Aquí no hay virus, pero eso no la hace menos grave. Por el contrario: la diabetes es una de la muchas enfermedades crónicas que la covid-19 ha puesto “bajo la alfombra”: muchos pacientes no concurren a los controles, creció el sedentarismo, se dificulta la alimentación saludable... y mientras tanto, las estadísticas nacionales e internacionales muestran que casi el 30% de la mortalidad por coronavirus en menores de 60 años se dio en personas con diabetes, cuyo día mundial se conmemora hoy.

“También se están viendo ‘debuts’ de diabetes en contexto de covid-19; es decir, personas que desarrollan diabetes tras infectarse con el virus. Aún no sabemos si esa diabetes remitirá o no; es algo que iremos viendo en el tiempo”, advierte Gabriel Lijteroff, director del Comité Científico de la Federación Argentina de Diabetes (FAD).

Falla el páncreas

La diabetes es una enfermedad crónica que afecta la producción de insulina, la hormona que genera el páncreas y que se ocupa de regular la cantidad de azúcar de la sangre. Si el páncreas no produce suficiente insulina o el organismo no la usa eficazmente, se produce hiperglucemia (aumento de azúcar en sangre) que, con el tiempo, daña gravemente muchos órganos y sistemas, especialmente los nervios y los vasos sanguíneos.

“Se calcula que unos cuatro millones y medio de argentinos tienen diabetes y que la mitad no lo sabe. Del ellos, casi el 90% tiene diabetes tipo 2, variante en general de adultos, pero que se ve cada vez más en niños y adolescentes, asociada al sobrepeso y al estilo de vida sedentario”, agregó Lijteroff.

Para esta pandemia silenciada, que va (en un 90% de los pacientes) de la mano con el sobrepeso y la obesidad, no hay vacuna. Pero es prevenible en el 60% de los casos con un estilo de vida saludable, y se controla muy bien con educación diabetológica, tratamiento y hábitos saludables... Aquí está la clave: “hay muchos factores que intervienen en los hábitos, desde lo económico y lo social, a las costumbres familiares, e incluso, la negación de la enfermedad”, resalta Judit Laufer, presidenta de la FAD.

“Por eso, una herramienta básica, pero con frecuencia descuidada, es hacer foco en estados emocionales que permitan sostener los hábitos de cuidado”, destaca la endocrinóloga (tucumana por adopción) Olga Escobar, coordinadora del Comité de Aspectos Psicosociales de la Sociedad Argentina de Diabetes.

“Los hábitos son una construcción individual; cada persona es diferente. Emociones como el entusiasmo, la autoestima, la serenidad son los pilares para sostener las conductas saludables -agrega-. Y esas emociones se construyen en la relación con otros, frente a una cultura (alimentación, sedentarismo, discriminación) que atenta contra ellos”.

Acciones necesarias

“Al ser una enfermedad crónica, las personas con diabetes necesitan mantener los cuidados toda la vida. Y eso muchas veces se hace cuesta arriba -agrega Escobar, que además es coach-. En esos momentos, conviene parar y preguntarse ‘¿qué necesito, que no estoy pudiendo?’”.

Entonces -resalta- más allá de la medicación, hay acciones que ayudan al autoconocimiento: yoga, meditación, grupos de apoyo...

“La pandemia de covid-19 impactó fuerte sobre esta otra, de maneras opuestas; el miedo -especialmente a salir- en algunos pacientes boicoteó el tratamiento; incluso llegaron a descompensarse. Otros, en cambio, al saber que eran población de riesgo, se cuidaron más que nunca”, cuenta. Pero -resalta- hay un grupo en el que la pandemia agudizó la condición de base: las mujeres que viven su perimenopausia.

En especial riesgo

“En las mujeres esta enfermedad es especialmente riesgosa -señala María Cristina Faingold, directora de la carrera de especialización en Endocrinología de la UBA-. Aunque no presenta en general diferencias sustanciales en diagnóstico, síntomas, métodos de control, tratamiento o tipos de complicaciones, hay un elemento diferencial: su complejidad hormonal”.

Con la menopausia desaparece el efecto protector de los estrógenos y el riesgo cardiovascular pasa a ser semejante al de los hombres, y en mujeres con diabetes este riesgo es todavía mayor; peor: el riesgo empieza cuando son más jóvenes. Eso hace que la esperanza de vida sea menor que la de las mujeres que no tienen diabetes (8,2 años menos), mientras que en los hombres es 7,6 años menor. “Esto puede deberse a que las mujeres reconocen peor los síntomas; además suelen tener más factores de riesgo asociados y peor control metabólico. Los síntomas de enfermedad coronaria son atípicos o casi inexistentes, y acuden a los servicios de urgencias de forma más tardía”, agrega Faingold.

“A todo eso hay que sumar que las mujeres trabajan igual que los hombres, pero además muchas veces asumen el cuidado sólo de los hijos; sino en ocasiones de su pareja, sus padres, sus suegros -resalta Escobar-. Cuando los estrógenos dejan de protegerlas y las ponen en riesgo, ellas no dejan esas funciones. Y si sumamos el estrés de la pandemia...”.

Pero -advierte- no debemos quedarnos en el diagnóstico; es crucial saber qué hacer; y entonces volvemos a las emociones. “Es importante que puedan volver la mirada sobre sí mismas, para reconocer los obstáculos internos que llevan a cuidar de todos menos de sí mismas”, advierte. “Es una dificultad general, pero, por lo dicho, para las mujeres con diabetes es un pilar indispensable de un abordaje que necesita ser integral -agrega-. Les hace falta el apoyo familiar; conversaciones profundas, donde pueden abrirse camino sus sentires y sus necesidades, y permitan construir emociones positivas que les ayudan sostener los cambios de hábitos”.