En Heliopolis, la favela más grande de San Pablo, la cola para recibir un plato de fideos, una porción de arroz con carne, un cartón de leche y dos paquetes de galletas, para compartir entre una familia completa, puede llegar a juntar 1.000 personas. “La mayoría de la gente de las favelas trabaja en la economía informal, como empleados de limpieza en casas o en comercios pequeños. Son los primeros que sienten el impacto”, explica el coordinador local del comedor, Marcivan Barreto. “Hay gente haciendo cola desde las 3 por un plato de comida. Tengo miedo de que, si esto sigue, algún padre desesperado se lance a hacer saqueos”, añade. Los bonos de emergencia por unos 110 dólares, que lanzó el gobierno al principio de la pandemia, y que alcanzaron a 67 millones de personas, dieron un alivio temporario. El programa fue suspendido, y luego reabierto, pero por menos plata y para menos gente.

Hoy, el 60% de los hogares de Brasil sufren de “iinseguridad alimentaria”, es decir, que no tienen acceso a suficiente comida para sostenerse, según la cadena CNN.