Mira la cámara sin despegar las manos del carrito con el que apila cartones. Flequillo, camiseta de Boca, jeans, zapatillas negras. El piso es de tierra y al fondo se levanta la carcasa de lo que puede llegar a ser una vivienda. Hay una moto estacionada, una pila de escombros, piedritas regadas por todos lados. La realidad de Juan Carlos Brito es la más cercana. La del carrito con el que junta poquísimos pesos. A veces no más de $ 15. También limpia parabrisas bajo el puente de la autopista. O lava autos. O consigue alguna changa. En torno a ese micromundo hay un muro que Juan Carlos Brito no puede franquear, una barrera tan concreta como simbólica. Está atrapado y quiere salir. Lo intenta. Lo sueña. No puede.

Juan Carlos Brito no sabe leer ni escribir, no tiene DNI. “No existís”, le dicen sus amigos. Broma lacerante, chiste fácil que cachetea el corazón, porque ¿cómo no caer en la tentación de darle la razón? Y es cierto, Juan Carlos Brito no existe en los registros ni en los padrones, pero también es invisible para los ojos de la sociedad. Un fantasma que arrastra un carrito de madera. Una presencia fugaz, imperceptible en el mapa urbano. Otra de las tantas.

Cuando se habla de excluídos, de caídos del sistema, del afuera, hay nombres y un apellido a mano. Juan Carlos Brito. Se llama Juan Carlos Brito, sí, pero no hay papeles que lo certifiquen. A los fines burocráticos representa un oxímoron. Es y no es. Tiene carne, huesos, sangre, ideas, lenguaje. Pero no hay registro de él. Tal vez esté anotado, tal vez hubo una partida de nacimiento. Pero la verdad es que Juan Carlos Brito no tiene documentos y eso lo anula, le niega su condición de sujeto, de individuo, cuando de pedir un trabajo se trata. O de reclamar un plan social.

La historia de Juan Carlos Brito, cronicada por Martín Dzienczarski en el Anuario de LA GACETA, es la foto del Tucumán que despide 2020 hundido en su deuda social. Ese pagaré no sólo se renueva todos los años; el monto va creciendo. Siempre hay una excusa a mano para explicar por qué cada vez son más los pobres, los marginados, los desempleados, los que resbalan en la empinada pirámide -cada vez menos policlasista- del día a día ciudadano. Esta vez fue la pandemia la que desmoronó una economía que ya venía en picada. Los efectos colaterales de ese tsunami van aumentando a medida que se alejan del centro y en los márgenes impactan de lleno en el ejército de Juan Carlos Britos enrolados en la tucumanidad.

Este Juan Carlos Brito, el que le pone el pecho a la angustia en la Costanera, el que entabla batallas minuto a minuto contra la adicción al paco, el que busca consuelo en una familia estragada por la muerte y por la adversidad, mira a la cámara y sostiene: “quiero existir”. Tremendo deseo el de Juan Carlos para 2021. Una clase de ontología en sí misma. Un mazazo dialéctico que desmorona la vara de nuestros propios anhelos. Un ruego. A fin de cuentas, lo que Juan Carlos suplica es ser percibido. “Quiero existir” equivale a “por favor, mírenme”.

El Estado, las organizaciones sociales, los grupos religiosos, los emprendimientos comunitarios, los partidos políticos, todas son piezas que intentan articular una asistencia en el territorio. Asistencia que a veces toma la forma de resistencia, pero no de transformación. Falta demasiado para eso. Hay mucha gente trabajando en el vastísimo Tucumán vulnerado: parando ollas, recuperando adictos, generando emprendimientos, intentando educar. Es una tarea de hormiga, sacrificadísima, en la que cuesta no desanimarse, porque a la par de una victoria se acumulan varias derrotas. Seguirá sucediendo mientras las condiciones de fondo no se modifiquen. Los Juan Carlos Brito continuarán proliferando casi por naturaleza, porque la deuda social tiene cobradores que jamás perdonan.

En la foto del espantoso año pandémico no falta Juan Carlos. Mirando la cámara con atención, sobre el piso de tierra que constituye su hábitat, Juan Carlos aferra el carrito y se permite soñar con algo más en 2021. Tal vez sea el que menos pide, el menos exigente, entre el millón y medio de tucumanos al que pertenece. Apenas pretende, como él dice, “existir”. Juan Carlos. El que es y no es.