¿Por qué nuestro semejante, aquel que nos proporciona amor, cobijo y sostén puede convertirse en extraño, en objeto hostil? ¿Qué hace que otro ser humano pueda ser objeto de nuestros más crueles actos, o que nosotros mismos seamos blanco de sus oscuros deseos asesinos? Estas preguntas que develan a los seres humanos desde tiempos inmemoriales pueden ampliarse si nos interrogamos sobre la influencia del contexto social para fortificar las pulsiones de vida comandadas por el dios del amor, Eros, o por el contrario acicatear sobre las pulsiones mortíferas, expresión del inefable Tánatos.

Es constatable que el coronavirus se ha diseminado a nivel planetario y ha producido una afectación en nuestra subjetividad. El miedo, la angustia, la incertidumbre se instalaron en cada uno de nosotros a consecuencia de este real desbocado y sin ley que ha trastocado la existencia remitiéndonos a nuestra fragilidad e inermidad, al desamparo originario como humanos. Al mismo tiempo las medidas de excepción instrumentadas por el estado de cuarentena y aislamiento social nos han sometidos a una vivencia de encierro, que constituye una de las fuentes paradigmáticas de la angustia.

La angustia aparece en el sujeto ante la posibilidad de quedar encerrado en un Otro, que podría apoderarse de su ser, a la amenaza de quedar totalmente absorbidos por algo o alguien que podría devorarnos.

Como humanos nos es necesaria una distancia con el Otro, una separación que nos asegure que disponemos de una intimidad, que nos reafirme una existencia singular como sujetos autónomos. De ello da cuenta el desarrollo de un niño cuando en su primer experiencia lúdica realiza la mágica secuencia del esta-no está, haciendo aparecer y desaparecer al Otro materno. También se manifiesta en los posteriores conflictos del adolescente con sus padres reclamando autonomía de los lazos familiares. En la adultez atravesamos por la vida en esa intermitente secuencia entre la inclusión en ámbitos familiares, sociales o institucionales y los necesarios momentos de soledad y aislamiento.

¿Qué sucede entonces cuando permanecemos obligados a la presencia de un otro en forma permanente, cuando quedamos privados de ese necesario tiempo de encuentro con nuestra propia intimidad, allí donde no disponemos de una ventana que nos sustraiga de la presencia angustiante del prójimo? Lo que aparece son distintas manifestaciones sintomáticas que dan cuenta de esta conflictividad. Ataques de pánico, afecciones psicosomáticas, cefaleas, trastornos en el sueño, insomnio, pesadillas, son algunas de los síntomas que aparecen en nuestra consulta demandando alivio a su padecimiento. Asimismo, se manifiestan problemáticas en las relaciones familiares y en el lazo social donde prevalecen signos de irritabilidad e intolerancia, agresiones, violencia verbal y física, amenazas y violencia de género.

Una de las salidas a la que recurre el ser humano para dar salida a su angustia es lo que denominamos acting out o pasaje al acto. Son actos que se producen cuando no hay posibilidad de apelar a la palabra, cuando no se dispone de recursos para bordear con palabras una vivencia angustiante que desborda.

Eso que no se dice aparece en la descarga violenta, en el acto delictivo, en la manifestación agresiva. El golpe, la agresión, la violencia vienen a manifestarse allí donde la palabra no puede expresarse. Son actos que constituyen formas de escape a una angustia que oprime, a una sensación que se vuelve insoportable. No es de extrañar entonces que en este contexto de aislamiento social y encierro se incrementen las situaciones de violencia como así la ruptura de vínculos familiares y sociales.

El otro, el semejante se vuelve hostil y es fuente imaginaria de amenaza y peligro en tanto su presencia se vuelve intolerable.

En estas condiciones quien constituía un semejante amigable, quien nos brindaba alojamiento y sostén, se transforma rápidamente en alguien a agredir, incluso a eliminar. La convivencia se vuelve insoportable en tanto prevalece la situación de conflicto y agresión constante.

Cabe aclarar que no en todas las personas la afectación que produce este tiempo de aislamiento social produce las mismas consecuencias. Los efectos en la subjetividad van a estar determinados por las marcas que cada uno porta desde la infancia y los recursos psíquicos que dispone para enfrentar los avatares de la vida. Es la palabra, el recurso a lo simbólico, lo que ofrece una ventana para encontrar una salida posible a la angustia.

El acto violento, la agresión al otro, constituyen reacciones que marcan la impotencia de un sujeto para encontrar soluciones que lo extraigan de las situaciones angustiosas que la vida nos confronta.

Una vía contraria es aceptar la angustia, bordearla, poner palabras a eso que nos acosa y causa nuestro sufrimiento. Situamos así un simbólico que acota lo real de la angustia dando lugar al lazo con el otro, a la palabra íntima con el semejante, al recurso de lo lúdico, a las distintas formas de creación y del arte. Estos son los caminos que siempre aportaron una esperanza a los seres hablantes frente al inevitable dolor de existir, aún en esta difícil y dolorosa situación de pandemia que nos toca transitar.