Entre el saldo de emergencia sanitaria, los pesares económicos y el atrincheramiento hogareño que deja la covid-19, hay quienes ven una tenue luz de optimismo en los cambios (momentáneos) que ocurren en la naturaleza.

El ejemplo clave es que las mediciones satelitales muestran una merma de dióxido de nitrógeno (gas afín al calentamiento de la capa terrestre) en las urbes, pero aún así el dato no es suficiente para saldar nuestra deuda con el planeta.

Este miércoles se conmemoró el Día mundial de la Tierra y hoy, aunque las distancias se amplifiquen y las plazas permanezcan vacías, millones de personas decidieron participar de una protesta virtual en reclamo por el deterioro ambiental y sus consecuencias climáticas.

La propuesta fue impulsada por el movimiento “Fridays for future” e hizo que los tucumanos también alcen la voz en 140 caracteres, increpen con hashtags y publiquen selfies junto a afiches con árboles talados y ríos opacos.

“A nivel global pedimos una salida de la situación sanitaria actual de una manera sostenible y justa. Además de que se incorporen los conceptos de crisis climática, justicia climática y justicia social; ya que la gente que menos contribuyó a que esto suceda, es la que más sufrirá sus consecuencias. Como enfoque latinoamericano, la marcha es por el avance de las grandes empresas sobre los territorios indígenas y las reservas de biodiversidad”, comenta Agustina Tarcaya, voluntaria de la organización ambientalista “Salvarnos salvando”.

Su referencia se aplica a un problema que no cesa en la cuarentena. “Un monitoreo de deforestación que realizó Greenpeace reveló que entre el 15 de marzo y el 15 de abril se desmontaron 6.500 hectáreas en el Norte. Es horrible pensar que durante una pandemia sigan destruyendo Chaco”, lamenta la estudiante Carolina Santucho. En su perfil la crítica se dirige al derretimiento de la Antártida.

Mea culpa

La ruleta de la humanidad se caracteriza por sus contrastes y sentidos opuestos, un hecho que se demostró a las semanas de oficializarse el aislamiento social obligatorio en varios países. Mientras los humanos somos acunados por cuatro paredes, la Madre Tierra resurge. Hay jabalíes que acampan en las calles de Barcelona y peces finalmente visibles en Venecia. Para Agustina, la reflexión que nos dejan dichas postales se da en dos veredas diferentes.

“Por un lado, aparece esto de reconocernos victimarios. Hablamos mucho de los daños que se le hacen al planeta como si fueran ajenos a nosotros. Somos parte de él y como tal hay que aceptar responsabilidades”, señala la activista.

Sus palabras invitan a reflexionar sobre el consumo a mansalva. “La otra postura es reconocer a la gente como el verdadero germen o pandemia y, por lo tanto, caer en el conformismo. Diciendo cosas como: somos así y está mal, por lo que la mejor cura para la Tierra es desaparecer. En realidad, lo mejor que le podemos hacer al planeta y a nosotros mismos es cuestionarnos y cambiar de hábitos”, agrega Agustina.

Fuerte y claro

La concepción de conciencia grupal ha adquirido nuevos kilos de peso. Y de ella también se desprende la militancia ambiental. “Al igual que con esta crisis sanitaria, es fundamental para la crisis climática la participación ciudadana. Vemos cómo a través del compromiso estatal se tomaron medidas para lograr un 'bien común' en cuarentena y eso se transformó en conciencia colectiva. Lo mismo debemos hacer con el deterioro ambiental. No es un problema aislado, o de unos cuantos... Solo se conseguirán soluciones con un compromiso y responsabilidad colectiva. Y si las autoridades no toman estas decisiones, debemos presionar para que así sea”, puntualiza Nahime Acevedo, otro de los miembros de “Salvarnos Salvando”.