En la literatura abundan las representaciones de la infancia. Desde los pícaros españoles a las tremendas imágenes de desvalidos de Dickens, o los niños terribles de Henry James y Golding. Como todo origen, la infancia está vista desde el después, es una construcción. Giorgio Agamben, en Infancia e historia, postula que el niño pertenecería a la naturaleza y no a la cultura. La infancia precede el lenguaje y el conocimiento, una mirada, otro conocimiento y otro lenguaje.

Muchos escritores recurren a su propia infancia donde reside el germen de la escritura. Los primeros capítulos de Vivir para contarla de García Márquez comienzan con el viaje a Aracataca con la madre a vender la casa de los abuelos. Allí recupera los fantasmas al encontrarse con los restos de infancia demolida, donde recibió el “el don bíblico de la narración”. En Antes que anochezca Reinaldo Arenas describe la infancia en el campo como un mundo primitivo y lleno de misterios caracterizado por la libertad y la imaginación. Niños de clases acomodadas aparecen en Vargas Llosa que crea a Pichula Cuellar en Los cachorros y a los alumnos de La ciudad y los perros. La violencia impregna sus mundos de manera definitiva. Quizá una de las novelas más fascinantes sea Un mundo para Julius, donde Bryce Echenique escapa a los estereotipos refiriéndose a un muchacho de la clase alta peruana. En contraste en las novelas de José Donoso los niños pueden convertirse en imbunches.

Las infancias felices de Cuadernos de Infancia de Nora Lange o de las Memorias de la Mamá Blanca de la venezolana Teresa de la Parra parecen dialogar con las niñas de los poemas de Gabriela Mistral: “En la tierra seremos reinas, / y de verídico reinar”.

En oposición nos encontramos con figuraciones sombrías de niños en Armonía Sommers y Silvina Ocampo.

Hambre y miedo

Otras infancias aparecen en relatos testimoniales. Niños que habitan el hambre y el miedo y se defienden en la horda que roba y mata. En Cuando me muera quiero que me toquen cumbia Cristian Alarcón se refiere los pibes chorros que nacen y mueren al ritmo de la cumbia, la droga y el delito en los años 90. El Frente Vidal, líder abatido por la policía es un Robin Hood que instaura un orden provisional. Sapitos, toros, ratas, charcos pierden silueta humana ante la complicidad policial y la impotencia materna convertidos en transas y sicarios. En esta misma línea pocos han hablado con tanta crudeza como Fernando Vallejo de los sicarios. En La Virgen de los sicarios muestra un Medellín devastado donde se han convertido en máquinas de matar, desamparados por la desaparición de Escobar rocían el mundo con sus balas rezadas. Cambia la mirada del escritor, se vuelve hacia el pasado familiar. Llegaron narra la visita a la finca de los abuelos. Todos los personajes, incluso la madre, son mirados con ternura. Allí, en un mundo pastoral, caben las andanzas, los cuentos, las travesuras. Los 20 hermanos: “Éramos el tifón, el huracán, el tornado, y habíamos llegado a destruir. Lo que estaba bien lo dañábamos, lo que estaba mal lo empeorábamos y lo que estaba aquí lo poníamos allá”. Desde la mirada presente la infancia puede ser un lugar de felicidad.

La salvadoreña Claudia Hernández en Roza, Tumba y Quema, muestra la tierra arrasada de El Salvador y Guatemala, la táctica de guerra que marcó a la región centroamericana. Una familia de mujeres sobrevivientes de un mundo en el que no hay piedad no solo forman parte de los vencidos, sino que encarnan una doble marginación cuando sus hijos son vendidos en el mercado negro de adopciones.

Entender lo impensable

En Argentina ha surgido una profusa narrativa de los hijos, donde, toman la voz quienes fueron niños. Algunos apropiados por los represores, otros aterrados en la clandestinidad. Un caso destacado es de Laura Alcoba: La casa de los conejos y El azul de las abejas. Con el padre en prisión, la pequeña y su madre se mudan a una casa en donde funciona la imprenta montonera. La niña no entiende lo que pasa: “escucho en silencio. Entiendo todo muy bien, pero no pienso más que una cuestión: la escuela. Si vivimos escondidos, ¿cómo voy hacer para ir a clase?”. Las peripecias acabarán cuando sea depositada en la casa de los abuelos. En El azul de las abejas la encontramos refugiada en París.

Valeria Luiselli en su crónica Los niños perdidos habla de los desamparados centroamericanos peligrando en el tren llamado La Bestia, intentando sobrevivir a las maras y a la policía, niños que salen de comunidades devastadas, expuestos al acoso y la violencia, encerrados en la “hielera” o en los albergues. Advierte la necesidad de registrar esas historias contra la normalización del horror. Porque, aunque “contar historias no sirve de nada, no arregla vidas rotas … es una forma de entender lo impensable”.

En la novela Desierto Sonoro Luiselli vuelve a la problemática. El mapa se arma entre las niñas que cruzan la frontera y los hijos de la pareja que intentan conjurar la separación de los padres. En el medio un verdadero archivo de historias donde los protagonistas centrales son las infancias devastadas. Este recorrido es sólo una muestra del destino de los niños en un mundo depredado por el mercado y la violencia autoritaria.

© LA GACETA

Carmen Perilli – Doctora en Letras. Especialista en Literatura latinoamericana.