A veces, resulta sorprendente la facilidad con que la memoria se transforma en polvo. En especial, cuando la fatalidad del no-recuerdo afecta los registros de la historia y la cultura compartida. Hoy, estas palabras son las que le pesan a la biblioteca Alberdi.
El 4 de noviembre de 2019, el cielo raso que cubría la parte delantera de su infraestructura se desprendió y el espacio quedó inhabilitado por la Municipalidad. A un año del incidente, el anhelo de una futura reapertura se construye “a pulmón”.
“Lo que en verdad destruyó a la biblioteca fue el año de clausura que nos impusieron. Eso produjo un gran deterioro del espacio y nos quitó los fondos de mantenimiento que teníamos por alquilar el espacio al bar y la gente que deseaba hacer cursos, talleres o ferias”, comenta Sebastián Olarte, y agrega que para sacar a la biblioteca de su largo letargo se requiere una inversión de casi $ 3 millones.
Las palabras del director del Teatro de La Paz se reflejan y hacen eco entre los montículos de libros (con capas y capas de tierra) que se distribuyen entre el primer piso, la terraza y una de las salas de teatro. Algunos tan percudidos por la desidia que parecen capaces de explotar ante el mínimo roce humano.
La esperanza está en las idas y vueltas que trazan los obreros. Hace un mes, varios camiones recogieron los restos de escombros y basura que había en el interior para arrancar los trabajos de revalorización. “El Ente de Cultura nos dio un subsidio de $ 420.000 para coser las grietas de las paredes y hacer inyecciones de hormigón en los cimientos de la biblioteca. Y ahora, los arreglos del techo van de a poco y son con dinero autogestionado o gracias a la colaboración de empresas”, agrega el miembro de la Comisión Directiva.
La solidaridad logró que puedan instalar 41 matafuegos nuevos y cambiar las luces de emergencia. “En esta etapa, necesitamos de la ayuda estatal y ciudadana. Estamos intentando hacer un club de padrinos porque no llegamos con los costos de los insumos”, enfatiza.
Dos despedidas
Al silencio que ronda entre los estantes y el polvo, se le suma una nueva sensación de pérdida a medida que se descubren faltantes. “Hubo muchísimos robos y duele porque los esfuerzos que debemos hacer son cada vez mayores. Al ingresar nos dimos cuenta de que faltan computadoras, proyectores, parlantes, ventiladores... -lamenta Olarte-. Además saquearon puertas, la grifería completa de los baños y se llevaron las tres aspiradoras exclusivas que teníamos para limpiar los libros”.
A quienes pasamos alguna vez por la biblioteca el “antes y después” nos entristece. Y apenas queda recordar la época en que los manuales de estudios se apretujaban con las novelas y las recopilaciones casi inverosímiles (como “El poder de los cristales para curar los males del páncreas”).
Puede que de aquel material queden unas 40.000 obras. Aunque es complicado precisar la cantidad dadas las condiciones del material. “Hace años que el desinterés estatal mató a las bibliotecas e instituciones afines. Le dijimos adiós al Hogar del Empleado, la Sociedad Argentina y la peña de El Cardón por nombrar algunos ejemplos. Es terrible porque con la biblioteca Alberdi podríamos perder el último bastión local de cultura y de literatura”,enfatiza Olarte.
Reliquias
Durante 117 años, la biblioteca funcionó como un foco popular de reunión entre laberintos de manuscritos. El registro más vetusto es de 1796, y corresponde a un libro en francés llamado “Cartas prusianas sobre las costumbres asiáticas y europeas”.
“Acá yacen obras únicas de Juan Bautista Alberdi. Tenemos las primeras ediciones de sus libros, las cartas que intercambió con su sobrina, su testamento y el acta de defunción. Entre los diarios aparece hasta un fragmento en que dibujó y detalló el aspecto del sable corvo que usaba José de San Martín”, detalla Pedro Ruarte, presidente de la comisión.
En otro de los armarios metálicos del primer piso, también aparece el libro de las visitas ilustres. Un registro de firmas que cuenta con dedicatorias de Julio Argentino Roca, Roque Sáenz Peña, José Evaristo Uriburu, Jorge Luis Borges y Juan Bautista Terán.
Sean políticos o eruditos, el tiempo no los perdona incluso al traspasar la muerte. “Una de nuestras salas está acondicionada para mantener la temperatura y la humedad idónea que requiere el papel, pero luego de un año sin estas condiciones hay archivos cuyos daños son irreparables”, acota Ruarte.
De ser este el punto de no retorno, ¿qué queda luego del olvido?