Se suele recordar a Juan Forn por sus crónicas de los viernes en Página/12 o por sus buenos libros. Novelas o cuentos. Pero hay un Forn que también alentó la temática deportiva. Es gracias a él que hoy podemos leer joyas periodísticas como Díganme Ringo, el genial libro del periodista Ezequiel Fernández Moores sobre la vida del boxeador Oscar Natalio Bonavena. Forn impulsó desde los años 90, cuando ya se acentuaba como escritor, autores nóveles y de los otros.

Forn es recordado no sólo por su calidad literaria sino también por su humildad. Fue uno de los primeros en desacartonar la literatura. Un ejemplo es el suplemento Radar, de Página/12, que marcó un antes y un después en el periodismo literario. Sabía que era uno de los mejores pero no tenía ese aire de suficiencia tan común en el ambiente. Desde su casa de Villa Gesell, donde vivía tras superar un grave problema de salud, atendía y recibía a colegas y periodistas para tomar un café y hablar de libros.

Hincha de Independiente, aludió al fútbol en 2002, cuando el equipo de Avellaneda salió campeón. Lo hizo, como siempre, contando a personajes secundarios. Ejercicio que describía como líneas paralelas que intentaba juntar. En aquella oportunidad, y bajo el título “Brindo por ellos”, recordó a Andrés Ducatenzeiler, el presidente del club. Lo llamaba Duca y lo conoció en una librería de la avenida Santa Fe cuando Forn intentaba robar un libro. Después Forn se destacó en la literatura y Ducatenzeiler llegó a la presidencia de Independiente tras integrar la barra brava bajo las órdenes de su líder, el Gallego. “Tenía calle y le gustaban los libros, gran combinación, y después se casó con la hija del dueño: mejor combinación aún”, lo recordó Forn.

Peter Norman

“El tercero de la foto” es otra de las grandes columnas de Forn en la que aparece la temática deportiva. Cuenta a Peter Norman, uno de los atletas olímpicos más importantes entre los australianos. Norman es el que suele aparecer, cuando no se lo olvida, en el podio junto a los norteamericanos (y negros) Tommie “Jet” Smith y John Carlos, tras la prueba de los 200 metros de los Juegos Olímpicos de México de 1968.

Norman se les unió para acompañarlos con el saludo de los Panteras Negras. Un guante negro en cada mano y puño alzado al sonar el himno de los Estados Unidos. Protesta política contra el racismo en el mundo del deporte. El Comité Olímpico Internacional nunca escuchó sus reclamos. La historia es conocida pero Forn la encara a partir de Norman. Los tres fueron suspendidos por el COI y fueron discriminados por sus protestas. “Para Norman fue peor -nos cuenta Forn-. En Australia, las minorías raciales sufrían una forma más silenciosa pero igualmente cruel de discriminación (en el censo nacional de 1968 se contaron las ovejas pero no los aborígenes). Expresar apoyo a la equidad racial fue condenarse al ostracismo. No sólo se le hizo difícil seguir corriendo; tampoco conseguía quién le diera trabajo. Repetidas veces lo invitaron a pedir perdón por el episodio de México, pero él se negó, y siguió entrenando por las suyas y logrando tiempos superiores a sus rivales. En los cuatro años siguientes batió trece veces la marca de calificación en los 200 metros para ir a las Olimpíadas de Munich en 1972, pero no lo convocaron al equipo nacional y, por primera vez en la historia de los Juegos, Australia no tuvo sprinter en las finales de 100 y 200 metros. “Se hizo adicto a los calmantes que le recetaban, luego alcohólico, luego se recuperó y empezó a militar en el sindicalismo y trabajar en una carnicería. Usaba su medalla olímpica para trabar la puerta de su departamento”.

“Cuando se anunció que Australia organizaría los Juegos en el 2000, se ilusionó con que lo incluyeran en los festejos. Los organizadores de Sydney invitaron a todos los medallistas olímpicos australianos a desfilar el día de la inauguración, pero a Norman no sólo lo excluyeron del desfile: ni siquiera le mandaron entradas para ir al estadio. Era el mejor velocista de la historia australiana pero no existía”. Incluso en la estatua que se había erigido en el campus de San José, California, conmemorando aquel podio de México 68, el segundo lugar estaba vacío”. Hay que leerlo para entender la injusticia social y, a la vez, la genialidad de Juan Forn.

A mi criterio, su mejor texto con temática deportiva se publicó este verano bajo el título “La flor en el pantano”. Trata sobre Gigi Meroni, figura del Torino italiano en los 60. Pelo largo, patillas, bigote. Sus ídolos, Marilyn Monroe y el Che Guevara. “La iglesia lo condena por vivir en concubinato, la prensa lo acosa, lo demonizan por lo que hace afuera y adentro de la cancha, por sus patillas, por jugar con las medias caídas y la camiseta afuera del pantalón, por sus gambetas de ‘payaso intrascendente’. Cada partido del Torino es una batalla de media Italia contra Gigi. Pero el equipo sigue ganando”. Huyó con una mujer que estaba a punto de casarse con otro. Vida de película. Tanto como su tragedia. En este texto, las paralelas de Forn se unen de manera perfecta. No dejen de leer a Forn.

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Alejandro Duchini – Periodista.