Eva

- ¿Qué queda hoy de la Eva histórica que es recordada por frases que dijo 50 años antes de que fueran inventadas por Tomás Eloy Martínez?

- Es que no las dijo. Hay algunas frases que descubrí que ella nunca dijo.

- “Gracias por existir”...

- Esa la inventé yo.

- “Volveré y seré millones”...

- Esa es una frase que ella no dijo. Esa es la Eva mitológica. Los mitos tienen una enorme fuerza en la Argentina. El “Che” Guevara es, por ejemplo, más un mito que un personaje real. Los mitos son realmente muy difíciles de destruir. La Eva que prevalece, justamente, es la Eva mítica, a la cual yo intenté mostrar de una manera distinta, contando la historia del cadáver, no solamente la historia de su vida. ¿Por qué prevalece Eva? Prevalece lo que ella llamaba una justicia distributiva.  prevalece una imagen de santidad o de bondad. Nadie ataca a Eva. Es el verdadero ícono del peronismo.

-  ¿Crees que la imagen de Eva crece en la medida que disminuye la de Perón, como si fueran antagonistas?

- No, no creo que tenga nada que ver lo uno con lo otro. En un momento dado, le dije a Perón: “General, se da cuenta de que Eva le está ganando la batalla de la Historia’’. Y él pegó un golpe con su puño en la mesa y contestó: “Yo la hice a Eva”. No creo que sean figuras antagonistas. Lo fueron en la última etapa de la vida de Eva; había una corriente evitista y otra peronista. Y la fuerza del evitismo era cada vez mayor y estaba opacando la figura de Perón.

Las entrevistas a Perón

- ¿Cómo crees que varió la recepción en los lectores de La novela de Perón a través del tiempo?

- Empecé a escribir el libro en Caracas, durante el exilio, en un cuartito que me prestó mi vecino, el matemático Manuel Sadosky. Sentía que Perón me había engañado y me había usado para construir su monumento histórico. “El Facundo Quiroga que ha quedado es el de Sarmiento y no el Facundo real -le decía a Sadosky- y lo que yo quiero es que el Perón que conozcan las nuevas generaciones sea el de mi novela”. Manuel, que siempre acudía a ejemplos extraídos de la física o de las matemáticas, trajo un pizarrón inclinado y una bolita de rulemán. Arrojó la bolita, que cayó por el plano inclinado, y me dijo “la bolita es tu novela, el pizarrón es Perón. El tiene su propia ley de gravedad y terminará devorando tu novela”. “Es posible -le contesté- pero asumir el desafío a través de mi novela, me basta”.

- Cuando estabas entrevistando a Perón en España, ante reiteradas impertinencias de López Rega, le aclaraste al General que se suponía que te iba a recibir solo y no con un “sirviente”.

- López Rega me agravió previamente. Le insinuó a Perón que yo estaba grabando la entrevista para vender las cintas a los sindicatos.  En realidad el pacto de que las entrevistas se hicieran sin presencia de terceros sólo existió el último día. En los previos, López Rega interrumpía constantemente las referencias a Eva Perón, no quería que se hablara de ella. Yo consideraba que, si eso persistía, las entrevistas serían incompletas. Entonces le pedí a Perón que la última entrevista la hiciéramos a solas. En las anteriores, me acompañaba César Fernández Moreno. Y a Perón, López Rega. Ahora me doy cuenta de las diferencias entre una y otra compañía (risas). En la entrevista final, López Rega también intervino y fue entonces cuando se produjo el incidente.

Incursionar en sus libros

- ¿Qué camino de lectura le recomendarías a un joven que quiere adentrarse en tu obra?

- Le diría que empiece con Lugar común la muerte; que siga con Purgatorio y que luego retroceda hasta Santa Evita, Réquiem por un país perdido y La mano del amo, libro que no hay que desdeñar. Sin embargo, los jóvenes escritores argentinos, con quienes hablo mucho, prefieren de manera casi masiva La novela de Perón, que no es el libro que más me gusta, aunque quizás haya sido aquel en el que más trabajé.

- ¿Con cuál de las novelas anteriores tiene Purgatorio mayor relación? Hay, por ejemplo, una posible equivalencia entre la relación de Carmona con su madre, personajes de La mano del amo, y la de Emilia con su padre.

- Sí, sin duda con La mano del amo, que es mi libro menos afortunado. Es como una cuña entre La novela de Perón y Santa Evita, que ya sabía que iba a escribirla mucho antes de hacerlo. Escribí La mano del amo intencionalmente antes de Santa Evita para evitar ser encasillado como un experto en peronismo. Hay elementos en las novelas de los que el autor no es consciente. Por ejemplo, siempre se me infiltran japoneses. En La mano del amo, el señor Ikeda proyecta películas en la montaña y en Purgatorio aparece un viaje por el Japón. Y allí el personaje se mete dentro de un ideograma y aparece en la puerta de Mandelbaum en Jerusalén. Esta es una idea extraída de mi infancia.

- De la infancia tucumana...

- Sí, está relacionada con el primer cuento que escribí en mi vida, cuando tenía 9 años. Es un cuento contra mis padres, como debe ser. Un amigo me habló de un circo maravilloso que estaba en una zona de Tucumán a la que mis padres me prohibían ir. Me escapé, pensando que volvería a mi casa antes de que se enteraran de mi transgresión. En el circo me enamoré de una muchachita con alas de mariposa que andaba arriba de un caballo. A la salida encontré unos puestos en los que había unos gitanos vendiendo micas para el amor y pensé en comprar unas para enamorar a la chica. Pero antes escuché que al final del espectáculo se representaría una obra de teatro. Eso me demoró más de la cuenta, y en el momento que salí mis padres ya me buscaban en los hospitales. Me esperaba un mes de penitencia durante el cual se me prohibía leer e ir al cine, lo que más me gustaba. Si no puedo leer, pensé, voy a escribir un libro. Al lado de mi casa vivía un viejo que me mostraba estampillas, y eso me sugirió la historia de un chico que, para burlar el castigo de sus padres, se mete dentro de una estampilla y empieza a recorrer el mundo y a ver las cosas que nadie ha visto. Allí introduje todo lo que había leído hasta entonces. Mi madre se dio cuenta de que estaba escribiendo, agarró mi papel, se lo llevó a mi padre y le dijo: hay que levantarle la penitencia a este chico inmediatamente. ¿Por qué?, le preguntó mi padre. Y ella le contestó: porque lo que está haciendo es mucho más peligroso. Entonces descubrí que la imaginación tiene poder para salvarte. Ese recuerdo infantil lo introduje en la novela, mezclado con algo que me ocurrió en Japón.

La verdadera patria

- En el prólogo del libro Tucumán por imágenes decís que Tucumán fue siempre, para vos, el resumen del mundo. Que todo lo que encontraste en la vida, ya lo habías visto en tu provincia natal. ¿Cuáles son tus recuerdos más entrañables?

- Para cualquier escritor, la verdadera patria es la niñez. En la niñez se vive, ya sea en el orden de lo real o en el orden de los sueños, todo lo que vas a hacer. La niñez y la primera fase de la juventud la viví en Tucumán. ¿Los recuerdos más lindos? El cine Edison de los domingos, los helados del verano o la mirada de “El Bajo”, que yo creía que era otra ciudad. Me parecía que Tucumán era muchas ciudades. El centro, la calle Mendoza donde estaba LA GACETA. Todo eso era como un bazar árabe.

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