La fuerza arrolladora de los hechos y la verdad huracanada de las convicciones han logrado desarticular, durante esta primera semana de junio, una patraña injuriosa y malintencionada gestada en la placenta multinacional de los intereses corporativos: la mentira descarada de que la Argentina, que dejó pasar en 2020 un acuerdo con Pfizer por 14 millones de vacunas, tampoco quiso recibir dosis de ese laboratorio de EEUU a través del fondo Covax, de la OMS.
El director para América Latina de Covax (organismo creado para democratizar la distribución global de), Santiago Cornejo, dijo el martes que el Gobierno nacional y popular de Fernández y Fernández (no, al revés) había “dicho que no” quería recibir el medicamento de Pfizer contra el coronavirus, en plena pandemia. Al día siguiente, y luego de que fuera desmentido por la ministra de Salud Carla Vizzotti, el funcionario por un lado y el fondo Covax por otro, enviaron sendos comunicados de rectificación. Explican ambos documentos que el Estado sí quería acceder a las dosis de esa firma, pero no logró llegar a un acuerdo con el laboratorio. “Si bien la Argentina estaba interesada en la vacuna de Pfizer, no pudo cumplir con las consideraciones de indemnización y responsabilidad para finalizar el proceso con Covax”. O sea, una cosa es que no se haya hecho lo necesario para conseguir las dosis, que es lo que sigue quedando expuesto. Pero otra muy distinta es que digan que el Gobierno no tenía intenciones, porque eso es una calumnia. Las ganas están. Falta todo lo otro, pero que hay ganas, hay ganas…
Vienen por Tucumán...
Resta entonces esclarecer qué es lo que no está haciendo el Gobierno para ponerse de acuerdo con la empresa. El propio presidente Fernández (no, el otro) brindó una entrevista durante la semana pasada, en la que lanzo una revelación respecto de las dosis de Pfizer: “¿Por qué dicen que no la quiero comprar? Sucede que las condiciones (del laboratorio) me ponían en una situación muy violenta de exigencias y comprometía al país. Dije que ‘esto no lo puedo firmar porque me están pidiendo cosas desmedidas’”. Eso sí, después no dijo qué eran esas “exigencias” ni en qué consistían las “cosas desmedidas” que solicitaban. Por el contrario, a renglón seguido explicó que pese a estos dilemas, “la negociación nunca se interrumpió”.
Léase, no hay claridades. Pero, por lo menos, hay una buena provisión de aclaraciones. Aclara el Gobierno que no se trata de sobornos, después de que la presidenta del PRO, la moderada Patricia Bulrrich, denunciara que el Gobierno había pedido coimas. Ella no aportó evidencias, Pfizer aportó una desmentida categórica y el jefe de Estado aportó una denuncia penal contra la opositora.
Entonces apareció la diputada nacional oficialista Cecilia Moreau y manifestó que detrás de la renuencia del Gobierno argentino hay, en realidad, una negativa a entregar la riqueza del país. Como contraste maldito, en una entrevista radiofónica, la representante de la Provincia de Buenos Aires aseveró que, para cerrar acuerdos con Pfizer, Brasil y Perú debieron entregar “sus recursos naturales”.
La parlamentaria, por supuesto, tiene menos pruebas que Patricia Bullrich para sostener sus dichos, pero la tesis “Moreau” motivó algunos cabildeos oficialistas. Si bien el ala dura del kirchnerismo salió a militar el apotegma “soberanía o muerte” tuiteando frenéticamente desde sus iPhones, algunos operadores que se reivindicaron massistas plantearon que si la Argentina ya limita al sur con Lázaro Báez, tampoco podía ser muy grave limitar con Pfizer, en una que otra latitud, a cambio de las vacunas. Sin embargo, curiosamente, fueron las alarmas que se encendieron en los representantes de esta provincia los que terminaron por cerrar cualquier margen de negociaciones. La Agencia Federal de Inteligencia aportó datos de sus servicios de espionaje industrial según los cuales Pfizer, más que en el Amazonas brasileño o en la fértil región peruana de la “Eterna Primavera”, está interesado en quedarse con Tucumán. En principio, plantean los científicos del laboratorio, si hay vida orgánica durante la zafra azucarera, a pesar de la contaminación de la atmósfera y de los acuíferos, aquí debe estar la quintaesencia para desarrollar vacunas contra todos los males de la tierra.
La ministra Vizzotti fue la encargada de zanjar la cuestión. “Ni coimas ni glaciares”, aseveró a principios de esta semana, para dejar en claro que ni el Gobierno pide sobornos ni Pfizer quiere quedarse con los ríos congelados de la cordillera ni con los ríos infestados de Tucumán.
En rigor, los referentes masculinos del oficialismo y de la oposición no se manifestaron ni en los términos de Moreau ni en los de Bullrich porque saben, por propia experiencia, que esas denuncias son insostenibles. Pfizer no pidió ni sobornos ni recursos naturales en 1998, cuando lanzó el Viagra, ni los pide ahora, cuando garantiza que haya o no acuerdo por las vacunas seguirá enviándolo a la Argentina. Y en este país, de ser necesario, hubieran entregado Vaca Muerta y el Banco Central a cambio del sildenafil. Entonces, digamos todo compañeros: las pastillitas azules se quedan afuera de la grieta. Todo lo demás se puede debatir. Pero cuando no hay Viagra, no hay relato que valga…
El perro, enemigo del hombre
¿Entonces cuál es la razón por la que no acordamos con la buena gente de Pfizer? Por suerte, para esclarecerlo, nos queda Ginés González García. Aunque de dilatada trayectoria en la función pública, él es, ante todo, un científico: el escándalo del “Vacunatorio VIP” le costó el cargo luego de que el periodista Horacio “El Perro” Verbitsky revelara que su “amigo” había hecho que lo inmunizasen en el mismísimo Ministerio de Salud. Pero con ese experimento demostró que el perro no es el amigo del hombre.
Ginés, además, es médico y, por tanto, un hombre signado por los valores humanos desde el juramento hipocrático en adelante. Y como ahora ya no puede almacenar vacunas en el despacho, se ha convertido en la reserva moral del oficialismo.
Justamente, esta semana el ex ministro exhibió durante una entrevista con TN que los reparos para concretar una operación entre el Estado argentino y el laboratorio de EEUU serían, más bien, de orden ético. Porque, de acuerdo con la descripción que brindo, Pfizer es, prácticamente, igual que el oficialismo argentino.
• Cuando le preguntaron por qué cuando él era ministro no se cerró el acuerdo por los 14 millones de dosis para la Argentina, Ginés respondió: “Nos obligaba a cambiar la ley y no aceptamos”. O sea, Pfizer es albertista.
• Después, apuntó a los medios. “Esto nunca se termina. Parece que hay un montón de periodistas enamorados de Pfizer”, insinuó. O sea, Pfizer es kirchnerista.
• Cuando le preguntaron sobre términos específicos de la negociación, adujo reservas legales para no responder. “Todos explicamos que hay confidencialidad para mantenerla”. O sea Pfizer es cristinista.
De lo que resulta que Pfizer es un laboratorio “nac&pop” y por tanto está reñido con la moral pública que el Gobierno nacional y popular celebre contratos con una empresa tan afín en lo ideológico. Aristóteles le escribió a su padre “Ética a Nicómaco”, Fernando Savater le escribió a su hijo “Ética para Amador”, y ahora Ginés les dedica a sus críticos “Ética para opositores”.
La tercera ola
Pero Ginés va más allá. “La negociación ha sido larga. Ofrecimos cambios en la reglamentación. La ley se la hicimos a Pfizer y a otro laboratorio, el Congreso hizo agregados como la palabra ‘negligencia’. La ley salió y no nos dijeron nada. Cuando se promulga, nos dicen que no firman por ciertos artículos”, sumó.
Léase, el capitalismo ha tenido una fase colonialista, luego tuvo una fase imperialista y ahora tiene una fase “pandemista”. En esta suerte de tercera ola, los gobiernos se reivindican más cercanos al socialismo que al liberalismo sí quieren negociar abiertamente, pero las grandes empresas estadounidenses (y en EEUU, buena parte de la historia del país es la historia de la gran empresa) no quieren comercializar aquello en lo que invirtieron millones para desarrollar.
En conclusión: ya tenemos futuro ministro de Economía.