Resulta paradójico. Pero lo cierto es que a pesar de que 2021 parece ser el año que más empecinadamente demora en llegar, en Tucumán se vive como el año político que más tempranamente ha comenzado. La Cámara Nacional Electoral todavía no ha publicado el cronograma para las elecciones de renovación parlamentaria de octubre próximo y en el clima de los principales partidos ya se avizoran nubarrones que dibujan un horizonte de diásporas.

“Diáspora” es un término poderoso y a la vez complejo. Su etimología le da anclaje en las ciencias biológicas. Unas veces, en términos escatológicos, referidos a una evacuación forzosa que fluye por todas partes. Otras veces, en términos poéticos, que la hacen derivar de los vocablos griegos “dia” (a través de) y “spora” (semilla), de modo que remitiría a la siembra al voleo. Es decir, a la acción que resulta de la mera dispersión de los granos.

La académica venezolana Mireya Fernández Merino hace notar que, en materia humanística, el reconocimiento del término es sumamente tardío en el español. “En el Manual Ilustrado de la Lengua Española de 1950 no aparece el término. Tampoco en el Diccionario de Ciencias Sociales de 1975, ni en el Diccionario Ideológico de la Lengua Española en su edición de 1981. Es posible encontrarlo en el Diccionario de la Lengua de la RAE en su décima novena edición (N. de la R.: data de 1970), donde se ofrecen dos acepciones: la primera, derivada del griego, define diáspora como la diseminación del pueblo judío por toda la extensión del mundo antiguo, especialmente intensa desde el siglo III A.C.; y una segunda, por extensión de la primera, que da cuenta de la dispersión de seres humanos que anteriormente vivían juntos”.

Oficialmente, “diáspora” es “dispersión de grupos que abandonan su lugar de origen”.

Todas esas connotaciones confluyen en el pronóstico del clima electoral para el año por venir.

Audacias y jubilaciones

La mayor concentración de tormentosos cumulu nimbus se da sobre la intervenida Unión Cívica Radical. Especialmente, a partir de la que ha sido, en términos de dinámicas opositoras, la novedad del año: la yunta entre el presidente de Fuerza Republicana, Ricardo Bussi, y el intendente de Yerba Buena, Mariano Campero, para explorar un frente amplio. Es decir, el acercamiento inédito entre un radical con apellido históricamente radical y gestión en la ciudad tucumana que más ha crecido demográficamente y comercialmente, con el líder de un partido con presencia territorial en toda la provincia, un apellido que es sinónimo de voto castigo y la presidencia del bloque de la primera minoría parlamentaria en la Legislatura.

La propuesta navideña es una audacia, a la vez que una frontera. Sus impulsores reivindican la iniciativa como una propuesta de alternativa de poder que supere una división de fuerzas que, desde 1987, ha beneficiado numerosas veces al Partido Justicialista. Paralelamente, una alianza con Fuerza Republicana, fundada por Antonio Domingo Bussi (condenado por delitos de lesa humanidad por la Justicia y, a la vez, consagrado por los votos tucumanos en cada uno de los cargos electivos que disputó -desde gobernador a intendente, pasando por diputado y convencional constituyente-) implica la eyección de quienes tienen genuinas diferencias ideológicas e irreconciliables distancias históricas con esa agrupación y lo que ella reivindica. Ya se ha dicho, la última dictadura militar es una grieta real, no discursiva. Por caso, en 1987, Rubén Chebaia ganó en las urnas y rechazó acordar con el bussismo en el Colegio Electoral: con los votos de esos electores se hubiera consagrado gobernador. Pero él, hijo de José Guetas Chebaia, detenido y desaparecido en el 76, y el alfonsinismo, que había juzgado y condenado a las juntas militares, prefirieron perder la gobernación, que quedó en manos del peronista José Domato luego de que sumara a los electores de Osvaldo “Renzo” Cirnigliaro.

La iniciativa, además, es presentada como una apuesta de “doble o nada” para los principales referentes de la UCR: o se suman o los enfrentan en las urnas. Y resulta que en 2021 vecen los mandatos de Silvia Elías de Pérez como senadora y de José Cano como diputado. De modo que, en términos de la interna radical, la jugada camperista no es sólo una variable electoral sino, también, la amenaza de una fórmula jubilatoria, para decirlo en los términos de algunos entusiastas seguidores del jefe municipal.

En ese punto es donde resulta probable que Campero no sólo reúna a “correligionarios” de su generación (el intendente nació en 1983, de modo que sólo tiene vivencias de la democracia), sino también a dirigentes que peinan canas y que no ven posibilidades inmediatas de renovación dirigencial. Por un lado, porque la senadora y el diputado son, por derecho propio verificado una y otra vez en las urnas, los mayores exponentes del centenario partido. Por el otro, porque la UCR tucumana vive consumida en internismos, pero jamás celebra una elección interna en las urnas. Como consecuencia de ello, tres dirigentes en una mesa de café declaran conformada una línea interna y, un comunicado de prensa después, reclaman espacios en la junta de gobierno y en la convención provincial.

Reivindicciones y separaciones

Justamente, quien dará pelea el año que viene es el ex legislador y actual delegado regional del Enargas, Ariel García: recuerda que su lista fue la única presentada en 2018 para la interna de renovación de autoridades provinciales, pero en lugar de proclamación advino la intervención del distrito. Así que aclara que no va por la revancha, sino por la reivindicación. Enrolado en el orden nacional en la corriente del “Radicalismo Auténtico” (sus siglas, RA, evocan a Raúl Alfonsín), y con Ricardo Alfonsín como principal referente, García tiene como socia política en Tucumán a Aurora Pisarello, hija del abogado defensor de los derechos humanos y senador provincial Ángel Gerardo Pisarello, quien presidía la UCR cuando fue detenido y desaparecido durante la última dictadura militar.

En simultáneo, Elías de Pérez y Cano, que todavía no se han pronunciado públicamente respecto del “frente amplio” con el bussismo que impulsa Campero, tampoco se han manifestado en favor de trabajar unidos el año que viene. Si bien la reedición de una mesa provincial de Juntos por el Cambio podría reunirlos, en la semana que termina sus “gestos” los muestran trabajando por separado. El diputado, junto con su par, Domingo Amaya (conformaron en 2015 el binomio opositor más votado de este joven siglo XXI), visitaron al intendente de Bella Vista, el radical Sebastián Salazar. El “Gaucho” (como afectuosamente lo apodan sus allegados) probablemente será concurrido antes de fin de año, también (y por separado), por la senadora nacional, que goza en las encuestas de la “instalación” de la pasada campaña provincial (fue la candidata a gobernadora de Juntos por el Cambio) y de la “claridad” de su cerrada oposición contra la legalización de la Interrupción Voluntaria del Embarazo. Un tema que por cierto, vuelve a colocarla en la “vidriera” política en el cierre de este año.

Ranchos y quinchos

La diáspora radical se completa con los “correligionarios” que han hecho un “rancho grande” en el alfarismo. El “adelantado” del interior es el legislador Raúl Albaracín, reelecto gracias a un “acople” que le habilitó en el oeste el intendente Germán Alfaro, luego de que se lo negara la mismísima UCR, donde milita desde los 16 años, cuando era presidente del centro de estudiantes de la Escuela de Comercio “República de Panamá” por la “Franja Morada”, en su Concepción natal. “Rulo” (como lo conocen en la “Perla del Sur”) viene trabajando silenciosa y afanosamente en acercar dirigentes del este y el oeste al “quincho” del Partido por la Justicia Social, el que más “estructura” ostenta en el “barrio” de la oposición, a partir del manejo de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, donde habita la mitad del padrón provincial.

El propio Alfaro viene urdiendo alianzas con la dirigencia radical del interior desde 2015, tejido que se exhibe en dos bloques alfaristas: el del Concejo Deliberante de la Capital, donde se sienta el plenipotenciario interventor de la UCR, José Argañaraz (apodado “Lucho”, sólo su familia sabe por qué); y el de la Cámara provincial, que integra el legislador Raúl Pellegrini.

El alfarismo, por supuesto, tiene una pata de “correligionarios”, con la que patea los tiros de esquina; y otra de “compañeros”, con la que ejecuta los penales. Y es esa situación la que no debe perderse de vista: la diáspora se asoma no sólo para el radicalismo. Nada, pero absolutamente nada, dice en la llegada de este fin de año que el peronismo tucumano vaya a llegar unido a los comicios que vienen. Y no por culpa del intendente capitalino, precisamente.

Silencios e inconsultas

El gobernador Juan Manzur y el vicegobernador Osvaldo Jaldo, que son también el presidente y el vicepresidente del PJ tucumano, todavía no han conversado acerca de cuáles son los planes que tienen para 2023, cuando terminan sus mandatos. Si ese proyecto de futuro no es armónico, porque Jaldo quiere suceder a Manzur, pero Manzur quiere otra cosa, mal puede pensarse que vayan a trabajar codo a codo el año que viene. Por caso, la eventualidad de una victoria contundente en las urnas habilitaría al mandatario provincial a sentirse legitimado, por ejemplo, para buscar una reforma constitucional que le autorizase más reelecciones seguidas.

Como dos trenes que circulan en sentido contrario sobre el mismo monorriel, la velocidad de una y otra locomotora se acelera de la mano de las deterioradas relaciones entre el presidente, Alberto Fernández, y la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, quien cuestiona al jefe de Estado de manera mucho más impiadosa (y con mucho más poder de desestabilización) que los propios opositores. Mientras que Jaldo, como se ha avisado, es cada vez más concurrido por los referentes del kirchnerismo tucumano, Manzur ha presentado, con la firma de su viejo amigo el diputado Pablo Yedlin el primer proyecto de ley para eliminar las Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias (PASO) del aún no nato cronograma electoral 2021. Ese proyecto, más que cualquier comilona decembrina, empachó al kirchnerismo, que declaró, indigestado, haberse enterado por los medios del “inconsulto” plan de la Casa Rosada de abolir esas internas abiertas creadas por Néstor durante la primera presidencia de Cristina.

Toda diáspora arroja, como resultado, identidades híbridas. Cómo híbrido es el justicialismo fracturado, ideal para perder elecciones nacionales (como en 1999 contra la Alianza y en 2015 contra Cambiemos) y provinciales (como en 1995 contra FR). “Los muchachos peronistas / todos unidos triunfaremos”, dice la marcha inmortalizada por Hugo del Carril. No es un verso: es un mandato. De la misma manera, híbrido es el radicalismo que, frente a la posibilidad de una ruptura del peronismo tucumano, se apresta a convertirse en un mosaico. “Que se rompa / y no se doble / el partido radical”, canta su marcha. Que no es igual a quebrarse por exceso de torceduras.