Llevar la imaginación y la paciencia al límite para explicarle a una nena de seis años cómo sumar, conmutar, restar y resolver problemas matemáticos; pensar todas las estrategias posibles para lograr que un adolescente se concentre frente a la computadora y preste atención a la clase virtual; bailar, saltar y hacer payasadas junto a la notebook para que un nene de tres años participe del meet del jardín; quitarle espacios al trabajo, al descanso, al estudio o a las tareas del hogar para dedicarse a ser algo para lo que nunca se prepararon: maestros. De sus propios hijos, sobrinos, nietos e, inclusive, hermanos menores. Esto es lo que vivieron miles de tucumanos durante más de ocho meses. Una situación que podía llegar a resultar inverosímil si se la planteaba el 2 o el 3 de marzo, cuando en la mayor parte de los colegios y escuelas tucumanas se realizaban los actos de inicio del ciclo lectivo. Pero que se convirtió en una realidad agobiante y angustiante pocas semanas después. Eso sólo en lo hogares donde hubo buena conexión o dispositivos tecnológicos (celulares o computadoras) desde los cuales realizar las clases virtuales. En miles de hogares no ocurrió y esos niños y adolescentes perdieron el vínculo con la escuela, lo cual constituye un catástrofe de tal magnitud que es posible que aún no alcancemos a comprender.

La virtualidad a las que nos obligó la pandemia y la extensa cuarentena que determinó el Gobierno transformó la vida de los argentinos. Trabajos, educación, vínculos y muchas otras variables de lo cotidiano se reconfiguraron a través del prisma de las pantallas. En ese contexto, los padres pasaron a ser docentes, preceptores, ordenanzas y directivos de escuelas hogareñas donde las clases se entreveraron con la vida familiar sumando grados altos de estrés, muchos nervios y angustia. Al filo del cierre del ciclo lectivo 2020, LA GACETA publicó un informe basado en una encuesta realizada por Reale Dallatorre Consultores (RDT) para nuestro diario.

De acuerdo con los resultados, el 54% de los tucumanos consultados cree que el 2020 será recordado por el impacto catastrófico que tuvo para la educación de los niños y adolescentes. El 42,5%, en cambio, sintió que las clases virtuales permitieron una nueva forma de aprendizaje. Si se segmenta por nivel educativo, el porcentaje que evalúa negativamente la virtualidad para la educación es sensiblemente mayor en el nivel educativo bajo: 64,1%. Solo un 30% apoya la continuidad de la virtualidad como modalidad definitiva. Cinco de cada 10 tucumanos sostiene que es necesario volver a la presencialidad. “Lo más injusto de 2020 fue la gran desigualdad en el aprendizaje. Hubo chicos que directamente no tuvieron contacto con la escuela por no contar con las herramientas. El sistema educativo no estaba preparado para esta situación”, afirmó la psicopedagoga Elisa Ghiggia en la nota que publicó LA GACETA ayer.

Son cada vez más las voces que definen al 2020 como el año de la catástrofe educativa en Argentina. Por más buena voluntad que pongan padres y maestros, es difícil lograr el mismo nivel de aprendizaje en casa que el que se podría alcanzar en el aula, con el docente a unos pocos pasos y con varias horas diarias de trabajo y dedicación. Los padres, los educadores y, por encima de todo, los alumnos necesitan una definición: ¿2021 arrancará con las escuelas abiertas? Si bien el argumento para frenar las clases presenciales fue el de preservar la salud, las decisiones que se toman en otros países del mundo que también lidian con la pandemia pueden ser un buen ejemplo a seguir: la escolarización es una prioridad.