Recuperar el terreno perdido durante este año es una meta casi imposible para cualquier economía en la que su Producto Bruto Interno (PBI) puede caer más de un 12% al cierre de este pandémico 2020, como la Argentina.
Sin embargo, el último Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM), un informe elaborado por el Banco Central en base a las proyecciones de consultoras privadas, sostiene que el efecto rebote para 2021 será de un crecimiento del 5%. Frente al estado de incertidumbre sobre el rumbo económico, las empresas no proyectan grandes inversiones; sólo se conforman con sostener su ritmo productivo y, a partir de allí, mejorar el uso de su capacidad instalada.
Desde ese escenario, ¿cuáles son las amenazas y las oportunidades que se le presenta a la economía durante el año electoral? Para responder a este interrogante, el economista Jorge Day (Ieral) explica que hay que tomar en cuenta dos situaciones:
-La capacidad de las empresas instaladas en la Argentina para aumentar su producción, aún sin proyectar inversiones para el año que viene. Uno de los aspectos que resulta favorable a las empresas es que hay trabajadores disponibles, frente a un incremento del índice de desocupación que, a nivel nacional, ha llegado al 11,7%. La amenaza para el sector privado, en este sentido, sigue siendo lo que vienen advirtiendo las cámaras empresariales: la continuidad de la doble indemnización y la prohibición para despedir. Eso, según los empresarios, desalienta la contratación de nuevos empleados.
Por el lado de la movilidad, la Argentina pasó del aislamiento al distanciamiento social, lo que en cierta medida ha implicado una mayor flexibilización de actividades. Sin embargo, hay en este sentido una amenaza latente: el temor a un rebrote de los contagios por covid-19.
-¿Cuáles son los motores que impulsan la actividad económica?
Por el lado de los exportadores, Day expresa que hay un mundo mejor, con un mayor comercio y con precios en recuperación. Un caso particular ha sido el incremento del valor de la soja en Chicago (U$S 460 la tonelada para el mercado internacional), que hace pensar que habrá más dólares para la economía (y naturalmente para el Estado) a partir de 2021. La desventaja que se advierte en este sentido es que el dólar oficial sigue rezagado frente a la evolución inflacionaria, con un latente incremento de la brecha cambiaria. Naturalmente que todo esto repercute en el financiamiento a las empresas: hay menos líneas de crédito en dólares disponibles en el mercado.
A nivel empresas vinculadas más hacia el mercado interno, se percibe un sendero de recuperación de los salarios, aunque con menor ahorro. Lo complicado que ha sido este 2020 para las finanzas públicas y privadas no favorecen a una rápida recuperación de los sueldos, mediante fuertes incrementos en paritarias.
En el sector público, en tanto, el año electoral implica una mayor inyección financiera en materia de obras públicas; esto -sumado a la recuperación de la economía en general- permitirá un repunte paulatino de la recaudación de impuestos. No obstante, habrá limitaciones para conseguir financiamiento (salvo las líneas de préstamos de organismos multilaterales como el Banco Interamericano de Desarrollo -BID-).
A su vez, la amenaza inflacionaria obliga al Estado (en todos sus niveles) a ser más cautos en la emisión monetaria. Por las dudas, la Nación -a través del Consenso Fiscal 2020- le puso un freno a cualquier intento de las provincias para emitir cuasimonedas si la situación financiera se complica. De todos modos, la Casa Rosada mantendrá abierto el grifo fiscal para eventuales ayudas dinerarias, todo bajo la lupa del Fondo Monetario Internacional, que sigue analizando la posibilidad de llegar a un nuevo acuerdo por la deuda con el país.