Leer literatura es leer el mundo. Alessandro Baricco reúne en este volumen comentarios y reflexiones sobre los 50 mejores libros que ha leído en los últimos diez años. No solo persigue el objetivo de reflexionar sobre ellos, sino de tomar partido, discutirlos, compartir su propia recepción como lector.

Alessandro Baricco (Turín, 1958) es ensayista y fundamentalmente autor de reconocidas novelas y monólogos teatrales. Recordamos siempre Seda y Novecento. Dirige también la Scuola Holden de narradores en Turín, una escuela cuyo nombre hace referencia a Holden Caulfield, el personaje de Salinger, y que tiene como lema “hacer la escuela que soñábamos cuando íbamos a la escuela.”

En Una cierta idea de mundo, a partir de los libros elegidos, enuncia conceptos sobre la literatura, la lengua, el rol de los escritores, la lectura y escritura, los guionistas, el rol de los editores y, en general, sobre la vida y la existencia: “Escribir sobre libros que te gustan es un modo de escribir sobre ti mismo, sobre el modo en que estás en el mundo.”

Aclara también que no se trata de un Canon personal, más bien es el abordaje a los libros que fueron llegando a sus manos por diversas causas y que por un año, cada domingo, dedica un artículo a aquellos que lo han impactado especialmente. Se trata de novelas, ensayos, libros recién publicados y otros tal vez fuera de catálogo. Lo interesante es que a través de estas lecturas y reflexiones, Baricco construye su discurso metaliterario.

Biografía lectora

El libro se inicia con Open. Memorias de Andre Agassi, escrito por J.R. Moehringer, quien como ghostwriter “ha conseguido darle a Agassi una voz (la vida ya la tenía, y vaya vida) y lo ha hecho con una endiablada habilidad narrativa.”

¿Por qué elegimos un determinado libro para leer? En este sentido, resulta interesante detenernos en los epígrafes introductorios, en los que Baricco explica cómo ha llegado cada libro a sus manos, por ejemplo: aconsejado por amigos guionistas “hay que fiarse siempre de los guionistas cuando leen”; o comprado por el tema, pero sin saber qué se compra realmente, o bien por razones pragmáticas (porque era el único de la escuela que no había leído a Elizabeth Strou, la autora de Olive Kitteridge), o curioseando en una librería, o por el título: “Un libro con un título como este se compra y punto” dice de En ningún lugar. En parte alguna, de Christa Wolf.

En el caso de El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, afirma: ”Cuando los lees más de una vez, son clásicos. Cuando te los vuelves a comprar, es ya una enfermedad.” Y mientras nos va mostrando su biografía lectora, nosotros mismos como lectores vamos reconstruyendo nuestros mecanismos de acercamiento al libro.

Cada artículo le permite reflexionar también sobre la lengua: “Cuando lees Gadda piensas lo bueno que era, cuando lees a Calvino piensas lo escaso que eres tú, pero cuando lees El Gatopardo lo que piensas es lo hermoso que es el italiano.”

Conexiones

En su selección tienen lugar otros libros como En casa. Una breve historia de la vida privada, de Bryson: “Típico libro-de-sombrilla solo para lectores profesionales (aunque dudo que un lector profesional acabe nunca debajo de una sombrilla)”. Lo cierto es que hay que adecuar la lectura al contexto, reflexiona Baricco; no se puede llevar Tucídides a la playa, nos dice.

Otro caso de recomendaciones a tener en cuenta es la del editor, tal el caso de La piel, de Curzio Malaparte: “Yo todavía sigo fiándome de los editores. De modo que si Adelphi decide que hay que leer a Malaparte, yo lo leo”.

Las lecturas evocadas se entraman y entran en diálogo con otros textos. Al comentar el libro de Javier Cercas Anatomía de un instante, evoca un concepto de Borges: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.” -que por otro lado, Borges dice haberlo aprendido de Dante-.

Podemos haber o no leído los mismos libros que Baricco pero, sin lugar a dudas, sus reflexiones como lector nos abren una puerta para dialogar sobre nuestros propios recorridos librescos.

© LA GACETA

Por Elena Victoria Acevedo