“El caso conmocionó al barrio por dos razones: primero porque ella era muy querida, y después por cómo se cometió el crimen. Fue una bestialidad que nos horrorizó a todos”, dijo María Teresa de Figueroa, una de las vecinas que estuvo desde un principio a la par de la familia de Marcela Chiaro.

Con los ojos enrojecidos por las lágrimas que comenzaban a aflorar, Figueroa indicó: “ella era muy buena. Tan buena que nunca dijo lo que le hacía su marido. Todo el barrio sabía de la doble vida de él, pero ella se lo bancó siempre por su hermosa hija. Esa chica vivió una pesadilla”.

“Nos movilizamos porque la conocíamos de la veterinaria. Ella estaba al frente y siempre solucionaba los problemas de los animalitos. Por eso era muy querida en el barrio”, destacó Lucía de Aráoz.

En Villa Amalia todo cambió desde la desaparición de Marcela. “Nos organizamos y ayudábamos en lo que podíamos, pero sabíamos que era poco. Y después, cuando se encontró el cuerpo, fue mucho más intenso lo que se vivió”, explica Figueroa.

Y esa intensidad se reflejó en las pintadas que se hicieron en las paredes de la veterinaria. “Fue una reacción espontánea de la gente. No hubo ninguna organización de mujeres detrás. Era la manera que teníamos de decir que para nosotros él tenía algo que ver y que el crimen de Marcela no podía quedar impune”, agregó Aráoz.

A partir del hecho, los vecinos del barrio hablaron de otra manera de los casos de violencia de género. Las calles de Villa Amalia comenzaron a ser transitadas por especialistas en la materia. “Los casos de agresiones físicas dejaron de ser un problema de puertas adentro. Se empezó a aconsejar a las víctimas y a mirar con otros ojos a los golpeadores”, explicó María Laura Ferreyra. “Era una adolescente, pero el caso me golpeó tanto que las pocas ideas que tenía en mi cabeza se acomodaron rápidamente”, agregó la ahora abogada.

En el barrio no se olvidan de la lucha que llevaron adelante Roxana y Jaqueline Chiaro, las hermanas de Marcela. “Ellas dejaron todo en Esperanza para que el caso se esclareciera. Las ayudábamos en lo que podíamos. Sufrimos a la par de ellas y las acompañábamos”, recordó Gustavo Herrera.

Ya jubilado, Herrera agregó: “ellas fueron algo así como detectives. Primero recorrieron toda la provincia teniendo la esperanza que la encontrarían con vida. Pero después, al enterarse cómo era la verdadera vida que llevaba Marcela, se dieron cuenta de que algo malo le había sucedido”.

“En el barrio estábamos convencidos de que la habían matado. Ella jamás se separó de su hijita y tampoco lo haría porque tenía pensado hacer un montón de cosas con ella”, comentó Jimena García.

Después de haber escuchado a su esposa, Herrera agregó: “si bien es cierto que todos sospechábamos de que había sido víctima de un crimen, cuando se confirmó que habían encontrado los restos se sintió mucha bronca. Hubo un grupo que quiso quemar la veterinaria, pero no se lo hizo porque todos pensaron que eso era la único que le quedaría a la chiquita”.

El paso del tiempo no borró el espanto que vivieron los vecinos de Marcela. “Lo que más nos cuesta creer es que todavía no se haya hecho justicia. Han pasado casi 10 años y todavía no se hizo un juicio. Es increíble, pero todo puede suceder en Tucumán”, destacó Aráoz.

“No sólo estamos indignados porque no hubo una condena, sino porque el supuesto acusado de homicidio sigue trabajando muy cerca de aquí -recalcó Figueroa-. El mensaje que se le da a la sociedad es muy malo”.