Carlos Duguech
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Sus gestos, el otro instrumento para apreciar la música que hoy sí podemos ver claramente.
Cuando asistimos a las salas de concierto para disfrutar de la música que genera una orquesta sinfónica o un grupo más reducido, desde la platea y los otros lugares de la sala (salvo los avant scene) vemos en primer término al director. Pero su espalda, su nuca, y parte de los brazos y a veces la batuta en sus piruetas para marcar los tiempos, los énfasis, los pianísimos cuidados. O los estruendosos acordes que marca la partitura, en la interpretación de ese “dueño de casa” en que se convierte, no siempre, el director que hasta se contorsiona, poniendo el cuerpo en la necesaria indicación a sus músicos en el escenario.
Los long play
Los discos long play en la música clásica aportaron una efectiva manera de poder escuchar con renovada tecnología de sonido y grabación y casi siempre en una sola placa todo un concierto o una sinfonía por su condición de “larga duración”. En las versiones en disco de pasta (los tradicionales 78 rpm. con una duración de 3 a 5 minutos por cara. Con el advenimiento de los vinilos de 33 r.p.m. se alcanzaron los 25/30 minutos por cada lado. Una sinfonía, por lo general ocupa los dos lados. El advenimiento de los CD generó una revolución. Tamaño, fidelidad, utilizable en el auto y en cualquier PC o notebook . Pero lo que realmente transformó el modo de escuchar (y ver ejecutar música) es la grabación-filmación-total que se hacen de los conciertos. Y aquí se produce el hecho trascendental que genera esta tecnología. Por fin lo vemos al director en todos sus gestos; sus indicaciones precisas a distintos sectores de la orquesta; a la entrada que facilita a un solo de flauta traversa; o al conjunto agrado de metales; o el ímpetu con que señala a los timbales, que marcan portentosamente el devenir de la interpretación musical.
Un ejemplo que en lo particular me resulta de una extraordinaria entrega a la dirección orquestal y a la vivencia plena de la partitura: la muy singular interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven, a poco del derrumbe pacífico del muro de Berlín. Conservo, y lo digo como un lugar común que me esfuerzo en destacar, una grabación del 25 de Diciembre de 1989. Una masa orquestal compuesta por miembros de las orquestas sinfónicas de Dresden, de Leningrado, de Londres, de Nueva York y de París complementando la Orquesta Sinfónica Bayerischen Rundfunks y coros de las “dos Alemania”. Y una conducción de algo más de una hora por parte del afamado músico y director Leonard Bernstein. La filmación lo muestra en todas y cada una de sus expresiones gestuales de un rostro expresivo como pocos y transpirado por el esfuerzo continuado y un cuerpo viviendo la música y transmitiendo el espíritu del creador de cuyo nacimiento se cumplieron 250 años. Beethoven –imagino- sólo viéndolo a Benstein oiría su “Coral” pese a la sordera que tanta amargura y casi una auto exclusión social que le generó en vida. Otro director de una talla descomunal como Herbert Von Karajan, no le daría esa ventaja: dirige siempre con los ojos cerrados. Sin partitura, igual que Bernstein. Pero sin un solo gesto que no sea el de sus manos y la batuta. Sólo abría los ojos para el cuarto movimiento, coral.