El crucero que Enrique Pedicone y su familia abordaron para recrear de alguna manera la ruta marítima que habían seguido sus antepasados inmigrantes se convirtió, por obra del coronavirus, en una experiencia intensa de la incertidumbre y la fragilidad humana. El vocal de la Cámara de Apelaciones en lo Penal de Instrucción emprendió ayer a última hora el retorno por auto a la provincia luego de pasar 18 días en el mar: un operativo de repatriación desplegado en el foco de la pandemia permitió a casi 1.000 pasajeros argentinos del Costa Pacífica -entre ellos, una treintena de tucumanos- desembarcar en Génova (Italia) y volar desde allí a Buenos Aires, con una escala en Santa Cruz de Tenerife (España). Destemplado aún por el periplo y la diferencia horaria, Pedicone informó por teléfono que él y sus familiares ya habían iniciado la cuarentena. “Dejamos atrás las escenas de pánico vividas en el crucero: Europa está desolada”, evaluó.

Las memorias de los días pasados en el mar tendrán un lugar destacado en el anecdotario del camarista, que antes de ingresar a la Justicia fue intendente de Monteros, legislador y funcionario del Poder Ejecutivo, siempre con la plataforma del Partido Justicialista. Pedicone relató que el barco trasladaba a alrededor de 3.000 pasajeros y tripulantes, y que la idea de una navegación placentera se desvaneció cuando llegaron al otro lado del “charco”. “Empezamos a ver que no íbamos a poder descender en los puertos que formaban parte del itinerario”, añadió. De rechazo en rechazo, arribaron a Marsella (Francia), pero también allí les cerraron la puerta.

“Se formaron dos grupos. Uno exigía desde indemnizaciones hasta que el crucero pegara la vuelta. El otro trataba de apoyar al capitán Massimo Pennisi y de calmar las tensiones. La situación explotó cuando nos denegaron el ingreso a Francia: algunos pasajeros se pusieron violentos y hubo amenazas. Un grupo de argentinos gritaba e insultaba a la empresa, y la responsabilizaba por el terror al contagio que hay en Europa”, comentó el juez. Pedicone precisó que había mucha gente atacada de los nervios y angustiada, y que los pasajeros lloraban, sobre todo los mayores, aunque por suerte no hubo casos de coronavirus a bordo. Al respecto, explicó que a él lo conmovió particularmente un uruguayo que estaba solo y que no podía salir del camarote.

A esa altura de la odisea, la perspectiva de desembarcar en Génova apaciguó los ánimos y el estrés, aunque ello implicaba entrar en la zona de máximo riesgo del Covid-19. Pedicone contó que los italianos organizaron un cordón sanitario para trasladarlos desde el barco hasta el aeropuerto y que despacharon a los argentinos en cuatro vuelos chárteres de la compañía Neos Air. Si bien el vocal y su familia casi no pisaron “tierra”, el paisaje que vieron desde la cubierta y los vidrios del ómnibus les permitió hacerse una idea del desastre. “La situación es gravísima. No hay un alma en la calle y el miedo es palpable”, describió.

Pedicone acotó que estos días en el mar le dieron espacio y tiempo para reflexionar. Dijo que había pensado en los presos hacinados y que temía por lo que pudiera suceder si la pandemia entraba en la cárcel. También evocó a su abuela, que vino de Italia en 1942: “a mí me sirvió su historia para permanecer en calma y agradecer las ventajas que, en comparación, tenía. Valoro el trato que en estas condiciones tan difíciles nos dio Costa Cruceros”. El juez expresó que el virus le había otorgado una oportunidad única para identificar “atascos emocionales” y advertir que los sentidos cotidianos se habían fugado: “cuando algo como esto nos recuerda con claridad y contundencia que no todo está en nuestras manos, lo que nos queda es adoptar las decisiones que sí nos corresponden. ¿Por qué no tomar más riesgos si no sabemos cuánto tiempo tenemos? En esa quietud en la que va navegando la vida aparece el Covid-19 y nos emplaza a cumplir nuestros deseos. Por mi cabeza da vueltas esta frase del Corán: ‘confía en Alá, pero antes ata tu camello’”.