JERUSALÉN.- El gobierno del ultranacionalista Naftali Bennett, que asumió ayer en Israel, empieza su gestión en medio de tensiones con los palestinos y amenazas dentro de su propio país, con un ahora ex ministro que se niega a dejar la arena política.

Tras 12 años en el poder, Benjamin Netanyahu repitió su promesa de derrocar al nuevo gobierno, aprobado el domingo por 60 votos a favor, frente a 59 en contra en el parlamento israelí.

La coalición gobernante se enfrenta a tensiones con los palestinos ante la convocatoria de una marcha nacionalista judía.

Muchos vaticinan que durará poco. “Es una coalición complicada, con partidos ideológicamente dispares, aunque creo que están comprometidos en tratar de demostrar que pueden tener una gobernanza más estable, tras dos años de caos político, y han construido muchos mecanismos en los acuerdos de coalición para evitar un colapso inmediato”, explicó Dahlia Scheindlin, analista política, a la cadena alemana DW.

La formación de la alianza integrada por partidos de derecha, centro, izquierda y árabes, con poco en común salvo el deseo de desbancar a Netanyahu, culminó los esfuerzos de creación de una coalición tras las elecciones del 23 de marzo, las cuartas celebradas en Israel en dos años.

En lugar de los tradicionales brindis con que acostumbran a celebrarse los traspasos de poder en la oficina del primer ministro, Netanyahu mantuvo una reunión con el ex jefe de Defensa, que encabeza el partido nacionalista Yamina, para informarle de los asuntos del Gobierno.

“Agrio, malhumorado, no majestuoso. Igual que (Donald) Trump -su aliado incondicional- hasta último momento", escribió Yossi Verter, comentarista político, en el diario Haaretz.

Bennett ya debe hacer frente a una delicada decisión sobre la aprobación de una marcha convocada para hoy por nacionalistas judíos, que pretende pasar por el barrio musulmán de la Ciudad Vieja de Jerusalén, una zona disputada por los musulmanes, que la consideran igualmente sagrada. “Es una provocación a nuestro pueblo y una agresión a nuestra Jerusalén y a nuestros lugares sagrados", dijo el primer ministro palestino, Mohammad Shtayyeh.

Varias facciones palestinas han convocado un “día de furia” contra el evento, con el recuerdo todavía fresco de los enfrentamientos con la policía israelí, el mes pasado, en el disputado recinto de la mezquita de Al-Aqsa de Jerusalén y en un barrio de la ciudad donde los palestinos se enfrentan al desalojo en una disputa judicial con colonos judíos.

El movimiento islamista Hamás, que gobierna la Franja de Gaza, advirtió de la posibilidad de que se reanuden las hostilidades si la marcha sigue adelante, menos de un mes después de que un alto el fuego pusiera fin a 11 días de hostilidades transfronterizas con las fuerzas israelíes.

Un cambio de ruta o la cancelación de la marcha expondría al Gobierno israelí a las acusaciones de que otorga a Hamás poder de veto sobre los eventos en Jerusalén.

El subsecretario de Seguridad Interior, Yoav Segalovitz, dijo que los Gobiernos anteriores habían impedido que los nacionalistas visitaran lugares musulmanes en tiempos de tensión.

Los palestinos quieren que Jerusalén Este, que incluye la Ciudad Vieja, sea la capital de un Estado que pretenden establecer en la Cisjordania y Gaza ocupadas.

Israel, cuya anexión de Jerusalén Este no ha tiene reconocimiento internacional, considera toda la ciudad como su capital.

Para escapar a la discordia, el nuevo gobierno trata de centrarse en las reformas internas y la economía, y no en temas candentes como la política hacia los palestinos. (Reuters-Especial)