En estos tiempos de pandemia muchos hablan de parálisis. Pero lo cierto es que -como dice el tango- el mundo siguió andando: siguieron naciendo niños; las maestras siguieron dando clases; se siguieron haciendo trasplantes; se siguió cosechando caña; hemos seguido cumpliendo años y encontrándonos -de otra manera- para celebrarlos... No. La vida no se detuvo. Y los esfuerzos por ayudarla a imponerse a pesar de las dificultades, tampoco. Esta es la historia de una cirugía neonatal y del camino que un bebé, su familia, sus médicos y los equipos del Hospital de Niños y de la Maternidad Nuestra Señora de las Mercedes hicieron para llegar a hoy.
Ya en la panza de su mamá Jeremías se llamaba así. “Por suerte, yo había elegido tenerlo en la Maternidad. ¡Por suerte! Dentro de lo dramático de la experiencia, no podía haber estado en mejores manos; profesionales muy capaces y muy humanos”, dice -y se le cuela aún un poco de angustia en la voz- Marcela Robles (27). “Fue un embarazo normal, muy tranquilo; los controles habían resultado normales... Tenía fecha de parto para el 17 de febrero -agrega-. Pero todo cambió el 10: la última ‘eco’ mostró que el pulmón izquierdo había colapsado, y no se podía ver la cámara gástrica”. La voz (siempre al teléfono, porque seguimos cuidándonos del coronavirus) ahora suena más tranquila, pero...
“El 16 de febrero empecé el trabajo de parto, pero fuimos a cesárea para evitarle riesgos a Jeremías. Nació a las 6.10 de la mañana y los médicos me dijeron ‘no sabemos con exactitud qué tiene’ -continúa recordando-. Llegué a escucharlo llorar, apenas, y se lo llevaron a la Neo”. Para cuando su papá, Martín Campero (31), lo fue a ver, estaban evaluando la dificultad respiratoria; a la tarde ya hubo que ponerlo en respirador.
Peligro desconocido
“Era un bebé vigoroso, a término -cuenta Sandra Navarrete, coordinadora de la Unidad de Cuidados Intensivos de la Neo, que lo recibió-. Pero sabíamos que había ‘algo’ en el mediastino, así que lo llevamos a cuidados intermedios. Tenía dificultades moderadas para respirar, pero muy rápido se complicó y además, por la compresión del corazón, empezó con bradicardia (pulso lento)”.
El mediastino es la cavidad ubicada entre el esternón, la columna vertebral y los pulmones; alberga el corazón, los vasos sanguíneos grandes, la tráquea, el timo, el esófago y tejido conectivo. Allí estaba el ‘algo’. Varios días después supieron qué era. Navarrete describe lo que sintieron en ese momento: “era monstruoso, gigantesco”.
“Era febrero, había mucha gente de vacaciones; pero nos habíamos formado en ello, de modo que con los equipos disponibles hicimos un ecocardiograma funcional, que nos mostró un derrame pericárdico (líquido alrededor del corazón). Hicimos una punción y le sacamos ¡70 cm3! Era muchísimo; y lo peor era que no teníamos explicación”, cuenta.
Con la descompresión Jeremías mejoró un poco, pudo alimentarse y comenzó la maratón de estudios para encontrar un diagnóstico: por de pronto, temían un tumor cardíaco.
Qué era el monstruo
“Sabíamos desde antes del nacimiento que se trataba de un teratoma germinal. Esto es, un tumor que se forma a partir de células que intervienen durante el embarazo en la formación de diferentes órganos, pero que luego se degradan y desaparecen del cuerpo. A veces no ocurre; y otras no sólo no desaparecen sino que ‘se vuelven locas’ y se forman estos tumores”, explica Juan José Chaín, el oncólogo de Jeremías (además de serlo del servicio de Hemato Oncología del Hospital de Niños).
Pero no sabían si el teratoma tomaba el corazón. Por eso hicieron falta pruebas (una tomografía, una resonancia magnética, análisis de sangre para buscar marcadores tumorales), y entre tanto el monstruo (es lo que significa teras en griego) siguió creciendo; Jeremías se agravó de nuevo y tuvo que volver al respirador.
“No dejaba de aumentar de tamaño -recuerda Navarrete-; hubo que hacer otra punción y sacar liquido por segunda vez...”.
Para Marcela y Martín, el tiempo que transcurrió fue equivalente a la eternidad. “El calvario duró 20 días, pero parecía no tener fin -cuenta Marcela-. Para colmo, con feriados en el medio, se demoraban algunos trámites. ¡Nunca odié tanto el carnaval!”, cuenta y ahora, por fin, puede reír.
La cirugía
El 6 de marzo ingresó al quirófano. Para ello había sido necesario “cambiar de sede”: lo llevaron al Hospital de Niños el día anterior y allí lo recibieron el equipo de terapia cardiológica, que lo preparó para la intervención, y las cardiólogas clínicas, que confirmaron el diagnóstico y ajustaron algunos detalles.
“El teratoma era enorme, más grande que el corazón; lo comprimía (y también a los pulmones), pero no lo había tomado -cuenta Rubén Toledo, jefe de Cirugía Cardiovascular del Hospital de Niños-. Estaba adherido a la cara frontal, por debajo del pericardio (la membrana que envuelve el corazón)”.
El desafío para el equipo (anestesista especializada en neonatos, instrumentistas y cirujanos) era hacer todo lo necesario para operar con el corazoncito latiendo, pero con el técnico preparado por si llegaba a hacer falta circulación extracorpórea. Y eso no era todo: había además que despegar y quitar todo el tumor, porque tiene capacidad de malignizarse. Y no tenían que dejar nada, pero tampoco causar daños al músculo cardíaco (pensemos que no llegaba a los cinco centímetros) ni a las arterias. “Las coronarias y la aorta son muy superficiales”, explica Toledo.
Durante poco más de dos horas y media, Marcela y Martín esperaron noticias. Fueron muy buenas. Y cada día son mejores: Jeremías no necesita tratamiento alguno. Deben seguir haciéndole controles (durante todo un año, una vez al mes; y si todo sigue así de bien, se irán espaciando).
“En oncología no hablamos de cura, pero con las imágenes y los resultados de los análisis, hoy podemos afirmar que Jeremías está libre de la enfermedad”, anuncia feliz Chaín.
Y Marcela, al teléfono, no deja de bendecir a todo el personal de salud que hizo esto posible.
El quirófano no para por pandemia
Hubo algunas dificultades: las donaciones de sangre bajaron mucho y a veces hizo falta posponer operaciones; o -al no funcionar los hoteles- se complicaba la logística de los familiares. Pero las resolvieron, por ejemplo, con la ayuda de la Casa de Madres de la Maternidad. Y eso hizo posible que desde el 19 de marzo, cuando comenzó la cuarentena, se hicieran 32 cirugías cardiovasculares pediátricas en el Hospital de Niños. Y eso es no es todo. “El 40% de los pacientes vino de otras provincias del NOA”, destacó Rubén Toledo, quien es jefe de Cirugía Cardiovascular de ese hospital.