Daniel “Garra” Jalil es otro de los símbolos del narcomenudeo en la provincia. Con el correr de los años logró armar una estructura que nunca dejó de operar. Ni siquiera después de haber sido desarticulada. Fue también un ejemplo sobre cómo estas redes, con bases familiares sólidas y colaboración policial, fueron conquistando espacios en el sur de la capital. Y lo hizo sin importar el precio. A balazos limpios impusieron su dominio.

Los investigadores coincidieron en señalar que el ahora condenado “Garra” habría ingresado al negocio a principios de 2000. Y de allí no paró más. Lo hizo siendo socio de otro clan, Los 30, liderado por los hermanos José “Pico” y Luis “Oreja” Peralta que, a pesar de haber sido mencionados en diferentes causas, nunca fueron condenados. Pero un día, sin que se conocieran los motivos, la sociedad se rompió y comenzó una guerra por el territorio. Una pelea que llegó a su fin después de 2016.

Al parecer, los cabecillas de ambos grupos se reunieron en un lugar y acordaron cuáles serían las zonas en las que ellos seguirían con el negocio. Atrás quedaron decenas de enfrentamientos armados y el homicidio de una adolescente que quedó en medio de un violento tiroteo que incluyó disparos de armas cortas y hasta de una ametralladora. En términos militares, a esa muerte se la hubiera llamado “daño colateral”. El acuerdo, según confiaron vecinos y policías, se mantiene vigente, pero siempre pende de un hilo, ya que la llama de la ambición de seguir creciendo nunca se apagó.

Origen

El origen del sobrenombre de Jalil es todo un misterio. Las personas más cercanas dijeron que es por su carácter. También están aquellos que señalaron que le pusieron ese sobrenombre por su pasión por los gallos de riña. Más allá de este detalle, su organización, integrada por varios de sus hijos, que también fueron condenados por causas vinculadas a drogas, fue bautizada como Los Garra.

Los vecinos describieron al condenado como un hombre activo, que no paraba nunca. Que iba de un lado a otro, aunque no se sabía bien a qué se dedicaba. “Nos decían que era bagayero, que viajaba a Bolivia a comprar ropa y juguetes para luego revenderlos a los ambulantes de toda la provincia. Nunca le creímos mucho, porque jamás le vimos un vehículo cargado con mercadería”, explicó Carlos Décima, un hombre que vivía en el barrio Victoria.

La venta de ropa es una de las pantallas más utilizadas por las personas que se dedican a esta actividad ilícita. Daniel “El Rengo Tevez” Ordóñez (considerado como el mentor del modelo de microtráfico de drogas en la provincia), su ex pareja Margarita Toro (sindicada como la líder del Clan Toro que está instalado en Villa 9 de Julio) y la recientemente condenada Nilda “La Cabezona” Gómez, que pasó a la historia después de haber recibido una pena de 15 años, la más alta que dio el Tribunal Oral Federal desde que entró en vigencia la Ley 27.737, sin contar que no hay otra persona que fue sentenciada cinco veces por delitos vinculados al tráfico de droga.

“Siempre sospechamos que estaba en algo fulero. Después comprobamos que vendía droga y realizamos decenas de denuncias. Cada tanto venía la Policía y nunca le secuestraban nada. Nos sentíamos muy impotentes y, por supuesto, teníamos miedo, ya que uno se daba cuenta que era un hombre poderoso”, explicó el vecino que terminó mudándose para proteger a sus hijos adolescentes.

MEDIDA. El operativo en el que fue apresado uno de los hijos de “Garra” Jalil. la gaceta / foto de franco vera

El crecimiento de Jalil encontró un obstáculo. Le diagnosticaron diabetes y los médicos le habrían advertido que debía cambiar de vida. Sin saber a qué se dedicaba, le explicaron que debía bajar un cambio. “Garra” no les hizo caso. En 2008 sufrió un grave accidente automovilístico. Volcó con su auto en el norte (no se pudo establecer con exactitud el lugar) después de haberse desvanecido por una baja de azúcar. Estuvo varios meses internados. Logró sobrevivir, pero desde ese día utiliza una silla de ruedas para poder desplazarse. Otra versión indica que el problema físico que sufre es por un disparo que recibió en una disputa con otra organización. Lo único cierto es que se moviliza en una silla de ruedas.

El problema físico, según los pesquisas y las investigaciones que realizó la policía, no le impidieron continuar con la actividad ilícita. Siguió manejando todo desde su casa ubicada en San Luis al 1.600 y con sus hijos Raúl, Abraham y Diego como colaboradores de la organización. Los tres fueron arrestados en otros operativos en los que las fuerzas de seguridad incautaron drogas.

Atípico

Jalil también rompió el molde. Nunca vivió rodeado de lujos. La mayor parte de su vida transcurrió en la misma casa de barrio que, pese a ser la mejor de la cuadra, no era una mansión. Sí tenía una debilidad. Le habría gustado criar caballos, además de los gallos de riña. En uno de los allanamientos, encontraron en una casa vecina un pony que era de su propiedad y lo terminaron secuestrando. Al darse cuenta de esa situación, dio la orden de liberar todos sus animales. Y una tarde el sur de la ciudad se pudo observar a varios deambulando sin que nadie supiera de dónde habían salido.