Por Alberto Rojo

Para LA GACETA - ANN ARBOR (EE.UU.)

En la mesa de al lado, en el Bar Crisol, de Colegiales, el escritor tenía la computadora cerrada, el diario abierto y un libro nuevo, todavía con el envoltorio de plástico transparente. Reconocí el dibujo de Tiziano de la tapa y le pregunté si había leído otros libros de ese autor. “Es el primero”, me dijo, “me encargaron que lo reseñe”. Con la idea de que me dejara ver el libro le comenté de mi gusto por las ilustraciones anatómicas de Tiziano en De humani corporis fabrica, de Vesalius. Se mostró interesado. Le comenté que, antes de Vesalius, los tratados anatómicos se basaban en disecciones de macacos, no de humanos. Incluso el modelo de Galeno del corazón, aceptado por 1.400 años, no era el de una especie de bomba hidráulica sino el de un organismo de respiración, y para su funcionamiento requería de un orificio entre el ventrículo derecho y el izquierdo. La autoridad de Galeno era tal que, aún examinando corazones reales, sucesivas generaciones de anatomistas veían esos orificios imaginarios, hasta que Vesalius declaró que no podía encontrarlos. El escritor sacó una libreta y anotó “Vesalius”.

La historia de anatomistas que nunca disecaron un cadáver me llevó a El idioma analítico de John Wilkins, cuya delirante clasificación de los animales influyó a Michel Foucault y a David Byrne, y que Borges escribió sin haber leído a Wilkins; la Biblioteca Nacional no tenía entonces, y tampoco tiene hoy, un ejemplar de su Essay towards a Real Character and a Philosophical Language, de 1668. El escritor tomo un sorbo de su café y miró hacia afuera, con una sonrisa. Tomé su gesto como una invitación a contarle mi historia favorita de mi catálogo personal de verdades imaginadas.

En 1515 Alberto Durero completó un grabado en madera de un rinoceronte de la India. Su precisión y su refinamiento extraordinario instalaron al dibujo en manuales de zoología por más de doscientos años. La imagen fue luego reproducida y plagiada en libros naturalistas, inspiró el emblema del duque de Florencia y la escultura en relieve en las puertas de la catedral de Pisa. Pero resulta que Durero nunca había visto un rinoceronte, ni vivo ni muerto. Solo disponía de un bosquejo rudimentario y de una breve descripción de un artista portugués (el rinoceronte era un regalo que el sultán de una colonia de la India le enviaba de regalo al Papa). Sin embargo, prefigura los rasgos distintivos de la anatomía del animal con más precisión que dibujos posteriores, hechos al natural. Por otra parte, Durero le agrega un cuerno inexistente en el lomo (que es amplificado en reproducciones posteriores) y le dibuja una piel con escamas de cocodrilo, que siguen apareciendo en libros de exploradores y zoólogos que habían visto rinocerontes auténticos. Umberto Eco llega a decir que Durero y sus imitadores reproducían “determinadas condiciones perceptivas que la transcripción fotográfica del rinoceronte no transmite”.

El escritor se desinteresó, quizás porque mi alusión a la semiótica le pareció excesiva. Cerró su libreta, abrió la computadora y dijo: “Disculpame pero tengo que mandar ya mismo la reseña”. Al ver mi gesto de extrañeza ante el libro con el envoltorio todavía intacto aclaró: “Pasa que cuando me encargan una crítica prefiero no leer el libro, para no influenciarme”.

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Alberto Rojo - Físico, músico y escritor tucumano. Profesor del Departamento de Física de la Universidad de Oakland. Publicó en coautoría con el premio Nobel Anthony James Legget. Su último libro es Borges y la física cuántica.