Ante casi todas las preguntas, Roxana se toma unos segundos para responder. Menos una: ¿cómo es que decidió que su casa deje de ser sólo su casa para convertirse en el merendero del barrio? “Porque nosotros también la pasamos”, responde de inmediato.

Lo que pasaron fue el hambre. Pero también, en cierto modo, el rechazo. “Cuando teníamos los chicos chicos, y no teníamos qué comer, íbamos a un comedor. Pero sólo les daban a los niños, a los padres no. Nosotros agradecíamos igual, porque era una ayuda grande, pero los papás nos quedábamos mirando. Lo mismo pasa con el comedor de la escuela: sólo les dan de comer a los chicos inscriptos... ¿y los hermanitos?”, se pregunta Roxana Pérez.

DONACIONES. Los chicos de la Asociación Tucumana de Skate hicieron su aporte. LA GACETA / FOTOS DE JOSÉ NUNO

En el barrio 2 de Septiembre, al oeste del canal Sur y pegado al barrio Marti Coll (Yerba Buena), comenzó a principios de este año a funcionar, discretamente, el merendero que después sería llamado “Cuchú”. Cuenta Roxana, la fundadora, que primero iban unos cinco chicos que andaban por las calles del barrio vendiendo limones. En ese momento hacían mate cocido y bollos caseros en la casa de su mamá. Pero en pocos meses, con la crisis que desató la pandemia para las economías informales, los comensales se multiplicaron. Además, por ser su mamá una persona de riesgo para la covid-19, mudaron la cocina a su casa.

“En estos momentos estamos sirviendo alrededor de 150 raciones por día. Todos los días hacemos la merienda, la gente busca y lleva a su casa. Cuando se puede, y tratamos de que sean dos veces a la semana, hacemos también el almuerzo. Pero dependemos de lo que nos donen vecinos y amigos comerciantes”, explica la dueña de la casa donde todos los días su familia y vecinos cocinan para otros.

COCINERA. Julia es la encargada de la cocina y una experta amasadora de panes.

“Cuchú” tiene dos particularidades: que no recibe fondos ni ayudas sostenidas de instituciones ni de partidos políticos, y que la comida se sirve para todos los que se acerquen, hasta donde alcance. “No nos parece eso de darles a unos y a otros no. La necesidad es la misma para todos”, sentencia Jessica Cingolani, hija de Roxana y mamá de Román, el más pequeño de los colaboradores del comedor: tiene cuatro años, es el primero que llama y ayuda a prender el fuego todos los días, y entrega las porciones de comida a los vecinos que van a buscar. A Román le dicen Cuchú y por eso así se llama el comedor.

Donación inesperada

Es una tarde fría de jueves y Roxana, que tiene una pierna fracturada y dirige los movimientos desde el sillón, mira cada tanto por la ventana. Está esperando que lleguen “los chicos de la Urquiza”, un grupo de skaters que se había comprometido a llevarles donaciones para el comedor. Roxana los localizó por Facebook, como hace muchas veces, para pedir ayuda. Es lo que repite todos los días, por las redes sociales y por WhatsApp, para que carnicerías, panificaciones y verdulerías amigas colaboren con lo que puedan.

“Nosotros comenzamos con una movida solidaria teniendo en cuenta la situación desatada por la pandemia, que dejó a mucha gente en situación crítica. En nuestro Facebook pusimos que juntábamos donaciones, que en principio estaban pensadas para todas las familias que trabajan en la plaza Urquiza, un lugar al que estamos vinculados hace 20 años con nuestro deporte, y que no pudieron salir a trabajar en este tiempo. Roxana nos pidió ayuda y lo hicimos”, explica Gustavo Durán, de la Asociación Tucumana de Skate.

MERIENDA. Cuando hace frío -y cuando hay leche- reparten chocolate caliente.

Ellos se encargaron de juntar las donaciones y acercarlas al comedor que gestiona Roxana. Es la manera que ella tiene de conseguir la materia prima para las meriendas y, cuando hay, para los almuerzos: pidiendo. “Estoy un buen rato por día hablando con amigos y conocidos en WhatsApp y en las redes para que nos colaboren. A veces se consigue más, otras menos, pero es la manera que tenemos”, explica Roxana.

Su marido, Rolando Orillo, es quien suele encargarse de buscar las donaciones en su moto. Él es cadete, con lo que sustenta a su familia, pero hace unos días le quitaron la moto porque no tenía el seguro. “No alcanza, por eso no lo tenía pagado. Y ahora para buscarla tengo que pagar unos $ 5.000. Es imposible”, lamenta. En estos días, Rolando no puede salir a trabajar ni tampoco buscar las donaciones, al menos no en su moto.

Julia Lairihoy y Mabel Jaime, ambas vecinas del barrio, completan el staff de este comedor nacido durante la pandemia. Cada día son más los que se acercan a buscar un plato de comida, entonces ellas están prácticamente todo el día en la casa de Roxana. Julia es una amasadora experta y todos los días hay pan casero y bollitos en las bolsas reciclables que llevan los vecinos, acomodándose en fila india afuera de la casa.

“La gente viene cada vez más temprano, por miedo a quedarse sin comida. A nosotros nos duele muchísimo cuando tenemos que decirles que no, que se acabó. Hacemos malabares con lo que tenemos”, dice Julia. Ese jueves, frío y lluvioso, María Delgado fue una de las “clientas”, como dicen ellos en broma, que fue caminando unas 15 cuadras a buscar chocolate caliente y panes para sus tres nietos.

Incremento alarmante

La realidad en el barrio 2 de Septiembre no es aislada. Desde que comenzó la pandemia creció exponencialmente la demanda de comida en todos los barrios carenciados de Tucumán. “Desde el 20 de marzo hasta ahora incrementó un 35% la cantidad de personas que concurren a los merenderos y comedores comunitarios. El dato más crudo es que muy por encima de ese 35% aumentó la cantidad de gente que busca el almuerzo, no solo la merienda, como era antes”, explicó Federico Masso (Libres del Sur), actual legislador y ex titular de la Secretaría de Atención de Urgencias Sociales de la Municipalidad de la capital.

“De los 134 merenderos que gestionamos en toda la provincia, convertimos 15 en comedores comunitarios. Tuvimos que frenar un poco, porque no siempre disponemos de alimentos, y la demanda crece sin parar. El Gobierno ayuda con el alimento seco, pero con la carne, por ejemplo, se complica”, informó el dirigente.

Masso confirmó que son varias las iniciativas independientes, de vecinos que no quieren vincularse a los espacios políticos, pero que quieren ayudar a la gente con urgencias sociales. “Es muy positivo que quieran ayudar, pero el que tiene que ponerse al frente de estas necesidades es el Estado”, sostuvo.