Walter Gallardo

DESDE MADRID PARA LA GACETA

West Hampstead es una estación sin romanticismo en el norte de Londres. El tren se detuvo allí en la luminosa mañana de sábado al final de un verano, una de esas mañanas que nos prometen paseos y aire libre. El enorme cartel sobre el muro que daba a mi ventanilla mostraba a una mujer aturdida, con un gesto algo lunático, rodeada de palabras sin orden ni conexión, presumiblemente con un significado que su cabeza ya no podía recobrar. Alzheimer, esa es la enfermedad a la que se refería el anuncio. No era imaginativo, pero generó en mí un ligero escalofríos de preguntas. Volví mi mirada hacia el interior del tren y advertí que una mujer pelirroja y de rostro alargado, sentada frente a mí, me observaba quizás preguntándose qué me preguntaba yo. “Los sentimientos”, dije en voz baja. “¿Se podrán olvidar los sentimientos?”

Al oírme, asintió y sonrió apenas mientras pensaría qué extravagancia la mía, la de hablar sobre algo tan delicado con extraños. Coincidiríamos al bajar en Saint Pancras. Ella se alejó por el andén entre unos hinchas del Arsenal que irían a ver a su equipo y yo subí por las escaleras mecánicas para salir en dirección a Bloomsbury, el barrio de Virginia Woolf, enredado aún en el mensaje de aquel cartel. Me pareció -y me parece todavía hoy- inconcebible el trastorno que desconecta a un ser humano de su memoria o la deforma, le agrega acontecimientos que nunca sucedieron o modifica los que sí sucedieron para, poco a poco, acabar todos en la oscuridad absoluta. ¿Y si cada uno conlleva un vínculo personal y una emoción -me pregunté entonces y me pregunto ahora- en qué queda el pasado, el esfuerzo puesto en situaciones y personas que han desaparecido de nuestras mentes?

La anécdota vino a mí con frecuencia en estos últimos meses ante el peligro que implica olvidar, no de manera terapéutica para volver a sonreír, tampoco por una enfermedad mental, sino de manera irresponsable para volver a cometer los mismos errores. Y la historia está allí para ratificar que esto ha ocurrido muchas veces a lo largo de los siglos, incluso empeorando o mejorando, según se mire, el despropósito anterior.

Si comparamos la pandemia que se llamó “Gripe Española”, en 1918 y 1919, con la actual comprobaremos que ambas se iniciaron en idéntica estación del año y repitieron los rebrotes en los mismos meses. En aquella murieron entre 30 y 50 millones de personas (los datos son altamente imprecisos) en todo el planeta y se aprendió muy poco a juzgar por los hechos que sobrevendrían; en esta vamos camino a los dos millones de fallecidos y, si miramos el panorama, cuesta mucho ser optimista respecto al comportamiento humano en el futuro.

Contemporáneos de aquella peste son los peores demonios del siglo XX. Precisamente en esos años surgirían líderes criminales como Stalin, Hitler, Mussolini y, poco después, Franco y sus sucedáneos latinoamericanos. Los tres primeros llevarían al mundo a otra guerra que dejaría 55 millones de muertos y los otros, también como los anteriores, aplastarían y humillarían a sus pueblos valiéndose de lo que Samuel Johnson llamó “el último refugio de los canallas”: el patriotismo. Pese a estos antecedentes y a que muchas de esas heridas lejanas aún no se han cerrado, el disparate se repite: algunos partidos surgidos recientemente en Alemania, Hungría, Italia, España o Grecia han vuelto a reivindicar con orgullo a estos megalómanos sangrientos en un intento de reescribir el pasado o negarlo, infectar con su propia enfermedad la memoria colectiva, en el perverso juego de convertir los sucesos históricos en un sofisma y a las víctimas en victimarios. Una infamia, sin dudas.

Contemporáneos de esta peste de hoy son otros demonios parecidos a aquellos, pero con otras armas y diferente método. Sus nombres son familiares para todos, desde los presidentes que recomiendan contagiarse para ser inmunes al mal, pasando por los que niegan la enfermedad poniendo a todos en riesgo hasta los que con sus decisiones matan o niegan una vida digna a los individuos. A ellos se suman nuevos suprapoderes que los ciudadanos no pueden controlar, fenómenos de la bendita globalización, que exceden las competencias políticas conocidas para ubicarse por encima de ellas, más allá del bien y del mal, aunque con tan buena imagen que los convierten en codiciados, incluso en irresistibles.

¿Qué estatura tiene un político cualquiera al lado de dioses como Bill Gates o Jeff Bezos? ¿Quién es capaz de medir su poder, pulso a pulso, con Google o Facebook? Tal vez la respuesta conduzca a la risa o a un sentimiento de desamparo. O a las dos cosas en ese mismo orden.

Sin embargo, y pese a todo lo dicho, habría que rescatar y subrayar las prioridades que ha desnudado la pandemia. Es una información ineludible que podría ser aprovechada para despertar reacciones y poner en la discusión pública los asuntos centrales de una sociedad. El gran cambio consistiría en asumir un papel o, lo que es casi lo mismo, en no delegar mansamente nuestras decisiones en quienes han demostrado incapacidad o falta de escrúpulos, en no desentendernos del control de los asuntos que conciernen a todos.

La democracia y la responsabilidad cívica sirven para ese propósito. La vacuna no alcanzará para inmunizarnos de todos los males, pero es deseable que sea el punto de partida para sacudirnos la conciencia. El heroísmo, como lo entendía Albert Camus, pertenece a los actos de la gente común (una enfermera, un empleado de supermercado, quien cuida a un discapacitado o el chofer de una ambulancia) que hace cosas extraordinarias desde la dignidad y la honradez.

En definitiva, deberíamos tener una respuesta útil a la siguiente pregunta: ¿qué fue lo más importante que nos ha sucedido en los últimos meses? Me gustaría pensar que, con matices, todos coincidirán en lo mismo, reconociendo que la vida ha aumentado de valor o que hemos entendido su vulnerabilidad. Quienes han perdido seres queridos lo saben. Hay sillas vacías en muchos hogares. Un terrible testimonio de estos tiempos.

No debería ser complicado llegar a una conclusión.

En ocasiones, apenas basta con observar el mar o detenerse ante una imponente piedra en la montaña, testigos de muchos siglos, para entender, por simple contraste, la fragilidad de la que estamos hechos y la inutilidad de tantas batallas sin sentido que emprendemos a diario.

Las cosas, como decía Borges en un poema, “durarán más allá de nuestro olvido”. Quizás resulta oportuno recordarlo ahora. Sería una pena que el tiempo y las dolorosas experiencias actuales no nos enseñen nada o, visto de otro modo, seamos nosotros quienes rechacemos la lección que nos está dando la verdad poniendo nuestros propios rostros en su espejo.