Generosidad es, sin duda, la primera palabra que surge al sentarme a escribir esta nota dedicada a Carlos Páez de la Torre (h). Una generosidad que pienso ligada tanto a su gentileza como a un cierto desprendimiento alcanzado quizá en la madurez. Lo conocí hace unos 15 años. Acababa de ser publicado mi primer libro (un estudio de la Revista de Letras y Ciencias Sociales) y él me escribió para decirme que lo había leído “de un tirón” y le gustaría conversar. Así se iniciaron varias charlas, en las que siempre aportaba alguna pista para mis investigaciones y muchas fotocopias de textos difíciles de conseguir. O terminábamos hablando de novelas policiales o de Marcel Proust. Ese año se me había dado por leer, uno tras otro, los siete tomos de “En busca del tiempo perdido” –en la traducción de Estela Canto para Losada– y él conocía muy bien los entretelones de la vida de Proust y de las figuras ficcionalizadas en la obra.
Cuando estaba por mudarse a su actual casa, se puso en la tarea de ordenar la biblioteca. En esa ocasión me regaló paquetes de libros de autores norteños (Manuel J. Castilla, Raúl Galán, Juan José Hernández, Guillermo Orce Remis, Julio Ardiles Gray, entre otros). Muchos de ellos en esas preciosas ediciones ilustradas de las décadas de 1950 y 1960, amorosamente realizadas por sellos como La Carpa, Burnichón, Botella al mar.
Aprendí del contacto personal con él y también de sus libros: la crónica histórica de la Universidad de Tucumán, las completísimas biografías de Juan B. Terán y de Paul Groussac, la de Lola Mora que escribió junto a Celia Terán, o la antología Miradas sobre Tucumán, por mencionar solo algunos. De sus muchos libros, uno de los que prefiero es “El argentino de oro. Una vida de Gabriel Iturri”, editado de modo impecable por Bajo la luna en 2011. Allí reconstruye la singular biografía del tucumano de apellido antiguo aunque sin fortuna, cuya irresistible simpatía lo llevaría a frecuentar la alta sociedad parisina de fines del siglo XIX. Iturri se convertiría en secretario privado y compañero de vida del famoso conde Robert de Montesquiou, un infaltable dandy en las reuniones galantes de la ciudad, icono de la moda y escritor frustrado. Se dice que Proust se habría inspirado en Montesquiou y en Iturri para construir los personajes del barón de Charlus y de Jupien. Iturri sería también objeto de un soneto de Verlaine.
El libro recurre a todo tipo de fuentes y documentos (periódicos, actas de nacimiento y de matrimonio, correspondencia publicada y cartas personales desconocidas e inéditas, memorias y biografías de otras figuras ligadas directa o indirectamente a Iturri). Un copioso material puntualizado con cuidado en las notas al pie para despojar de referencias el cuerpo del texto, y dar lugar a una prosa fluida, clara, precisa, hecha de frases cortas y muchos puntos seguidos. Es notable la vivacidad lograda en la composición de algunas escenas o en la pintura de ciertos personajes, a partir de detalles cuyo conocimiento no puede ser sino fruto de años de estudio y lecturas.
Así relata el momento en que el Colegio Nacional de Tucumán se aprestaba a poner en escena la obra donde un joven Iturri encarnaría el papel protagónico femenino con una provocativa destreza que inquietaría a su profesor de matemáticas, Paul Groussac:
Por fin, había llegado el gran día. La función se programó para las seis de la tarde. (…) Una hora antes empezó a llegar el público, para ganar los asientos de adelante. La función era un acontecimiento, como todo lo que ocurría en el Nacional desde que abrió sus puertas, allá por 1865. Además, en el tedio de una ciudad que se adormecía al ponerse el sol, cualquier novedad era imposible de resistir.
El rector Posse estuvo entre los primeros. Entró apoyado en uno de los toscos bastones que fabricaba él mismo con un cortaplumas. Don Pepe era la puntualidad en persona. Se decía que cuando comenzó a correr el ferrocarril, cada vez que debía tomar el tren se trasladaba la noche antes a la estación y dormía sobre un banco hasta la hora de la salida.
El fragmento revela, además, el estilo elegante del autor. Elegancia de un estilo que, pienso, mucho se condice con su sentido de gentileza y generosidad.