José María Pérez Corti - Doctor en Derecho y Ciencias Sociales (UNC-FD); director de la Dip. en Derecho Electoral (Austral)
Un gato negro se sacude y luego camina. Acto seguido, el mismo gato negro entra en escena nuevamente, se sacude y camina. “¡Oh! Un déjà vu!”, exclama Neo (Keanu Reeves), personaje principal en The Matrix. Y Trinity, preocupada, le recuerda: “un déjà vu suele ser un fallo en la Matrix”, poderosa máquina que controla la realidad virtual en la que se desarrolla la historia.
Ingresamos a un año electoral. Una vez más, comienza el debate sobre las PASO, como un eterno déjà vu en la Matrix electoral argentina, y recordamos con preocupación la advertencia de Trinity: esta práctica ya instalada de cuestionar las PASO según el lugar en el que nos encuentre (oficialismo u oposición) y hacerlo sólo cuando comienza el proceso electoral, ¿no nos está indicando los serios fallos que afectan a nuestra dirigencia política y al régimen electoral por ella misma sancionado?
Para quienes observamos desde el Derecho Electoral la repetida escena es preocupante, puesto que no refleja un análisis crítico y coherente de las PASO a lo largo del tiempo, para formular un adecuado diagnóstico y, a partir de él, avanzar en la readecuación del sistema, modificaciones y ajustes mediante, o, lisa y llanamente, con su reemplazo por otro procedimiento que se considere mejor para fomentar la democratización decisional interna de los partidos políticos a la hora de definir sus candidaturas a cargos públicos electivos.
Porque si mal no recuerdo, antes de las PASO, la queja y la crítica generalizadas, radicaba en que las “cúpulas partidarias” imponían “a dedo” a los candidatos (con suerte, algunas veces a las candidatas), y condicionaban así la libertad del electorado, que el día de los comicios se veía obligado a optar entre los “menos peores” que las elites partidarias decidieron postular, en oscuras reuniones en las que la decisión no la toman quienes estuvieron presentes, sino los últimos en irse, regla de oro de la política argenta. En resumidas cuentas, el clamor ciudadano se reducía a un “¡Déjennos elegir a quiénes queremos votar!”.
En diciembre del 2009, el Congreso Nacional incorpora las PASO al régimen electoral argentino. Recordemos que ese año, la dirigencia política argentina, inquieta y creativa como siempre, modificó la fecha de las elecciones nacionales, para adelantarlas al 25 de junio, cuando habían sido fijadas el 28 de octubre de ese año. Y por las dudas, puso en marcha una nueva estrategia electoral: las candidaturas testimoniales. Sin embargo, parece que manipular el régimen electoral dio los resultados esperados, y los legisladores decidieron resolver esto para que no se repita ese lamentable escenario electoral.
Pero desde la incorporación de las PASO, los argentinos cambiamos de reclamo, según la posición en la que estemos.
La ciudadanía ahora se queja airosa de tener que ir a votar dos veces en un año para los cargos nacionales. “¡Porqué nos meten en las internas partidarias si eso no es asunto nuestro!”, claman apesadumbrados.
La dirigencia política se divide según le toque el turno de ser oficialismo u oposición. Los primeros, generalmente critican a las PASO y van por su derogación lisa y llana, sin proponer absolutamente nada en su reemplazo, algo que realmente nos debiera preocupar, porque es un salto al vacío y sin paracaídas. Los segundos, dudan, pero las apoyan tibiamente, porque quizás les sirva, esta vez, de paracaídas electoral.
La verdad, es hora de que todos maduremos un poco, y de que asumamos algunas cosas que no podemos seguir evadiendo, ignorando o, simplemente, manipulando circunstancialmente. Hablemos en serio y seamos coherentes.
El sistema de partidos políticos es imprescindible para el funcionamiento de la democracia representativa. Entonces, más allá de sus fallas y desencantos, deben existir para que podamos vivir en democracia.
Los partidos políticos, en diferentes formatos y con distintas estrategias, son los que conforman y ordenan la oferta política en base a la cual el electorado habrá de decidir quiénes deben gobernarlo en los próximos años. Entonces, si tal función partidaria impacta tan críticamente en la futura decisión y vida ciudadana, deberá ser considerada a la hora de decidir cómo se confeccionará el menú electoral que ofrecerá cada partido. Para ello, el proceso de selección interna partidaria de los futuros candidatos y candidatas es de vital importancia para la ciudadanía (o debiera serlo). Si con internas, si con PASO, si con EPAOS o como sea que cada Poder Legislativo lo decida, siempre es imprescindible y hace a una parte fundamental de nuestro sistema democrático. Votar una o dos veces en un año, o considerar los costos electorales que ello importa, no pareciera tener la relevancia que requiere una decisión al respecto.
Y ya que hablamos de costos electorales, si ellos van a ser una variable argumental para resolver sobre las modificaciones que requiere el régimen electoral o el de partidos políticos, primero habría que darles una adecuada publicidad, como medida fundamental para garantizar la transparencia electoral. No perdamos de vista que el principal contendiente electoral es el oficialismo, y que los fondos y las campañas son claves para ir definiendo la voluntad popular. En segundo lugar, debemos comenzar a considerar porqué, de una jurisdicción a otra, sus valores pueden variar considerablemente, puesto que esto acontece, sin explicación alguna, desde 1983 hasta la fecha. Sin embargo, esos costos electorales a los que no podemos acceder, y que, por lo tanto, no conocemos con certeza, a pesar de que debieran ser públicos y trazables de elección en elección, vuelven a servir de argumento para promover reformas electorales.
El problema no son las PASO, sino el déjà vu que, elección tras elección, exhibe las delicadas falencias de nuestra Matrix electoral. ¿Despertaremos alguna vez de esta comodidad insulsa que nos trajo hasta dónde estamos como sociedad y como país?