En pleno auge de lo que Walter Benjamin denominara la época de la reproductibilidad técnica, se convirtió en un popular afiche decorativo, perdiendo así su esencial aura. Hoy, a dos siglos de su aparición, ha adquirido una connotación más compleja: la reprobación del desnudo femenino. Cualquiera que intente subirla en alguna de las redes sociales más populares, recibirá un mensaje de advertencia y quizá una suspensión.

“La Gran Odalisca” encarna, en la trayectoria de Ingres, un punto sin retorno en muchos sentidos. Su estudio de la feminidad no sólo es interesante desde un punto de vista técnico, pues al adosarle tres vértebras de más privilegia el artificio en pos de un ideal estético. También encarna la visión masculina del desnudo como una condición natural de la barbarie o del estado de inocencia y candor del buen salvaje. La reescritura que hizo de las cartas de Lady Wortley Montagu, la primera occidental que tuvo acceso a un harén turco, consagró a Estambul como epicentro del exotismo en las bellas artes decimonónicas. La inspiración literaria que supuso el compendio epistolar de la autora inglesa, inoculó el orientalismo en Ingres. Y, desde su obra plástica, el dulce veneno se propagó hasta bien entrado el siglo XX irradiándose hacia grandes artistas como Picasso y Matisse.

La disposición del cuerpo de la odalisca, mostrándose de espaldas al espectador, aunque mirándolo directo a los ojos, supone una promesa de delicias eróticas ocultas a la vista tras el cortinaje recamado. Su cabellera, sujeta por un pañuelo hermosamente dispuesto, adquiere una connotación de pudor. Demuestra que su humanidad no está disponible para cualquiera; sólo habrá de soltarlo si es elegida por su señor, de quien es dilecta esclava, un honor en los sultanatos turcos. La sirvienta del harén, aspirante a concubina y tal vez a sultana, está de espaldas a Europa como corresponde.

Idea fija

Innumerables críticos han escrito sobre la fascinación de Ingres por la piel femenina, rasgo que le dio singularidad al conjunto de su obra. La tersura a la que acude para caracterizar el cuerpo repercutirá en adelante, no sólo en la idea de la belleza y la juventud. En 1932 el poeta Paul Valéry afirmaría en La idea fija que “la piel es lo más profundo que hay en el hombre”. Y Gilles Deleuze, a partir de esta aseveración, expresaría que la filosofía es una suerte de dermatología general -o arte de las superficies-, pues “se convierte esencialmente en superficie de inscripción: es el tema del enunciado, ‘al mismo tiempo no–visible y no–oculto’”.

La emanación de Ingres ha sido actualizada con filtros diseñados para las apps de fotografía instaladas en los celulares. La suavidad como anhelo de perfección es una marca indeleble de su obra y anhelo actual de millones de dueños de smartphones. Sin embargo, su idea de desnudo rezuma una condición moral bastante disímil de la interpretada en su momento. Los denominados boots que analizan las imágenes subidas por cualquier usuario a las redes sociales han ido refinándose, pero se tropiezan con la dificultad de determinar si se trata de arte o de pornografía. Miles de cuentas han sido cerradas y, para evitar las bajas se ha acudido al ardid de disfrazarlas para sortear al Gran Hermano que rige la piel humana desnuda.

Enajenación

A 200 años del levantamiento del velo que ocultó a “La Gran Odalisca”, es decir, a la turquerie, todavía resulta inquietante la pérdida del aura en la obra artística a la que se refería Benjamin. Cualquiera que intente compartir su fotografía en un entorno digital tendrá que segmentarla, desvanecerla, borronearla y, por ende, mutilarla simbólicamente. La esmerada destrucción de la desnudez refleja, hoy más que nunca, una enajenación de la naturaleza y, por ende, una pérdida abrumadora del sentido del arte. La lejanía que condiciona lo aurístico, está cada vez más distorsionada. La censura a la imagen del cuerpo femenino constituye la primera rebelión cyborg contra la humanidad.

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Marsolaire Quintana - Doctora en Historia y escritora