La historia de Héctor Larrea comienza en Bragado. En ese pueblo, al noreste de la Provincia de Buenos Aires, dos cosas modificarían el eje de sus días: la muerte de su padre y la recuperación de su madre, tras la tristeza de esa perdida, gracias a un programa radial.

Aquella imagen de la radio trayéndole de nuevo una sonrisa a su mamá, sería un antes y un después en su vida. “Con esa risa, que rompió el silencio de la casa, comprendí, en ese mismo instante, el poder sanador de la comunicación. Esa escena que guardo para toda mi vida define y justifica mi amor por este medio”, confiesa en el reciente libro que escribió Martín Giménez con el fin de rendirle homenaje a su trayectoria en el éter. Y también, claro que sí, porque hacía falta un libro que relatara la vida de este hombre de la radio (o La Radio, así con mayúscula, como pronuncia Eduardo Aliverti).

Cuenta la historia que Larrea tuvo su primer contacto con una especie de (proto) radio ambulante en la que se encargó de anunciar las ofertas de los comercios de su pueblo. Después de esa experiencia, motivado por la pasión de los transistores, se animó a escribirle una carta a uno de sus referentes: Antonio Carrizo (director artístico de El Mundo) y la respuesta que recibió para poder meterse en ese mundo fue clara: quinto año completo, hacer la carrera en el Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica (ISER) y tener buen nivel cultural. Hetitor -así lo llamaba su madre a los gritos para que volviera de jugar- siguió los consejos de Carrizo y obtuvo su carnet de locutor. Después de su primer trabajo en LR9 Radio Antártida, animó bailes, presentó jóvenes talentos –así conoció a Roberto Sánchez: Sandro– y anunció productos en televisión.

Pero su salto vendría con Rapidísimo en Radio Rivadavia. Aquel programa se convirtió en una leyenda de la radiofonía argentina y trazó un puente cultural con los escuchas de ayer y de hoy (por qué no). “Pasaron más de cien años y la radio sigue viva. Es, quizás, el medio más plebeyo y democrático: solo te exige honestidad, pasión y voluntad”, señala Larrea al comienzo de este libro. En él, Giménez se encarga de hacer lo que el “melancólico irrecuperable” –como se define el propio Hetitor– se negó y se niega a hacer, porque considera que “su vida no es tan importante”.

Sin embargo, y por suerte, Giménez, otro hombre de radio que se encarga de lo artístico en Radio Nacional, tomó la posta y construyó estás páginas corales de referencia obligada, donde pinta de cuerpo entero a este hombre de 82 años que “construyó un puente generacional sin aduanas en donde circulan libremente la música y el humor, el conocimiento y la memoria”.

Por Gustavo Grazioli

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BIOGRAFÍA

HÉCTOR LARREA, UNA VIDA EN LA RADIO

MARTÍN GIMÉNEZ

(Gourmet Musical -Buenos Aires)