que el partido que lidera el intendente Germán Alfaro arme su propia oferta electoral, por fuera de la coalición macrista. Fuerza Republicana ya lanzó su campaña. Ricardo Bussi, su presidente, trata de armar la estructura que le permitió sentar a varios legisladores en bancas provinciales, más allá de renegar de los radicales.
Hasta dentro de una semana habrá tratativas para terminar de conformar las alianzas, de acuerdo con los plazos del calendario electoral. Hasta el 24, a su vez, deberían conformarse las listas de postulantes que los tucumanos podrán ver, en gran medida, en las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del domingo 12 de septiembre, sobre todo en la oposición.
La política no debe perder de vista un fenómeno que está creciendo en distintas franjas de la sociedad, más cualitativa que cuantitativamente: la apatía, el desinterés y la desafección política. Como señalan los politólogos, se está observando una falta de curiosidad de la ciudadanía hacia los mensajes que lanzan los políticas y una sensación generalizada de vacío en los contenidos que esa política le da a las gestiones, más allá del tratamiento de la pandemia. Lo peligroso es que todo esto se combina con bronca, falta de paciencia y de tolerancia frente al error y a la discrecionalidad de algunas decisiones.
Esto es más notorio cuando se mide la popularidad de los principales líderes de la Argentina, que se evidencia y hay mayor contagio en aquellos distritos dependientes de las decisiones que se toman en Buenos Aires de otros que vienen mostrando una relativa autonomía al poder central. La situación económica no contribuye a modificar el humor social. La inflación como principal problema sin resolver ha golpeado a todos los escalones de la pirámide social, en un país en el que el 10% de la población más rica concentra casi un tercio de la riqueza total del país. Muchos ciudadanos creen que en esa casta están los políticos y ese es un sambenito que la dirigencia seguirá llevando en la medida que no cambien las formas de hacer política.
No hay debate de ideas; sólo se perciben verdaderas pujas de poder para sostenerse en la vitrina política. Por esa razón, no hay acuerdos dentro de las fuerzas que competirán en las próximas elecciones, porque valen más los posicionamientos para dentro de dos años que la verdadera razón de un comicio de esta naturaleza: darle una mayor calidad en el tratamiento de los proyectos de ley en el Congreso. Mientras eso no cambie, la sociedad seguirá con la misma sensación de apatía.