“El humor es un rasgo de inteligencia. Generalmente la gente opa no se ríe porque no entiende los chistes”, decía Landrú, el más punzante -e influyente- cultor del humor político argentino. Landrú era una de las estrellas de la revista Tía Vicenta y dibujaba a Juan Carlos Onganía con forma de morsa. “Al presidente no le gusta”, le dijo un amanuense del dictador. “Entonces que no compre más la revista”, fue el genial retruque. Santiago Varela, uno de los notables guionistas que nutría los monólogos de Tato Bores -sólo superado por Aldo Cammarota en ese rubro- puntualiza que el humor político es una sátira de la realidad. “Yo leía tres diarios por día, tomaba apuntes y me ponía a escribir”, resume. Es el humor más difícil de hacer: contra reloj, siempre pendiente -y dependiente- de la conversación pública y con todo lo que implica la exposición en los medios masivos. Desde el texto (como Varela) o la viñeta (como Landrú) Alberto Calliera exploró ese formato tan exigente y demandante, pero con un agregado: puso la cara en la pantalla para desarrollar su propio material.
John Lennon extraía de la prensa las historias para sus canciones (la letra de “A day in the life” es, a fin de cuentas, un recuento de lo que había leído en el diario). Transformar las noticias en arte es una cosa, licuarlas para hacer reír, otra muy distinta. Dardo Nofal (Bosip) lo hizo durante años en LA GACETA con “La frase del día”. Calliera eligió la viñeta, consciente de que el dibujo no era lo suyo. Por eso “La chispa” y “Humor sin barreras” no apelaban a la caricatura; los personajes -casi siempre anónimos- son apenas esbozos, siluetas de trazo grueso. El mensaje de remate automático, constreñido por el formato de resolver el chiste en un solo cuadrito, estaba en los globos: un diálogo, una definición, un cartel. Es toda una rareza: hacer humor desde la viñeta sin descansar en el dibujo, lo que implica prescindir del impacto visual.
Para sostener ese desafío cotidiano Calliera bebía de la inagotable fuente de la calle. ¿A dónde iba Calliera cuando trajinaba el microcentro, de aquí para allá, fatigando bares y galerías? ¿Qué tenía que hacer? Mirar y, sobre todo, escuchar. Palpar el ritmo de la ciudad, la mañana tumultuosa y la cadencia de la siesta. Los libretos de Calliera brotaban, en buena medida, de innumerables charlas al paso, corrillos, cafés y sobremesas, de las ocurrencias en algún grito de vereda a vereda, y también de la bronca desplegada durante una manifestación. El mejor Calliera surgía cuando funcionaba como catalizador del clima social. El humorista, en cuanto observador de la realidad, da en el clavo cuando la risa brota acompañada de la identificación. Jamás Calliera se rió de los tucumanos, siempre lo hizo con los tucumanos.
Durante años LA GACETA dominguera se alimentó de las Tucu-Ñus, un espacio en el que Calliera afiló los colmillos para clavarlos en el corazón de nuestro sistema político. Más de una vez jugó con fuego en esa media página que repasaba el quehacer institucional de la semana. Inventó minisecciones, más elaboradas que la urgencia de la viñeta diaria, para ironizar sobre los actos de gobierno sin darles tregua a los oficialismos de turno. Desde las brillantes caricaturas de El Mosquito hasta los artículos e historietas de las consagradas Satiricón y Humor, las publicaciones funcionaron cuando fueron capaces de mojarle la oreja al poder. Así lo entendió Calliera y por eso le buscó -y le encontró- la quinta pata al gato de los que mandan.
Un exitoso standapero estadounidense llamado Anthony Jeselnik hace humor a partir de un pacto con el público: todo está permitido, no hay límites. En los shows de Jeselnik, disponibles en Netflix, se percibe el impacto que provoca en la audiencia. Jeselnik hace chistes sobre el aborto, los chicos con cáncer y la vida de Jesucristo. En una cartografía estilística, Calliera figuraría en el extremo opuesto, pero no por una cuestión de autocensura o de conveniencia, sino porque estaba convencido de que hay fronteras que no deben cruzarse. No quiere decir que lo suyo haya sido “humor blanco”, naif o poco comprometido. Fue una decisión profesional: de qué se debe hablar, dónde se debe hablar, cuándo se debe hablar, cómo se debe hablar. De los desaparecidos, por ejemplo, nunca.
La obra de Calliera está surcada por Tucumán, de punta a punta. En ese sentido, Miguel Martín es un digno heredero. Lo llamativo es cómo Calliera logró el más complejo de los equilibrios: reproducir nuestras marcas en el habla, en la gestualidad, en los minidialectos de las colectividades, en los mil tips que hacen irrepetible a la tucumanidad, preocupándose a la vez por el cuidado del lenguaje. Eso se logra con mucha calle y, al mismo tiempo, alimentando el background cultural.
En el Calliera escritor aflora la intertextualidad, la admiración por Groucho Marx y por Les Luthiers, la pasión por el cine, por los libros y por la música. Hay un Calliera fácilmente reconocible como habitante de otro tiempo, cuando la vida podía mirarse bajo un prisma mucho más profundo, rico y reposado. Como dramaturgo, cuentista o ensayista a Calliera le salía con naturalidad ese marco de referencia conceptual, propio de quienes vivieron épocas de efervescencia cultural como el Tucumán de los 60 y la primera mitad de los 70. Rasqueteando la epidermis del humorista (popular y popularizado) lo que se veía era una formación intelectual con mucho de autodidacta.
La metáfora del Tucumán de los últimos 80 años -la edad que Calliera estuvo a punto de alcanzar- propone una curva que va de la pujanza y el entusiasmo de los años prósperos a los golpes devastadores de la madurez y el desencanto propio de las últimas décadas. A Calliera le tocó surfear esos capítulos empuñando la última herramienta que nos queda, el humor. Por eso a su optimismo genuino y a su sonrisa no podían faltarle una medida de desencanto, esa sensación de que remamos en dulce de leche pero la mayoría se queda en el bote porque no queda otra. Muchos de sus comentarios, de sus viñetas, de sus apuntes filosos, no le esquivan a cierta resignación tanguera, bien rioplatense a pesar de su sangre netamente italiana.
Un programa de cable que emite CCC recupera las intervenciones televisivas de Calliera, en especial aquellas que lo tenían como estrella de noticieros alimentados por su figura en la lucha por el rating. Como dijo Marx (Carlos, no Groucho), la historia ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa. La tragedia eran las noticias en sí mismas, pero la farsa de miserable no tenía nada; al contrario, Calliera las daba vuelta para dotarlas de un tono festivo. Aprendió de grande los códigos de la televisión, empezando por una muletilla transformada en sello de fábrica (“vea, amigo”) para plantear en cada uno de sus micros pequeñas y magnéticas historias. Y hasta le salió una buena vena actoral cuando se arremangó el saco para imitar a ese personaje del periodismo deportivo que fue Luis Rey.
No se murió un académico, ni un estadista, ni un industrial. No se murió un líder espiritual, ni un ídolo deportivo, ni un luchador social, ni un dirigente prestigioso. Se murió alguien que hacía reír y, pensándolo bien, ¿no es de lo más doloroso que puede sucedernos?