Libertad, comunidad y pandemia

Raúl Arué

Mg. en Sociología Aplicada-Docente de Filosofía y Letras-UNT

Uno de los valores que definen a la cultura moderna es la idea de libertad, esta aparece íntimamente asociada a los derechos individuales como por ejemplo la libertad de pensamiento y con la idea de democracia y ciudadanía. Pero la libertad en sentido absoluto tiene algunos problemas, por lo pronto remite a lo individual y no tiene en cuenta lo colectivo, por otro lado, suele restringirse a las libertades del mercado, por lo menos en sus variantes liberales y neoliberales que en la actualidad se universalizan y se plantean como la única racionalidad posible; según ese discurso pareciera ser que todo queda supeditado a la libertad de la competencia económica… incluso la vida humana.

Hay momentos, como los actuales, en donde la libertad individual entra en contradicción con otra idea fuerte, la de comunidad. Ejemplifiquemos esto: en base a esa libertad por supuesto que tengo derecho a tomar un café al solcito frente a la plaza Urquiza, sobre todo yo que ya tengo una dosis de la vacuna y me cuido un montón y seguro no contagio a nadie. Pero ¿qué pasa con las otras personas?, ¿el trabajador o la trabajadora que me sirve el café tiene la misma libertad para decidir cuidarse y quedarse en su casa?, ¿o para decidir trabajar en un entorno cuidado preparando pedidos para llevar, sin tener que interactuar con personas de las que no sabe nada sobre sus hábitos de cuidado? Entonces, ¿debemos concentrarnos en nuestras libertades individuales o debemos tener una mirada de responsabilidad y cuidado por el otro?

El otro problema está relacionado con la reducción del tema a la libertad económica, creo personalmente que, si en un principio de la pandemia dudamos como sociedad, sobre qué era más esencial, si la libertad económica o el cuidado de la vida humana, ahora, mal que nos pese a algunos, la libertad económica ha ganado la partida. Y no pienso sólo en el comerciante que decide abrir su negocio pese a las restricciones en vez de apostar a un sistema de ventas a pedido, o la persona que descree del teletrabajo y obliga a sus empleados a trasladarse para desarrollar una tarea que podría hacer remotamente.

También creo que ese esencialismo de la libertad económica está presente en el Gobierno que declara que la “actividad productiva es imposible que pare, con o sin pandemia”, o en los dubitativos controles frente al incumplimiento de los protocolos, o en los gobernantes que impulsan la educación presencial como única alternativa, sin tener en cuenta que no todos sus docentes, a los que sólo consideran como capital humano, están vacunados, y que prácticamente ninguno tiene exclusividad en un solo establecimiento educativo.

O en la imposibilidad de pensar el desarrollo de una vacuna por fuera de los laboratorios privados, el sistema de patentes y el know-how de empresa, empleando, por ejemplo, los conocimientos de nuestras científicas y científicos del Conicet y de las universidades nacionales.

Wendy Brown asocia esta racionalidad neoliberal que nos recubre como sociedad, con la idea de sacrificio, todos estamos supeditados al bienestar de la economía, eso explica que sean “trabajadores esenciales” tanto el personal de salud como aquellos dedicados a actividades productivas e incluso las personas que se dedican al servicio de delivery. Pero, ¿nuestro sacrificio es en favor de la salud y la supervivencia de la comunidad a la que pertenecemos o somos sacrificables en favor del éxito y la competencia económica? Si fuera esta última la respuesta, ¿vale la pena?

Autoridad erosionada

Lucía Cid

Socióloga

La actitud de desobediencia respecto de las medidas merecería un estudio a nivel empírico, pero no adjudicaría lo que está pasando al espíritu humano, tampoco diría que se trata de una cuestión de los tucumanos, porque la insatisfacción puede verse en otros lugares.

Me parece que la reacción de la gente en primer lugar debe tener que ver con intereses económicos, algunos muy justificables, otros no tanto. Me pongo en el lugar de una persona que vive al día y no sé si el Estado está haciendo lo necesario para contener a esa gente que no puede salir a trabajar.

Además, hay como un agotamiento, unido a la idea de que lo más grave ya ha pasado, lo cual no es cierto, estamos en una situación más complicada que el año pasado. Pero también la situación económica es más complicada; ya viene arrastrándose más de un año.

Después de lo económico están otras cuestiones como el individualismo, la ignorancia y la negación de la realidad.

También creo que otro factor que se suma es el agotamiento hasta del propio Gobierno, es como que está teniendo que enfrentar una ola muy fuerte y uno siente como que no sabe muy bien cómo hacerlo.

Me parece que la gente percibe eso del Estado, en el sentido de que está funcionando muy mal, que se encuentra la gente con un muro, una barrera, no se encuentra una respuesta.

Eso también contribuye a la erosión de la autoridad del Estado porque las cosas no funcionan.

Costumbres extrañas de decir “yo”

Santiago Garmendia

Doctor en Filosofia, profesor en la catedras Historia de la Filosofia Contemporanea y de Sociologia de la UNT

Uno de los fenómenos que más llamaron la atención de los antropólogos, los sociólogos y los filósofos, fue la costumbre de algunas tribus del norte de hacer regalos de manera frenética. Se denomina Potlatch.

Esta práctica muestra que un regalo puede ser leído como un desprendimiento interesado, que convierte un bien material en reconocimiento. El tema es que cuando empezaron estas tribus a comerciar con los europeos, el desprendimiento alcanzó ribetes extraordinarios: no sólo regalaban sino destruían sus bienes. El Potlatch autodestructivo plantea una pregunta universal, que es la de si nuestras prácticas sociales pueden desbordar hasta llegar a verdaderas hogueras, ante ciertos contextos tanto externos como internos. Desborde de control, desborde de descontrol.

Gérard Imbert, en su libro “Los escenarios de la violencia. Conductas anómicas y orden social en la España actual”, lo utiliza en este preciso sentido para pensar las conductas violentas de nuestra época: “Potlatch expresa una disolución de los límites, la inutilidad de los parapetos sociales ante una violencia consumada y genera una inseguridad difusa”.

Permítanme pensar en nuestro Potlatch tucumano, nuestro orgullo y vergüenza. Porque es cuando somos desafiados en nuestra condición misma de persona, de ciudadano y somos capaces de entregarlo, quemarlo todo, por ese segundo de dignidad. Creo que no es otro que el lema de sanguchería, un cartel donde se comercia nuestra otra perdición, la mila.

Ortega y Gasset recordaba que en Constantinopla había una Sociedad de Bebedores de agua que desde luego eran catadores de matices por nosotros jamás imaginados. Algo así nos pasa a nosotros (argentinos, tucumanos; del resto no puedo hablar): tenemos un pésimo paladar para los límites. Para ponerlos y para recibirlos. De ahí nuestra propensión al Potlatch: somos capaces de regalarlo todo, robarlo todo, quemarlo todo.

Hay muchos “no”, los conocemos a todos. Pero la partícula gramatical parece engañarnos y juntar todos sus usos. Como los bebedores de agua, podemos distinguir si nos hacemos el propósito, el “no” de los padres poniendo límites, el de los hijos que dicen “no” porque se lo prohibieron los padres. El “no” del basta de injusticia (el “no” de Lebbos). El “no” de nada cambie. El “no” de la mentira y el “no” de dejen de mentir. Tanto los ciudadanos como los funcionarios tenemos una idea patológica del “no”. (¿No hablamos incluso con doble negación, que no?).

Quisiera llamar la atención sobre un pequeño paradigma, está en el letrero que nombramos al principio. Dice “a mí noo”. Hemos vivido el flagelo del coronavirus y el de las restricciones. Ambos fueron interpretados desde este cartelito. A mi noo. Un modelo insólito, autodestructivo de rebeldía, un Potlatch que nos lleva a reaccionar cuando ya cada uno, cada “yo” del “mí noo”, está solo. Cuando ya es tarde.