Si Alberto Fernández sigue debilitándose frente a las miradas de un sector del peronismo que sostuvo entusiasmado su candidatura presidencial, los postulantes a senadores y diputados nacionales del año próximo no los pondrán ni él ni Cristina, sino los gobernadores. Porque si el Gobierno no acomete con éxito los dramas económicos y sociales que están causando el coronavirus y la cuarentena, y también los tremendos efectos pospandemia que se anuncian, no deberá esperar un buen resultado en la elección intermedia. La gente vota gestión; traducido: bolsillos satisfechos, seguridad laboral y capacidad de consumo. Debe otorgar eso y más, porque ningún mandatario se jugará por un Gobierno en caída e indefendible, menos ante el peligro de verse arrastrado por una mala gestión, lo que no les sumaría votos en su propio territorio.
En ese caso, Manzur, por ejemplo, debería armar listas con colaboradores suyos, los leales, para buscar su propia victoria, oponiéndose a las pretensiones nacionales de sugerir nombres desde una administración eventualmente debilitada. O sea, a salvar el propio pellejo político electoralmente, porque al fin y al cabo los comicios de medio término son una suerte de plebiscito nacional, pero con lecturas fronteras provinciales adentro. Son votaciones para medir dónde se está parado de cara a los dos años próximos, lo que vale tanto para el oficialismo como para la oposición, que también se plebiscita como posible alternativa de poder a futuro.
Los peronistas que apostaron a Alberto, y a un eventual armado albertista como línea interna -hoy más ilusoria-, observan como desde la propia coalición oficialista minan y hasta le faltan el respeto al Presidente, haciéndole el juego a la oposición y facilitando la percepción de que no es él precisamente quien gobierna, sino que es la vicepresidenta quien maneja los hilos. Vaya una curiosidad: La Cámpora en el poder cuando Alberto gobierna. Si supera la anécdota histórica y se consolida en los hechos esta situación, a mirar los resultados del pasado. En ese sentido, por más que entre ellos, Alberto y Cristina, se juren respeto y aseguren que el binomio está consolidado en cuanto sus roles políticos e institucionales, los peronistas -especialmente por su concepción verticalista de ejercer el poder-, y los opositores e independientes no pueden evitar sospechar que la ex jefa de Estado es la que conduce. En ese marco es lógico que la oposición ataque a Cristina porque constituye, además, una forma de ningunear por elevación al Presidente. Se entiende la maniobra desde la acción política, y hasta desde la chicana; pero que desde el propio seno de la fuerza gobernante ya lo tilden de presidente de transición a tan solo siete meses de gobierno, es patear el tablero en contra de los intereses de la coalición oficialista. O bien la ratificación de que el peronismo resuelve sus propias internas en el poder.
Hasta le han puesto una fecha de vencimiento a Alberto: 2023. Lo hicieron con la reciente aparición de afiches que llevan el sello del Instituto Patria y que promocionan las candidaturas de Máximo Kirchner y de la ultracristinista Mayra Mendoza. Lo horadan desde adentro cuando aún le quedan tres años de mandato, o bien lo anotician y lo ponen en autos. No eras vos, somos nosotros. ¿Quién defiende la parada albertista? Los gobernadores que habían armado una suerte de liga para sostenerlo y fortalecerlo prácticamente han desaparecido como expresión de fuerza nacional, se han concentrado en sus provincias para gestionar en pandemia. Junto a la dirigencia sindical cegetista parecía que iban a convertirse en la columna vertebral de un incipiente albertismo para contrarrestar al cristinismo. Una apuesta que hizo suya Manzur, jugándose de lleno y respaldando desde el inicio al Presidente. En su asunción, en el teatro San Martín, el tucumano lo presentó como el único conductor del peronismo, y lo hizo con la misma convicción que cuando aseguró: “Cristina ya fue”. Hasta ahora no pudo verificarse ninguna de sus dos afirmaciones. La primera porque Alberto no quiere, no sabe o porque Cristina no lo deja. O bien porque se siente cómodo en el rol que le tocó en el binomio que conduce el país: él con sus discursos apuntando a la moderación y ella yendo por la otra vereda, por la del vamos por todo.
Colateralmente, por la pandemia, el PJ nacional no pudo normalizarse y elegir a sus autoridades porque en marzo vencieron los mandatos; por lo que tampoco puede concretarse la pretensión de que Alberto asuma la presidencia del partido. Lo que le daría algo de aire y respaldo político con charreteras de conductor, sin embargo no puede fortalecerse ni desde ese plano. Los que acompañaron y se identificaron con Alberto más que con Cristina, a la espera de que emergiera como el nuevo líder del peronismo han comenzado a sentir que la debilidad del Presidente los alcanza, pero no pueden arrepentirse de la jugada que hicieron, ya que, por lo menos, consiguieron ser Gobierno. A la herencia macrista le deben sumar los efectos de la pandemia, económicos y sociales, y los propios de una interna que los incomoda. Manzur ha demostrado que quiere estar en el albertismo y consolidarlo, pero en ese plano también se expone a soportar el fuego amigo que recibe el Presidente. Entonces, que Manzur no se vea obligado a armar “su” lista para el año próximo -porque el Gobierno se viene a pique desde la gestión- dependerá de que los socios que componen el Frente de Todos se concentren, unidos, más en la gestión que en sus intereses sectoriales, porque la ingobernabilidad será la consecuencia. Algunos lo han advertido, pero si los moderados no pueden imponerse y los intolerantes no se limitan, el oficialismo lleva las de perder. A ese fuego le echan leña desde la oposición, porque un buen resultado el año que viene acrecentará sus chances para regresar en el 23.
En Tucumán, el oficialismo postergó la pelea por el liderazgo para unirse en la gestión de cara al 21, y lo hace desde una definición interna: no habrá 23 si no se gana en el 21. Frente a la realidad nacional y local: cómo se prepara la oposición provincial para acometer los años por venir. Porque allí también hay que definir liderazgos, rediscutir espacios y analizar la posibilidad de nuevas alianzas. Hasta ahora la fragmentación opositora tucumana le ha facilitado la vida al peronismo y su continuidad en el poder, que por la dispersión de sus adversarios sólo tiene que preocuparse por dirimir su pelea por la conducción para determinar quién sigue al frente del partido y del Ejecutivo.
La unificación en la acción de los diferentes partidos enfrentados al oficialismo por ahora es una quimera; supo haber y hay intentos por concretar un espacio opositor que compita con mejor suerte electoral contra el PJ, pero desde 2003 a la fecha, en todas las elecciones provinciales, el Gobierno obtuvo más de la mitad de los votos, o sea más sufragios que todos los opositores juntos, pero no unidos. La última opción que atemorizó al justicialismo fue en la previa de los comicios de 2015, con la dupla Cano-Amaya: lo inquietó seriamente porque la ciudadanía miró con simpatía esa asociación política entre un radical y un peronista. Y la polarización fue marcada, hasta la votación. ¿Es el esquema a repetir en 2023? Fecha lejana en el calendario, no así en la agenda de los intereses políticos -donde se pergeña a largo plazo cuando se piensa en el poder-, porque si se pretende ser una alternativa opositora competitiva, esa construcción ya debería estar consumándose con una estrategia de poder seria; entendiendo que el primer ensayo de esa alquimia debe ocurrir el año próximo en la elección de medio término, cuando se presenten las diferentes opciones electorales, que no serán más que expresiones de acuerdos políticos internos y externos.
La oposición tiene varios dirigentes de peso, algunos más ambiciosos que otros, pero no aparece en el horizonte aquel que concentre la atención ciudadana más que otro, o aquella persona en la que la sociedad deposite su confianza y se identifique para entronizarlo en el sillón de Lucas Córdoba. Ese cetro opositor, por estas comarcas, está vacante. Por el él tienen que pelearse varios, lo mismo que en el plano nacional, donde hay muchos que quieren ser la nueva alternativa de la oposición, o por lo menos conducir ese gran grupo que reniega del oficialismo.
Al parecer ese cetro local seguirá vacante porque hay demasiados contrincantes en la arena opositora y con las mismas ambiciones a corto y a largo plazo, por lo que también, en principio, habría que descartar que haya una unificación de toda la oposición para presentarse como opción fortalecida frente al peronismo gobernante dentro de tres años. Cómo acomodarse en la pospandemia será también un desafío para la oposición, porque la crisis que se viene no sólo complicará al Gobierno desde la gestión, sino que obligará a los opositores a convencer al electorado de que también están en condiciones de hacer aportes para superar el trance y que pueden ser una alternativa de poder, y seria.