La situación epidemiológica volvió a poner a los argentinos en una situación límite. Luego de un 2020 en el que por disposiciones presidenciales pasamos gran parte del año en aislamiento, el crecimiento de contagios, la ocupación de camas de terapia intensiva y los alarmantes índices de mortalidad obligaron al presidente Alberto Fernández a repetir la receta, aunque esta vez por un período en un principio más acotado de nueve días.

¿En qué se falló para, a 14 meses del inicio de la pandemia, tener que recurrir nuevamente al aislamiento obligatorio? Creemos que hay culpas compartidas. Evidentemente desde el Estado hubo errores en la gestión de las políticas sanitarias, con falta de testeos, de liderazgo y sobre todo en el manejo del plan de vacunación, sin haber conseguido las dosis que se habían prometido. Y también hubo errores muy graves desde el punto de vista de la población que, saturada por los delicados procesos económicos y sanitarios se relajó y dejó de lado, en muchísimos casos, los cuidados que se recomendaron desde el inicio de la cuarentena.

Ayer, Fernández participó de la Cumbre Mundial de la Salud, organizada por el G 20, y allí opinó que “la grave desigualdad en el acceso a medicamentos y vacunas representa un hecho injusto, sumamente inmoral y contrario a los intereses de la comunidad internacional en su conjunto”, afirmó. Sin embargo, quedó a la vista que Argentina falló desde el principio en la gestión de las vacunas, apostando sobre todo a la producción de Sputnik V y dejando de lado a otros laboratorios como Pfizer, Johnson y Moderna y ahora se están viendo las consecuencias ya que el conglomerado ruso no puede cumplir con la cantidad de dosis prometida, lo que retrasa el plan de vacunación, sobre todo con el segundo componente, fundamental para completar la inmunización. Pero además está visto que en situaciones como las que atraviesa el mundo entero, un liderazgo fuerte y ejemplar contribuye a paliar situaciones adversas y sobre todo a confiar en las autoridades. Y ese fue otro punto flojo, sobre por la falta de ejemplos y los errores en la toma de decisiones y de comunicación. La frase de Seneca “haz lo que yo digo más no lo que yo hago” resume las actitudes de nuestros líderes. Días después de prohibir los encuentros sociales se vio al gobernador Juan Manzur compartiendo un locro sin guardar las mínimas condiciones de seguridad y justificando su accionar en la gestión política. No sólo es el gobernador de la provincia, sino que además es médico sanitarista y ex ministro de Salud de la Nación. Esa falta de ejemplo claramente contribuye al descreimiento. El infectólogo Gustavo Costilla Campero, jefe del servicio en el Hospital Padilla, fue claro: “los dirigentes no modifican su agenda, siguen con las reuniones políticas y con la campaña. Los políticos tienen que dar el ejemplo y hacer solo lo indispensable porque pedir el compromiso de la gente sin mostrar el ejemplo genera una pérdida de confianza”.

En una encuesta sobre el regreso a restricciones más duras, publicada el jueves, el 37% de los 613 usuarios que opinaron dijeron que “las autoridades no cumplen ni dan el ejemplo”, por lo que a ellos les cabe la mayor responsabilidad de esta crisis. Sin embargo, con un porcentaje casi similar, el 36% de los lectores consideró que “falta de empatía” entre los ciudadanos. “No nos importa el otro”, opinaron. Por el lado de la sociedad, desde el principio de la pandemia se insiste en extremar cuidados pero evidentemente la relajación es casi total a la vista de las aglomeraciones, reuniones sociales y fiestas clandestinas que encima se viralizan por redes. Es entendible la desesperación de la gente que ve diezmados sus ingresos por las restricciones. Deben ser apoyadas desde el Gobierno. Pero si cada uno de nosotros no hace la parte que le corresponde, salir de esa situación inédita y mortal a nivel mundial será muy difícil.