Una realidad que salta a la vista después de 156 días de cuarentena es que los tucumanos todavía no terminamos de acomodarnos a un marco normativo tan limitante a nuestro modo de vida habitual como el que impone esta situación excepcional. De hecho, pareciera que cada día nos cuesta más, a pesar de que lo que se planteaba como provisorio ya lleva cinco meses y se ha ganado el calificativo de “nueva normalidad”. El preocupante aumento de casos positivos y la confirmación de circulación viral comunitaria no han sido suficientes para encarrilarnos: transeúntes sin barbijo o con el barbijo mal puesto, filas donde no se respeta la distancia, establecimientos y actividades que no respetan las restricciones dispuestas en los protocolos, reuniones sociales no permitidas, etcétera. Prácticamente, hay que salir con los ojos vendados para no ver infracciones por todos lados. El problema es que esta inobservancia resulta mucho más peligrosa que lo habitual en una situación de emergencia epidemiológica, ya que basta el incumplimiento de una sola persona para poner a muchas otras en riesgo de contagio.

Ahora bien, ¿por qué esta tendencia a la transgresión? La respuesta más simple sería que, en tanto argentinos y occidentales, somos así. Sin embargo, es posible escarbar un poco más profundo y preguntarse: ¿por qué somos así? En la búsqueda por desentrañar esa naturaleza, surge que se trata de un problema multicausal.

“Personalmente, creo que la sociedad tucumana participa de una inmadurez emocional de la que adolecen las sociedades occidentales”, considera la psicóloga Graciela Chamut, que distingue tres etapas en la evolución madurativa de las personas. “La primera es de dependencia: no podemos valernos por nosotros mismos. Una vez que alcanzamos la autosuficiencia, pasamos a una segunda etapa, la de la independencia. Lo más importante paso a ser yo, lo que quiero y lo que necesito. Pero hay una tercera etapa, que es la de la interdependencia, donde el ‘yo’ le da paso al ‘nosotros’. Se deja de pensar de manera individualista y se adopta una visión más colectiva, bajo la conciencia de que lo que yo hago tiene un impacto en otro, y viceversa. A mi modo de ver, las sociedades occidentales en general nos hemos estancado en la segunda fase, mientras que algunas de Europa o de Asia sí han alcanzado una visión más interdependiente”, grafica Chamut. “De todos modos, si bien somos individualistas, los tucumanos también somos tremendamente solidarios cuando alguien lo necesita. Y eso se ha observado mucho durante la pandemia”, aclara.

A medida que Tucumán se acerca al millar de casos, a las autoridades se les hace cada vez más complicado insistir por la vía de la concientización y el endurecimiento de los controles para evitar el retroceso a fase 1. Mucho depende del cumplimiento de las normas, pero a la par del número de casos, lo que ha crecido es el hartazgo y la relajación por parte de la sociedad.

“Hasta que no le toca a uno mismo o a alguien cercano, se tiende a pensar que a uno no le va a pasar nada, que se tiene todo bajo control. Y en eso juega mucho el hecho de que al virus no lo podemos ver. Hace falta una capacidad de abstracción muy grande para dimensionar el gran riesgo en el que nos encontramos”, reflexiona la socióloga Roxana Laks. “Por eso, la postura que se ha tomado es la de que, por más que algo no esté permitido, lo podemos hacer si no hay nadie que nos lo impida. En lugar de controlarnos nosotros, esperamos que sea el Estado el que lo haga, y si no lo hace, entendemos que algo está permitido aunque la ley diga que no”, amplía.

Laks sostiene que, de acuerdo a las encuestas, al compás de las flexibilizaciones se ha observado una relajación en el cumplimiento de las medidas de seguridad, aunque en un contexto tan dinámico, resulta difícil establecer patrones de conducta. “Por ahora, lo que vemos es eso: que la gente está teniendo mayores cuidados, pero sigue dependiendo demasiado del control del Estado”, señala.

Para Laks, la mayor necesidad de contacto que tenemos los tucumanos con respecto a otras sociedades es otro factor a tener en cuenta. “Tenemos la población de una gran ciudad, pero nuestro comportamiento es de ciudad chica. Nos gusta mucho vernos, juntarnos. En grandes urbes, como Buenos Aires, eso no es tan marcado”, describe la socióloga.

La falta de sanciones también ha contribuido enormemente. A ello se le suma el elogio de la transgresión como sinónimo de audacia o de picardía (la famosa “viveza criolla”), a la vez que se denosta la denuncia como sinónimo de “vigilancia”. “Muchos no denuncian por miedo a quedar como botones. Es necesario que todos tomemos conciencia de que estamos en el mismo barco y somos más codependientes de lo que creemos”, advierte Chamut.