Las sucesivas crisis no fueron un impedimento para que la pastelería artesanal de Mariano Sosa se expandiera desde Ranchillos. La historia emprendedora de este joven comenzó en 2010, cuando buscaba un medio que le permitiera costear su viaje de egresados. Diez años después, el negocio que creó casi sin querer -y que lleva su nombre- ya da empleo a más de cuatro personas. Ahora, lucha por mantenerse firme frente a las adversidades económicas desencadenadas por la cuarentena obligatoria.
“Tenía 17 años. Quería irme a Carlos Paz con mis compañeros de escuela, pero mis papás no podían pagarme la gira. Me propuse hacerlo yo mismo, así que comencé a hacer rosquetes y guisadillas los fines de semana”, rememora Sosa al contar cómo surgió su emprendimiento. Y continúa: “recorría mi pueblo en bicicleta y con lo que recaudaba compraba más ingredientes para seguir vendiendo”.
El joven no tenía conocimientos pasteleros profesionales. De hecho, debía pedir prestada una batidora a su tía para cocinar. Aun así, tras un año de esfuerzos, consiguió el objetivo que tanto anhelaba y emprendió el viaje. Lo que Sosa no sabía es que había iniciado un negocio que luego se convertiría en el medio de vida de él y su familia. “Cuando volví, mis clientes seguían encargándome cosas. Desde ahí no paré más; el hambre de emprender no paró de crecer”, describe.
Al año siguiente, en 2012, el joven ingresó a la Facultad de Ciencias Económicas de la UNT. Era el primer miembro de su familia en comenzar una carrera universitaria. “Seguía con mi emprendimiento para costear mis estudios, sobre todo los boletos de Ranchillos hacia la ciudad. Hasta que llegó un momento en el que mi tiempo no era suficiente para sobrellevar ambas cosas. No podía más”, expone el joven.
La facultad o el negocio
Fue así que, entrado el tercer año de cursado, Sosa tuvo frente a él -dice- una de las disyuntivas más grandes de su vida: o dejaba sus estudios o el emprendimiento. Para ese entonces, encima, la pastelería se había convertido en el único ingreso de su familia luego de que sus padres perdieran sus trabajos. “Yo creía que recibirme sería un orgullo para ellos y eso me pesaba, pero mi mamá entendió que Ciencias Económicas no era lo que me apasionaba y me apoyó”, recuerda el joven. “Un chef me había aconsejado que no podría vivir de la gastronomía”, contrasta.
Desde ese punto de inflexión, el emprendimiento de Sosa no paró de crecer. “Nadie me podía detener. Usaba heladeras de mis padres y cada vez más gente sabía lo que hacía”, cuenta. En 2016, el joven dio un paso aún mayor: comenzó la carrera de gastronomía y se especializó en pastelería. Al año siguiente, instaló en el fondo de su casa una “fábrica” con insumos de cocina profesionales. Todas las inversiones -asegura- fueron realizadas gracias a los ingresos que obtenía a partir del negocio.
Para ese entonces, Sosa ya empleaba a otras personas que lo ayudaban con la producción y venta de los alimentos artesanales. Todo marchaba en orden hasta que la crisis económica de 2018 lo dejó al borde del abismo: según afirma, tuvo que despedir a parte de su personal y estuvo a punto de cerrar el emprendimiento de Ranchillos.
“Los impuestos me mataban. No sabía qué hacer. Dejé currículums por todos lados pero, al parecer, no era lo mío porque no me llamaban. Hasta que un profesor de la secundaria me insistió en que debía seguir. Así, cambié el nombre de mi marca y crecí un montón”, señala Sosa.
En enero de 2019, el joven abrió la primera sucursal en la avenida principal de Banda del Río Salí. “Me va muy bien. También vendo mis productos en ferias de la capital”, indica.
La actualidad
Al día de hoy, Mariano Sosa da empleo a cuatro personas, además de sus padres. La cuarentena forzó el cierre de su negocio por dos semanas, lo que significó un desplome en los ingresos. “Hacer lo que amas en estos tiempos de crisis sanitaria es realmente difícil. A nosotros, los pequeños emprendedores, es a quienes más nos afecta. Si no trabajamos, todo se complica”, reflexiona. El cierre de ferias en la ciudad, de hecho, ha dejado sin trabajo a tres personas que se dedicaban a las ventas allí.
Pese a la crisis, el chef -que hoy tiene 26 años- reinventó su negocio y logró rescatarlo luego de adoptar nuevas modalidad de comercialización, como la cadetería. “Aposté por las redes sociales y, tras sufrir caídas en las ventas del 50%, nos estamos estabilizando. Es cuestión de paciencia, espero que ahora las cosas mejoren”, anhela.
La flexibilización de la cuarentena implica para el emprendimiento gastronómico una gran oportunidad, considera Sosa. “Las restricciones en la Banda ahora serán menores y tendremos más público. También podremos llegar mejor a la capital”, concluye el emprendedor.