¿Qué es Zazie? Un despelote verbal, en primer lugar, un experimento -único, como todo experimento en alguna de sus fases-, y las divertidas aventuras de una niñita que llega a la París de 1959 con el único fin de andar en el metro. Pero, oh sorpresa, el metro está en huelga. No importa, o sí, justamente: todo lo que suceda en los dos días siguientes de la vida de Zazie será un hermoso delirio.
¿Cómo es Zazie? Amigable, ácida, ingeniosa, ingenua, anárquica, irónica.
Tiene ideas raras para su edad, y lo sabe, y hasta se pregunta de dónde es que las saca. ¿Su frase preferida? “Mi culo”. Rodeándola, una serie de personajes entrañables: el dueño de un bar, un taxista, un loro, la novia del taxista, un policía con múltiples personalidades, una viuda, turistas extranjeros, el tío Gabriel, la pareja del tío Gabriel, la ciudad misma.
Respecto del despelote verbal, hay que remitirse a la condición vanguardista de la novela. Queneau (surrealista, patafísico, cofundador de OuLiPo) construye a partir del diálogo, fabrica escudos verbales, es metatextual (“A la dificultad del vocabulario añadía tantas exóticas asociaciones de ideas”; “Toda esta historia, el espejismo de un espejismo, el sueño de un sueño, apenas más que un delirio escrito a máquina por un novelista idiota”). Incluso dos personajes –más el narrador- llegan hablar a través de un mismo guión de dialogo, ratificando que un libro jamás será 3D. “En Zazie en el metro hice lo que me dio la gana”, dijo Queneau en su momento. Vaya si se nota.
Pero el gran acierto es de Ariel Dilon, su traductor. Esforzándose en salvaguardar los vericuetos lingüísticos del original, encuentra la forma de traerlo a las jergas más argentas: cagón, purreta, se las pica, me importa un pito, mecachendié, viejo boludo, manducar, pendorcho, pifiar, gurisa.
Dilon también juega con el lenguaje.
Es que, en el fondo, sea desde el original, sea desde su traducción, Zazie -tanto ella como la novela- desafían, incomodan al lector, lo sacan de, como está tan de moda decirlo -y Zazie se reiría de esto-, su zona de confort.
© LA GACETA
Hernán Carbonel
Zazie *
Por Raymond Queneau
Un tanto sorprendido de que el fortachón contestara, el tipito se tomó su tiempo para pulimentar la siguiente respuesta:
-¿Que te repita un poco qué?
Para nada disconforme con su fórmula, el tipito. Solo que el armario de luna insistía: se inclinó para proferir este octosílabo monofásico:
-Esokakabahedezir…
Al tipito le agarró el miedo. Ahora era su turno, el momento de fabricarse algún escudo verbal. El primero que encontró fue un alejandrino:
-Yo a usted no le permito, señor, que me tutee.
-Cagón -replicó Gabriel con sencillez.
Y levantó el brazo como para encajarle un buen sopapo a su interlocutor. Sin insistir, este se fue al suelo por sí solo, entre las piernas de la gente. Tenía unas ganas tremendas de llorar. Por suerte, ayastaltrén que ingresa en la estación, lo que cambia el paisaje. La muchedumbre olorosa dirige sus múltiples miradas hacia los pasajeros que empiezan a desfilar, los hombres de negocios al frente con su paso acelerado y, por todo equipaje, sus portafolios colgando del extremo de sus brazos y sus aires de saber viajar mejor que los demás.
Gabriel mira a lo lejos; deben venir rezagadas, las mujeres, siempre rezagadas; pero no, aparece una gurrumina que lo interpela:
-Soy Zazie, me juego que sos mi tiíto Gabriel, vos.
-Soy yo, es verdad -responde Gabriel, ennobleciendo el tono-. Sí, yo soy, tu tiíto.
La purreta se mata de risa. Gabriel, sonriendo cortésmente, la toma entre sus brazos, la transporta hasta el nivel de sus labios, le da un beso, ella también lo besa, la vuelve a bajar.
-De veras que olés bien, vos -dice la niña.
-Barbouze, de Fior -explica el coloso.
-¿Me vas a poner un poquito detrás de las orejas?
-Es un perfume para hombre.
-Ya ves el objeto en cuestión -dice Jeanne Lolachère, que llega por fin adonde están-. Vos te quisiste ocupar; bueno, ahí lo tenés.
-No va a haber problema -dice Gabriel.
* Fragmento.
PERFIL
Raymond Queneau (1903-1976) fue periodista, novelista, guionista de cine, autor de libretos para comedias musicales, poeta, ensayista, traductor y miembro del comité de lectura de la editorial Gallimard. Prolífico y experimental, intentó aplicar normas aritméticas en la construcción de sus obras, se ocupó de la oposición entre lengua escrita y lengua hablada, se acercó a los surrealistas para luego alejarse, y tuvo un particular interés por las religiones orientales y el pensamiento esotérico. Fue parte del surrealismo, miembro del Colegio de Patafísica (sociedad creada como irónica oposición a las academias de arte y ciencias) y cofundador de OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle: Taller de literatura potencial).