Por Alejandro Duchini
PARA LA GACETA - BUENOS AIRES
“Soy una negra de mierda, una ordinaria, una orillera, una cuchillera, el mundo me queda grande, el tiempo me queda grande, las sedas me quedan grandes, el respeto me queda enorme, soy negra como el carbón, como el barro, como el pantano, soy negra de alma, de corazón, de pensamiento, de nacimiento y destino. Soy una atorranta, una desclasada, una sin tierra, una sombra de lo que pude ser. Soy miserable, marginal, desubicada, nunca sé cómo sonreír, cómo pararme, cómo aparentar, soy un hueco sin fondo donde desaparece la esperanza y la poesía, soy un paso al borde del precipicio y el espíritu me pende de un hilo. Cuando llego a un lugar todos se retiran, y como buena negra que soy, me arrimo al fuego y relumbro, con un fulgor inusitado, como una trampa, como si el mismo mal se depositara en mis destellos”.
Las malas*Así empieza La novia de Sandro, libro de la cordobesa Camila Sosa Villada que acaba de republicar Tusquets. Sosa Villada fue boom literario el año pasado, cuando la misma editorial publicó su novela Las malas. En ésas páginas cuenta su vida como travesti entre las travestis del Parque Sarmiento, en Córdoba. A La novia de Sandro lo escribió de a poco en formato blog, como catarsis. Dicen que lo eliminó, pero un lector lo guardó y se lo entregó. Ella le hizo arreglos y acá estamos.
Entrevisté a Camila Sosa Villada dos veces en casi un año. La primera fue en el Malba, en Buenos Aires, un rato antes de que diese una charla cuando el mundo era normal. Llevaba vestido rojo ajustado, tacos altos, anteojos de sol y maquillaje. Parecía una celebridad de Hollywood bajando de un remís sobre la avenida Figueroa Alcorta.
La segunda entrevista fue por cámara web y en un mundo anormal. Ahora con zapatillas, pantalón deportivo ancho, remera suelta y cero maquillaje.
Era, pero no era la misma: irónica, sugerente. Acababa de entrenar en su casa de Córdoba.
Entre Las malas y La novia de Sandro se la pasó dando entrevistas. No para de trabajar. Junto con Dolores Fonzi, Leonardo Sbaraglia, Cecilia Roth y Jorge Marrale participó de la obra virtual Amor en cuarentena: catorce días de WhatsApp con intercambios de audios y fotos con espectadores virtuales. “Me da vergüenza porque mis compañeros son todos famosos”, sonríe mientras se arma un cigarrillo.
-Ya sos como una “autora Tusquets”, una editorial de prestigio. ¿Te pasa algo con eso?
-Es la editorial de Almudena Grandes, entre otros grandes escritores. Me daba un poco de corte al principio. Tipo: “mirá dónde publico”. Pero la verdad es que el hecho de trabajar con la Lucantis (Paola, editora) y con la Cossi (Paulina, jefa de prensa del Grupo Planeta) hace que todo parezca muy pequeño, muy íntimo… No siento que esté trabajando para una editorial grande. Tengo la sensación de que se hizo algo con mucha familiaridad. Complicidad laboral femenina. Me da corte que fueron ellos los que me buscaron. Pero no me preocupo mucho por esas cosas. No es que las pido. Me pasan.
-¿Pensás que las cosas se dan solas?
-Soy muy emocional. Entonces muchas cosas me superan y no soy buena resolviendo cosas. No tengo ni home banking. Soy una subnormal. Me olvido de pagar cuentas. Con decirte que no tengo Spotify porque no quiero una clave más.
-Decime algunas cosas que te llamen la atención de este mundo en cuarentena.
-¡Uf! Muchas. Los periodistas, por ejemplo. Los veo cebados. En la tele se ve un periodismo del “yo”. Y eso que soy una narcisista espantosa, jactanciosa, pagada de sí misma. Muy narcisista, soy. Pero los periodistas me sorprenden. Al menos yo escribo libros, ficción. No soy un vector de odios. En algún momento la sociedad se la tendrá que cobrar a esos periodistas. Twitter es una agitación increíble. Antes te reías, había sentido del humor. Pero ahora es un espacio de guerra. A este mundo, de vivible, le quedan diez años.
-¿Por qué diez años?
-Porque hay odio por todos lados. Es invivible. Eligen a alguien y lo atacan. La vamos a pasar mal todos. Pero ojo que yo también les hago pasar malos momentos. Mi tren de las puteadas, lo llamo. Y los puteo, los puteo. El otro día una chica trans subió un video en Tik Tok para contar que no le alquilaron un departamento porque era travesti. Recuerdo que cuando estaba la Lohana (Berkins) armaba unos quilombos tremendos. Iba al Inadi y escrachaba a todos. Por suerte, este pasaje que hicieron las minas, las personas gordas, las travas, los indigentes, los más castigados, es para pasar de ser víctimas sufrientes a ser víctimas que se pueden defender. Algún límite se va corriendo, aunque creo que la sociedad es la misma mierda de siempre. Ahí está, por ejemplo, eso de la cultura del sacrificio que nunca nos sacamos de encima. ¡Esa cosa del sufrimiento! Hay que hacer lo de Margarite Duras. Ella prefería darle plata al hijo antes de que se meta en el sistema del trabajo mal pago que te termina deshumanizando.
-Hablando de sufrimientos, y por lo que contás en tus libros, no la pasaste nada bien.
-Lo de la novela es la quinta parte de lo que pasé. Aparte, hay mucho invento. Pero perseguir a una criatura de 15 años en un pueblo te muestra que hay gente que es de lo peor. Me gustaría ser de otra forma. Una persona más sociable, simpática, tolerante. Menos compleja. Vivir menos emputecida, menos ciega, pero no me sale. Mi papá era así: un tipo que agarraba y ponía carteles como… Una vez mi mamá buscaba laburo en Mina Clavero y no le daban. Yo estudiaba folclore en un lugar llamado Centro Comunitario. La directora le dijo a mi mamá que podía conseguirle trabajo como cocinera. Para agradecerle, mi mamá la invitó a cenar. La casa en la que vivíamos tenía ventanas tapiadas porque no había para comprar vidrios y arreglarlas. La casa estaba en construcción. Mi mamá invitó a comer a la directora del centro, a su esposo, a los dos hijos adolescentes. Les hizo lasaña. Con mi papá limpiaron toda la casa. Yo tendría tres años. Hicieron esa preparación y después no le dieron el trabajo. Desde entonces, mi papá en temporada de elecciones ponía un cartel en el que se leía que los políticos no eran bien recibidos en casa. Esa era una demostración de no permitir que nadie se meta en sus cosas. Esas cosas dejan resentimientos.
-¿A vos qué te pasó con ese recuerdo?
-La interpretación de un resentido es la de un dañino. Cuando me peleo con el tipo con el que salgo él me dice que no se hará cargo de mi resentimiento. No hay nada más lejos de mí que andar queriendo que el otro pague por mi resentimiento. En vez de ser resentida elijo hacer obras de teatro, llorar, escuchar a Lady Gaga o escribir. No me quedo con el trabajo de nadie, no exploto a nadie, no violo a nadie. Con todo lo que nos hicieron a las travestis encima nos piden que seamos luminosas, que hablemos bien, y que demos las batallas en los términos que quieren las personas consideradas normales. Esos ni se imaginan cómo somos las travestis.
-¿Sos nostálgica?
-No. De hecho, mis textos están guardados en una compu que no anda. Así que se perdieron. Lo más lindo que tiene la literatura es que te podés prender fuego a vos misma y empezar otra vez. Los textos no se salvan. Se queman. No son sagrados.
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Perfil
Camila Sosa Villada nació en 1982 en La Falda, Córdoba. Estudió cuatro años de Comunicación Social y otros cuatro de la licenciatura de Teatro en la Universidad Nacional de Córdoba. En 2009 estrenó su primer espectáculo unipersonal, Carnes tolendas, retrato escénico de un travesti. En 2011 protagonizó la película Mía, de Javier van de Couter. Entre 2014 y 2017 actuó en distintas obras de teatro y miniseries. Es autora del libro de poemas La novia de Sandro (2015), el ensayo El viaje inútil (2018) y las novelas Las malas (2019) y Tesis sobre una domesticación (2019). Las malas fue considerada una de las mejores novelas de 2019 y será traducida al alemán, al francés, al italiano y al croata. El jurado del Premio Sor Juana Inés de la Cruz destacó “la gran destreza narrativa, la originalidad del ambiente y la fuerza de los personajes” de Las malas.