Es sábado a la tarde y en un rincón de la plaza Mitre, en Tafí Viejo, unas 20 personas estiran brazos y piernas en una clase de Tai-chi. A pocos metros, un grupo de adultos mayores juega una especie de partido de vóley. Aunque en vez de golpear la pelota, la atrapan y la lanzan por arriba de la red. Están tan divertidos como los niños que corren en el sector de los toboganes, o como los más jóvenes que disputan un torneo de fútbol tenis en otra esquina del paseo público.

La plaza Vieja de la Rinconada de Yerba Buena o la de Marcos Paz; la Urquiza; la San Martín o la Belgrano de  la capital o la San Martín de Concepción. La mayoría de estos espacios públicos se transforman cada día en un gimnasio a cielo abierto, en el que las clases de baile conviven con las de entrenamiento funcional. También son el escenario de festejos de cumpleaños o de simples reuniones. Hay hasta conciertos de rock. Son el sitio favorito para las caminatas, para leer un libro, para sacar a pasear una mascota o para llevar los chicos a andar en bici. Los fanáticos de las acrobacias llevan sus telas para colgar de los árboles y nunca falta el tradicional picadito de fútbol.

La pandemia les dio una revancha a las plazas. Un proceso que, tal vez, ya había empezado a gestarse en algunos paseos (los más importantes) hace un tiempo; pero que sin dudas en 2020 se extendió a la mayoría de estos sitios. Hoy son el espacio público más utilizado para (casi) todo. Ya no son un mero punto de encuentro o esparcimiento: su función es tal vez más la de un club que la de un paseo.

Todo empezó después de los meses de cuarentena cerrada. La gente se volcó a las plazas para mitigar los efectos del confinamiento. Los gimnasios estaban cerrados, al igual que los salones de fiesta y los clubes. Los paseos fueron la alternativa más atractiva. Eran ideales ante la recomendación de estar activos y al aire libre.

Revalorización

Un termómetro de lo que generaban las plazas fueron los pedidos de los vecinos en los diferentes municipios para que haya mantenimiento y se programen actividades para todos.

La arquitecta Verónica Mansilla, experta en urbanismo, sostiene que esos lugares se están recuperando como un espacio social, un aspecto que habían perdido. Durante muchos años fueron solo lugar de circulación. “El confinamiento nos hizo revalorizar cuánto necesitamos de la vida en sociedad y al aire libre, en contacto con la naturaleza. Por eso, hoy son protagonistas”, sostiene.

Coincide con ella el arquitecto  Luis Lobo Chaklián, quien fue 17 años subsecretario de Planificación Urbana de San Miguel de Tucumán. “Durante mucho tiempo las plazas fueron el termómetro de lo que pasaba en las sociedades. Después pasaron a ser consideradas un elemento pasivo, más dedicado al ocio. En los últimos años, y con la creciente necesidad de la población de mantenerse activa, empieza un cambio significativo para los espacios verdes. Se vuelven esenciales, principalmente en las ciudades con muchos edificios. Creo que por la cuarentena se han consolidado aún más”, evalúa.

Según su experiencia, no basta con que la gente sienta ganas de ir a una plaza. Hay que acompañar estas tendencias con obras: “es lo que nos pasó por ejemplo en las plazas Urquiza, Belgrano y San Martín. Antes eran espacios a los que nadie quería ir. Cuando comenzamos a poner juegos modernos, pistas de salud, iluminación y caminería, los vecinos se empezaron a apropiar de esos lugares”.

Para que sea un fenómeno que se sostenga en el tiempo también hay que garantizar que las mejoras lleguen a todas los paseos, opinan los expertos. Porque la proximidad juega un rol primordial en esta tendencia. Y hoy las plazas barriales son las que más precisan ser rescatadas.

¿Qué necesita una plaza hoy? “Que haya un equilibrio entre el verde y el cemento. Tienen que tener equipamiento necesario, como caminerías, iluminación, bancos, juegos, pistas de salud. Ya no sirve tener solo espacio verde, sino dar comodidades al vecino, cosas para hacer y también contemplar a todas las edades y actividades: hay que pensar tanto en el que va a leer un libro tranquilo como en el que va a  pasear a su perro. Hay que hablar con la gente de la zona y ver bien cuáles son sus necesidades”, remarca Lobo Chaklián. Calcula que solo en la capital debe haber cerca 220 espacios verdes. Por ordenanza, cada barrio (de acuerdo a su tamaño) debe tener al menos un paseo.

En la misma línea, el arquitecto Franco Marigliano, subsecretario de Planificación Urbana de Yerba Buena, destaca el hecho de que vuelvan a ocupar su lugar como espacio de encuentro de todos. “Muchas han sido lugares abandonados durante varios años; sitios a los que la gente no se quería acercar por miedo o porque no tenían nada más que césped y árboles. Hoy las plazas exigen revalorización e intervención desde el punto de vista urbano y social. Nosotros lo entendimos así en el municipio y tenemos varios proyectos, algunos concluídos, otros en marcha”, precisó. Entre las próximas intervenciones enumeró la plaza Nougués, de Marcos Paz, y la ubicada frente a la iglesia de La Caridad.

El caso de la plaza Vieja, en la Rinconada, fue el mejor ejemplo, sostiene. “La reinauguramos justo durante la pandemia. Era un lugar oscuro, inseguro y abandonado. Ahora es todo lo contrario: los vecinos se apropiaron del paseo y lo disfrutan cada día”, cuenta. En cualquier momento hay chicos en los juegos, por las tardes es la cita de los que van a compartir una merienda y por las noches se convierte en una pista de baile gracias a las clases de zumba.

Verde para pisar

Como concepto, apuntan los urbanistas, la plaza debe evolucionar al ritmo de los cambios sociales. Que el verde no se toca, no va más, insisten. Hoy el verde debe ser para pisar. Y hay que sectorizar las distintas actividades: para hacer deportes, para comer, para reunirse, para jugar, los caniles para mascotas. Respetar al otro que comparte el espacio público es esencial.  “Cuando la gente se siente contenida, identificada, se apropia de ese lugar y bajan los actos de vandalismo”, señala Lobo Chaklián.

Para Verónica Mansilla que la pandemia nos haya ayudado a revalorizar estos espacios públicos es fundamental por varios motivos: porque son pulmones urbanos (sirven como reguladores climáticos), porque priorizan lo colectivo sobre lo individual y porque los seres humanos somos sociales y en estos sitios en donde podemos conseguir ese contacto directo con otras personas, sin distinciones.