Si vacunarse es una opción, no un acto forzoso ni una imposición del Estado, ¿cómo actuar frente a quienes rechazan el pinchazo? Es uno de los tantos frentes que preocupan a las autoridades sanitarias. Hablamos de una escala global, así que cada país va adoptando distintas estrategias, de acuerdo con el grado de injerencia que los antivacunas son capaces de alcanzar en la opinión pública. No todos son activistas ni negacionistas; están también los que no hacen campaña en contra pero -simplemente- prefieren “esperar”. ¿Esperar qué? Ahí también hay variedad de respuestas. Por lo general, a que se alcance la inmunidad de rebaño sin tener que someterse a la inoculación, la que no deja de ser una postura ultraindividualista. Algo así como “que se vacunen los otros y al final me beneficio yo”. Es, por sobre todo, el rechazo a uno de los principios básicos que implica el acto de vacunarse: el de la solidaridad.
Lo positivo es que la aceptación de los tucumanos a la campaña de vacunación viene siendo altísima. Un ejemplo: la inscripción para el segmento de 50 a 55 años quedó cerca del padrón completo, y lo propio está ocurriendo con el grupo de 45 a 49. Hay una confianza generalizada hacia las vacunas, que hasta el momento son tres autorizadas por el Ministerio de Salud y por la Anmat (Sputnik, AstraZeneca/Oxford y Sinopharm). Vacunas que no garantizan la inmunidad contra el coronavirus, y esto siempre es necesario aclararlo, pero previenen el desarrollo de cuadros complejos y minimizan la tasa de mortalidad.
“Hasta ahora todas ellas, más allá de la marca o status de evidencias, están funcionando para prevenir la enfermedad grave y la muerte. Todas funcionan y son seguras, en relación más que aceptable. Los vacunados no están todos protegidos de enfermarse, pero la mayoría sí. Lo esencial es no morirse”. El concepto es de Guadalupe Nougués, doctora en Biología y autora del libro “Pensar con otros: una guía de supervivencia en tiempos de posverdad”.
Allí Nougués presenta varios caminos que permiten desentrañar el razonamiento de los antivacunas. Subraya que una de esas estrategias pasa por instalar incertidumbres. “Es sostener que la ciencia aún no se expidió definitivamente sobre el tema, pedir que se hagan más investigaciones incluso cuando ya hay un consenso científico extremadamente sólido. De estos dos modos, se genera duda donde no la hay. Cuando esto se refuerza con marketing agresivo, lobby para afectar regulaciones y sesgo en la información que difunden los medios de comunicación, tenemos toda una estructura de distorsión intencional que genera la idea de que aún no podemos estar seguros a pesar de que, al mirar la evidencia, podemos decir que sí lo estamos”, escribe.
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Cuando reanudó las clases, la Universidad de Tel Aviv sólo permitió la presencialidad de los alumnos que se habían vacunado. Los demás siguieron con el Zoom. La realidad de Israel, uno de los países que más rápido y con mayor eficacia actuó ante la pandemia, es de lo más variada. Para incentivar la vacunación el Gobierno ofreció a los inoculados un “pase verde”, que proporciona beneficios en el acceso a restaurantes, gimnasios, shows y paquetes turísticos en la zona del Mediterráneo.
No obstante, miles de israelíes siguen diciéndole que no a las vacunas y esa tensión está derivando hasta en planteos judiciales. Por ejemplo, a los empleados estatales que no quieren vacunarse se les reasignan tareas sin atención al público, lo que puede afectar sus ingresos. Lo propio con estudiantes a los que se les impide entrar al aula.
El problema tiene múltiples aristas. Veamos este ejemplo: de un lado están los empleados que, por temor, se niegan a compartir el lugar de trabajo con compañeros que no quieren vacunarse. Y del otro lado aparecen los que defienden su libertad y advierten una violación de sus derechos básicos al impedirles la entrada a una oficina. ¿Quién tiene la razón? La pelota, cada vez con mayor frecuencia, está llegando a los Tribunales.
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Donde el negacionismo actúa con mucha fuerza es en Estados Unidos, ya que oscila entre el 25% y el 30% de la población. De no bajar esos números, la anhelada inmunidad grupal corre riesgo. Por eso, allí el problema no es de cantidad de dosis, que sobran -y de hecho en varios Estados las autoridades sanitarias se ven obligadas a devolver los lotes-, sino de credibilidad. Es una de las cuestiones en las que trabaja con mayor ahínco el equipo liderado por Anthony Fauci, líder de la lucha contra el coronavirus en ese país. Todo vale en esta llamativa batalla, al punto de que en Nueva York regalaron porros a quienes acreditaban haber recibido al menos una dosis.
Es en Estados Unidos donde surgieron muchas de las teorías conspirativas que atacaron desde el vamos la eficacia de las vacunas. Un porcentaje asombroso de la población -medido en millones de personas- realmente cree que con la vacuna se introduce en el cuerpo un chip que le brindará a Bill Gates (o a George Soros, hay otros nombres en danza) un dominio a control remoto de la voluntad de los individuos. Mensajes que se replican por las redes sociales y que van más allá de ser fake news.
Aquí hay una cuestión que excede la cuestión de las vacunas y del coronavirus y está ligado a cómo circula la información y a la legitimidad de quien comunica. En ese escenario vale lo mismo una declaración de la Organización Mundial de la Salud que la palabra de un youtuber. Es una distorsión peligrosa, que corre el eje del debate y lleva al terreno de lo insólito.
Tomemos el ejemplo del terraplanismo y la trampa de su puesta en escena, que es decir: hay dos teorías, una que afirma que la Tierra es redonda y otra que es plana. Pues bien, es mentira, no hay dos teorías, no hay discusión. Hay una verdad, comprobada por la ciencia, que demuestra que la Tierra es redonda. Y por otro lado hay una creencia que afirma que la Tierra es plana, que Australia no existe y que en el borde de ese plano hay un muro de hielo similar al de “Game of Thrones”. Cualquiera está en su derecho de creer en esto último, pero está mintiendo cuando sostiene que hay dos teorías en pugna.
Con las vacunas sucede lo mismo y no es nuevo. Hay que revisar la historia y los comentarios que circularon cuando aparecieron las vacunas contra la viruela, la poliomielitis y cualquier otra que quiera agregarse. No hay dos teorías: la viruela no se extinguió porque sí, fue producto de la inmunización. Hay una verdad, comprobada por la ciencia, que explica el funcionamiento de las vacunas, y una creencia de que las vacunas son un cuento, un fiasco, un placebo, un instrumento de dominación y hay mucho más de esto en, por supuesto, internet.
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Nada de esto implica chuparse el dedo de la ingenuidad. Que detrás hay un negocio brutal se sabe desde que la industria farmacéutica se convirtió en uno de los factores de poder más incisivos del mundo. Todo lo que está sucediendo con el tema Pfizer es una demostración clarísima, abrumadora, del poder que las farmacéuticas poseen y de los alcances de sus tentáculos. Vale la salvedad, porque los laboratorios juegan sus partidos, al igual que los Gobiernos. Lo importante es separar la paja del trigo y enfocarse en cuestiones de salud pública, en este caso la importancia de vacunarse, sin empantanarse con el lobby de las marcas y las movidas de mercado que realizan para posicionarse tumbando a sus rivales. Y un dato para añadir: que un país produzca sus propias vacunas, lo que representa una decisión soberana, nunca les hará gracia a quienes las venden. Tal vez -esta es una conjetura, porque no hay precisiones científicas- en el futuro sea necesario vacunarse todos los años contra el coronavirus, como se hace hoy con la gripe. O sea que la proyección del negocio es infinita. Se entiende entonces todo este insistente aluvión que instaló el tema Pfizer en determinadas agendas.
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En 2019, cuando la pandemia todavía vivía en las novelas y películas distópicas, la OMS había advertido que el escepticismo en materia de vacunas era una amenaza seria a la salud mundial. Ponía como ejemplo los países que habían discontinuado las campañas de vacunación contra el sarampión y cómo la enfermedad estaba reapareciendo.
Nature, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, publicó ese año una encuesta realizada por el Proyecto de Confianza en las Vacunas de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres. Heidi Larson, directora del proyecto, puso sobre el tapete otra de las razones que mueven a los antivacunas: la netamente política. “Si usted tiene algún problema con el Gobierno se lo pensará dos veces antes de aceptar una vacuna que ellos están decidiendo, que están regulando y que podrían estar requiriendo”, destacó Larson.
Bajado a la Argentina de hoy, es una síntesis de cómo la grieta salpica una campaña de salud pública. Con el agravante de que todos están usando las vacunas -las marcas elegidas, los tiempos que se exitienden o se acortan, los grupos VIP, la distribución de dosis y un largo etcétera- para hacer política. Lo hace el Gobierno, lo hace la oposición. Pero, al menos, hay un lado bueno en semejante lodazal: nadie desde esas posiciones de autoridad está diciendo “no se vacunen”.