Por Fabián Soberón
PARA LA GACETA - TUCUMÁN
1
Lucía Piossek es una pensadora que impacta por su lucidez inmediata y su incansable mente atenta. Lucía nunca deja de sorprenderme. Con el verde teatro de su patio a nuestras espaldas, suelo hacerle preguntas en las conversaciones mensuales. Ella, tranquila, medita un momento y las palabras siguientes conforman un sendero inesperado, una huella luminosa entre los árboles. Tengo la impresión de que su forma de enfrentar el presente siempre está cargada de futuro. Sospecho que ella está cuestionándose a sí misma a cada momento. El brillo quieto de su andar y el modo sereno de su inquietud intelectual pueblan las horas. Lucía observa, ausculta, medita y luego del silencio que antecede a las palabras aparece la chispa del pensamiento. Su actitud, su posición móvil, está guiada por la alarma tranquila o por la inesperada respuesta. Este es, para mí, un rasgo inseparable de su personalidad.
El cliché asocia la juventud a una edad. Pero creo que la juventud es un modo del pensamiento, una forma de ver el mundo: es la actitud que se relaciona al horizonte infinito, a la expectativa que no tiene límite. Es la fuerza del pensamiento que va más allá de los límites del tiempo. Lucía, joven pensadora, enciende la llama de esa prometedora juventud.
Cristina Bulacio, doctora en Filosofía y ex alumna de Lucía, afirma: “Su lucidez y prudencia fueron –y son– proverbiales. Sus alumnos, jóvenes en aquel momento, nos apasionábamos con pensadores contestatarios como Nietzsche –por ejemplo. Ella, gran conocedora del tema, nos ponía límites, nos mostraba las contradicciones, nos acompañaba para aguzar nuestra búsqueda.”
Lucía Zucchi, historiadora, artista, hija de Lucía Piossek, destaca “su gran capacidad por encontrar el interés en las cosas o las experiencias que quizá no se habían pensado desde un punto de vista filosófico o académico” y “su gran sensibilidad que la inclinó en varias ocasiones a ámbitos más artísticos que exclusivamente del campo de las ideas”. Para Lucía Zucchi “no se trata de una investigadora de gabinete exclusivamente. Su vida, su cuerpo, su experiencia son objeto de su análisis incluso en las diferentes etapas que le tocaron vivir: por ejemplo, la maternidad y la vejez”. Y agrega Lucía Zucchi: “Cuando hablo de respeto… me refiero al respeto que tiene por el otro o por el lector. Sus escritos son un esfuerzo de claridad y de sobriedad. Nunca leí algo de ella que se caracterizara por el afán de lucimiento o por la cosmética. A veces le he pedido, aún lo hago, que desarrolle más ciertas ideas. Lo que pasa es que ella posee esa claridad y esa capacidad de síntesis que a veces hace que desarrolle una idea en un párrafo y que en realidad podría haber dado lugar para un libro completo.”
2
Ante las inquisiciones de la filosofía y de la vida, Lucía Piossek, tolerante y amable, responde con firmeza. Sus afirmaciones dejan el intersticio por el que pueden filtrarse las opiniones de los otros. Pero es necesario decir que Lucia provoca los intersticios, inventa el diálogo con el otro. En las clases y en la vida, Piossek lleva a la praxis ese anhelo de los hombres de que el otro sea parte. Memoriosa, certera, ejerce la minuciosa búsqueda de detalles como una actitud ética y cognoscitiva frente a los desafíos de la vida.
La socióloga Alicia Ugarte trabajó con Lucía durante muchos años en el IHPA. A propósito de la mirada múltiple y tolerante, destaca “…su preocupación por el trabajo interdisciplinario. Ella (Lucía) expresa en uno de sus escritos que el pasaje del secundario a la universidad, la incipiente Facultad de Filosofía le resultó totalmente natural, era como estar en su casa. Ya instalada como docente empezó a ver la necesidad de que hubiera un espacio donde se pudiera fomentar un cruce de saberes. Es así que a partir de un curso optativo de Filosofía e Historia comenzó a gestar su idea que va a devenir en la creación del Centro de historia y pensamiento argentinos, que luego sería el Instituto de mismo nombre. Para ello, convocó a intelectuales provenientes de la filosofía, pero también de la historia, la geografía, la arquitectura, las letras y las artes plásticas. La creación de este centro (1975) partió de la necesidad de concretar una manera de acercarse a las humanidades y a sus colegas. Me atrevo a decir –continúa Alicia Urgarte– que la interdisciplina está encarnada en su oficio pero en un sentido amplio. Ella cultiva con esmero el registro del otro y el hacer del otro de una forma particular. Lo toma como sujeto/objeto de conocimiento, lo interroga y lo suma.”
3
Lucía Piossek disfruta, con humor, el espacio que transita. Los que la visitan manifiestan el encanto de su casa. Decir casa implica pensar en la poética del espacio (como diría Bachelard), en el lugar transformado por los pasos, los libros y el tiempo que se acumula como polvo favorable de la experiencia diversa. Lucía habita su casa amplia de Yerba Buena, custodiada por los perros simpáticos –esos perros no cínicos–, emplazada en un imponente predio verde pletórico de plantas y árboles. La vista única del ventanal es una metáfora de su disposición al pensamiento. Dice Alicia Ugarte: “Su casa tiene el resplandor y el encanto de su dueña. Si está lindo el día y una vez zanjado el alboroto de sus perros, Lucía se dispone a mostrar su parque, en donde cada planta o árbol no está puesto porque sí, cada uno tiene su historia. Si es época de naranjas ella generosamente prepara una bolsita para llevar. Luego de ese paseo pasaremos al living a tomar un rico café que dará lugar a largas e interesantes charlas, de la vida misma pero también, y me encanta escucharlas, de historias de la facultad que no conocí, con sus idas y sus vueltas, de las amistades que hizo desde jovencita en ese ambiente en el que se movía como pez en el agua…”
Cristina Bulacio también comenta sus visitas: “Partíamos a su casa, en Yerba Buena, en aquellos tiempos un lugar tranquilo. Una tarde, estaba yo esperando a Lucía en el living y un caballo metió medio cuerpo al lado del sillón donde yo estaba, sorprendida y desorientada, la llamé y me contestó desde adentro. “Ah, no te preocupes, solo viene a buscar comida”. Era un casa donde los animales estaban incorporados a la vida familiar: el caballo, el gato, los perros, los pájaros, creo que sigue siendo así, aunque quizás ya sin caballos en el jardín residencial.” Y agrega Bulacio: “También recuerdo a Lucía joven dándonos clases en un aula de nuestra Facultad –a unos pocos alumnos–, en la ventana pegaba el sol de la tarde y se reflejaba en su pelo rubio y misterioso, siempre, siempre recogido. Aquella vez comprendí qué era la belleza.”
4
Alicia Ugarte me cuenta que Lucía Piossek ha cumplido años. Ya es sábado y el calor proverbial de Tucumán dispara una inquietud. En mi casa tengo la visita de dos amigos, el escritor Gabriel Bellomo y su esposa Analía. Le pido a Gabriel que me acompañe a comprar un libro. Rápidamente, nos subimos al auto. Adquiero en la librería un libro de Jean Luc Nancy. Le propongo a Gabriel que vayamos juntos a la casa de Lucia Piossek. Tengo el nítido objetivo de entregar el pequeño volumen como regalo tardío por su cumpleaños.
Tomo el teléfono y la llamo. Lucia atiende. A los minutos, abre la puerta. Atravesamos el umbral. En la penumbra, sobre la mesa, titila un volumen grueso, un libro abierto. Lucia nos dice que se trata de la correspondencia de Francisco Romero con los intelectuales de su tiempo. Entre las cartas, hay una que Lucia cita con énfasis: una misiva con Nicolai Hartman. Lucía, lúcida, hace un análisis de la traducción, sopesa el valor de las cartas en el pasado y sostiene que serán sustituidas por otra forma de la intimidad.
La ciudad es múltiple: da cuenta de experiencias disimiles y desconocidas. Detrás de los árboles frondosos y de los jardines prolijos respiran, ocultos, las historias de muchas personas en Yerba Buena. Mientras el bullicio puebla las calles, en una casa con patio oscuro y dos perros guardianes, una mujer de 94 años lee, sola, un libro del filósofo Francisco Romero. Ausculta el pasado en las páginas amarillas por la sombra dorada de la lámpara de noche.
Esta escena evoca la pasión de Lucia Piossek por el conocimiento; brinda un índice ciego y sin pretensiones, una posible llama de su vida. La pasión silenciosa de Lucia, fuera de toda búsqueda vana de esplendor, es una chispa que enciende el futuro.
Dice Lucía Zucchi: “Ella es una persona alegre, sencilla y positiva. Bastante audaz, quizá demasiado a veces. Tiene una forma optimista de situarse ante la vida y trata de apoyar e impulsar a los demás a cumplir con sus objetivos. Muchas de las ideas que ha trabajado, como la ternura y la dignidad, no son miradas en forma abstracta, sino que forman parte de su ser.”
Lucía Zucchi dice que Lucía Piossek es una persona sencilla y audaz. Y uno podría preguntarse cómo se unen la sencillez con la complejidad de la filosofía. Quizás ahí resida, en la articulación única entre sencillez y audacia, el secreto de la lucidez que el interlocutor o el lector percibe en la prosa y en el modo que tiene Lucia Piossek de pensar y estar en el mundo.
© LA GACETA
Perfil
Lucía Piossek Prebisch realizó estudios de grado y posgrado en Filosofía en la Universidad de Colonia (Alemania) y en la UNT, donde fue profesora titular de Filosofía contemporánea, fundadora del Instituto de Historia y Pensamiento y, desde 2000, profesora emérita. Estudió en profundidad el pensamiento de Marcel, Camus, Heidegger, Hannah Arendt y, en particular, Nietzsche. Se ocupó igualmente de temas como la mujer, la violencia, la vejez, la universidad. Es miembro de honor de la Fundación Miguel Lillo, miembro correspondiente del Centro de estudios de literaturas y civilizaciones del Rio de la Plata (con sede en París), miembro de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán y vicepresidente de la Sociedad Sarmiento. Entre sus libros pueden mencionarse El filósofo topo y Argentina: identidad y utopía. En 2014 ganó el Premio Konex al ensayo filosófico.