Se cumple un año de la pandemia desatada por el coronavirus y el mundo todavía parece un laboratorio de experimentación. En los próximos meses uno de los focos de atención estará centrado en Israel, país que lidera la campaña de vacunación: casi la mitad de su población de nueve millones han recibido al menos una dosis de la vacuna Pfizer. Hasta aquí la cuestión sanitaria, pero el gobierno de Benjamin Netanyahu prevé que el regreso a la “normalidad” no será para todos, sino solo para aquellos que ya estén inoculados.

La utopía de que la pandemia nos traería una sociedad renovada, sin distinciones de clase y menos desigualdades termina ahora de disolverse ante un dilema ético y moral que no solo se está incubando en Israel. En Bruselas, la idea de un “pasaporte verde” ya está formalizada a través de una propuesta legislativa que deberá ser evaluada por todos los ministros de salud de la Comunidad Europea. Dicho documento sería válido para viajes internacionales y para acceder a determinados lugares como bares, gimnasios y recitales. El objetivo de esta iniciativa es contar en menos de tres meses con una herramienta digital que impulse la economía y evite nuevos bloqueos o cuarentenas. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, también ha pedido a sus asesores que evalúen el impacto que tendría en su país la implementación de un pase de este tipo.

Las urgencias despiertan en muchas ocasiones medidas más rápidas que los debates. Por ahora, pocos países han puesto reparos sobre la idea de un salvoconducto que permita circular libremente por el territorio europeo. Entre ellos está Francia, cuyos representantes plantearon el temor de que el llamado pasaporte sanitario se convierta en una vía de discriminación hacia las personas que no han recibido la vacuna. La Organización Mundial de la Salud desaconsejó, por el momento, la implementación de un pasaporte o certificado de inmunización contra el coronavirus para poder viajar entre países. Según la entidad, esta idea podría restringir aún más los viajes. Además, la preocupación del director de Emergencias Sanitarias de dicha entidad, Michael Ryan, es que todavía no hay suficientes datos para garantizar que la vacunación vaya a interrumpir la transmisión del coronavirus.

Discriminación, obligatoriedad, nuevas restricciones. El proyecto de pasaporte no tiene por ahora un territorio fértil para el acuerdo en el ámbito multinacional. La experiencia de la pandemia en 2020 parece indicar que el destino de esta iniciativa dependerá del poder y el lobby de cada nación.

¿Qué queda entonces para los países del tercer mundo? ¿Cuál podría ser el escenario para un continente latinomaericano donde los escándalos de vacunas vip salpicaron desde la Cordillera de los Andes hasta el mar Atlántico? La posibilidad de un carnet habilitante para acceder a beneficios en nuestras latitudes desplegaría una profecía casi autocumplida basada en favoritismos.

Y ya que hablamos de un mundo en constante experimentación podríamos imaginar qué pasaría si someteríamos a la corrupción a un estudio de laboratorio. Por ahora, la evidencia está demostrando su carácter líquido, de constante adaptación a los intersticios jurídicos, a las emergencias o acuerdos. El proyecto del pasaporte de la vacuna aún no está sobre la mesa de nuestros gobiernos. Llegado el momento, habrá qué tipo de dilemas desvelará a sus funcionarios y qué grado de complicidad aceptará una sociedad que dice estar harta de los privilegios.