Conclusión: lo que uno reniega de ciertas películas, como cuando la heroína o el héroe en cuestión elijen la puerta equivocada aun sabiendo que es la equivocada, también pasa en la vida real. Un equipo de LA GACETA, periodista, video periodista y ayudante, vivieron el cuento de terror en primera persona, por suerte, acompañados por un grupo de investigadores maravilloso: de Mundo Paranormal Argentina.

El primer encuentro con Pato y el resto de su gente fue en el Parque Guillermina, un lunes feriado utilizado por ellos para encontrarse con sus seguidores y que estos les relaten sus propias experiencias sobrenaturales.

Desde la esquina de la ignorancia, a Ezequiel Avellaneda le pregunto si están locos por salir a cazar fantasmas. Me ubica en la palmera al instante, bien diplomático. “Nosotros no salimos a cazar fantasmas, nosotros somos investigadores. A vos puede gustarte ver películas, formar parte de un grupo de lectura, lo que sea. En mi caso, en nuestro caso, con las chicas nos gusta lo paranormal”, entendido amigo.

En la concentración del Guillermina, una vecina cuenta que en su casa pasan cosas. La medianera de su jardín linda con uno de los laterales del parque. Ruidos, sombras, cosas que se rompen o mueven; cosas que cambian de lugar. Incluso habla de la noche que llegó sin llaves y que misteriosamente la puerta se abrió cuando arriba sus padres dormían a pata ancha. Vio una sombra. Creer o reventar.

El team de Mundo Paranormal Argentina escucha atento los relatos ajenos, mientras le cede el comando de la velada a una locutora que hace las veces de presentadora del programa que Pato tiene en una radio de Tafí viejo. “Es un gol de media cancha”, confiesa el dueño.

El convite concluye antes de que el reloj alcance la medianoche. Es un lunes cocinado baño maría, húmedo y pegajoso, y con los mosquitos con los cubiertos en las manos haciendo estragos en cada intervención. Hubo gente sacando fotos, filmando, sonriendo.

A un grupo de WhatsApp llegó la primera sorpresa tras este encuentro entre “perceptivos”: a unos 50 metros del punto de encuentro, se ve una imagen por celular vacía, bancos sin dueños, cero movimientos y luces custodiando los autos del estacionamiento. En la misma foto, sacada por otro celular en la misma dirección, se ve una mancha gris cortando el aburrimiento de la placa anterior. Era un espectro.

Creer o reventar.

Ese lunes sirvió para conocer a los chicos y “armar algo lindo”. El significado de “lindo” para este grupo puede ser significar todo lo contrario para el socio del club de lectura. Sería algo así como confundir horror con belleza.

Nos vemos, hasta la próxima intervención.

¿En dónde? En la Casa Maldita.

DESORDEN. El interior de la casa es un mar de desechos. Como su hubiese pasado un huracán. LA GACETA / LEO NOLI

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“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor” (Alejandro Dumas).

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Pato es Patricia Maldonado, una médium vidente bien considerada con una agenda bastante llena y a quien ha visitado más de un político pidiendo saber qué será de su futuro. Pato fue nuestro as en la manga.

“Si tienen miedo, por favor, no corran. Siempre es mejor estar todos juntos”, advierte.

El consejo aplica para los nuevos, interesados en mezclarse en el pelotón del medio, jamás adelante y menos atrás. Nos asegura Pato que el que cierra la fila, en este caso su hija, Vanessa C. es la más temeraria. El primero de la fila puede caer, pero si cae el último la cosa puede complicarse. Ironías…

Caminando por una senda de trekking de la yunga tucumana apenas visible a la luz de la luna, de la nada nos empezaron a tirar piedras.

Caminando por ese sendero de la yunga tucumana se escucharon aullidos de perros como si en vez de estar en medio de la nada misma hubiésemos estado en un recital de heavy metal.

Caminando por ese sendero que sin linterna sería imposible de seguir, escuchamos el canto y la risa de una bruja. “Es una brujita que nos acompaña, no tengan miedo”, nos calmaba Pato.

El miedo es tu mejor amigo cuando lo desconocido te descoloca. Y te descoloca porque no lo ves pero lo sentís ante tus ojos ciegos que hacen lo imposible por mantenerte alerta 360°.

Lo curioso de esta brujita es que cantaba (o algo así) solo cuando nosotros caminábamos y charlábamos. Si nos frenábamos para escucharla, su respuesta era un silencio hiriente.

Y te lastimaba en serio, porque tu cabeza se convertía en un mar de dudas.

ENTRADA. El acceso a lo que alguna vez fue el comedor está protegido por una heladera. LA GACETA / LEO NOLI

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El portón tipo tranquera de acceso a la Casa Maldita estaba casi perdido entre la yunga misma. Desde que lo abrías hasta la propiedad había varios metros de parque. Varios. Sobre un margen derecho, lo que era el paso hacia una cochera estaba totalmente cubierto de verde. Dory García fue la que me acompañó a ver qué había.

Llamaba la atención el olvido a artefactos con valor de reventa en el mercado: un tractor, un auto; máquinas.

Y de pronto, un destello.

Dudo en consultarle a Dory, pero ella se adelanta. “¿Viste lo mismo que yo?”, pregunta como quien no quiere soltar toda su verdad. “Un destello blanco”. Dory Sonríe y pegamos la vuelta a encontrarnos con Marcela Palacios, Lorena Calazzo y el resto de los chicos.

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Las ramas de un árbol todavía joven bloquean el camino. Hay que ser un poco contorsionista para bajar un escalón y dar con el patio trasero de la casa.

¡Pum!

De la nada, un golpe seco latoso, pero seco seco en serio, suena como una advertencia. Pato explica que en esta casa hubo mucho dolor. Ella lo siente. Han pasado cosas feas. “Un incendio”, explica y señala dos habitaciones apartadas de la propiedad principal y donde alguna vez se escuchó la risa de una brujita, recuerda Pato.

Después se semejante llamado de atención, lo ideal hubiera sido volver a casa. Es lo que no pasa en las películas y lo que tampoco pasó ni con Mundo Paranormal Argentina, ni con LA GACETA. Ante la duda, avanzar.

LA SENDA. El acceso a la casa no fue nada sencillo. LA GACETA / LEO NOLI

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Es difícil describirlo en tinta, pero no lo es recordarlo. Caminar por ese patio trasero hasta una puerta lateral fue tan pesado como cargar un elefante. Era como si el tránsito por ese camino de tierra y piedra granito hubiera estado recién pavimentado y con la brea al dente. Todo movimiento era pesado, un yunque.

Una vieja heladera a gas protegía casi la totalidad del acceso al comedor. Pato recomienda pasar de costado. “Así evitás que algo se vaya con vos”.

Ya dentro de la casa, hacer pie fue complicado. Una alfombra interminable de diarios y revistas cubría casi la totalidad del suelo. Lo más pulcro a la vista era un viejo hogar a leña con dos troncos casi vírgenes, apenas encendidos y chamuscados.

En el interior de esa casa, el miedo era amo y señor.

Real, real, uno sentía que lo aplastaban.

Exequiel, acostumbrado a las noches de adrenalina, pidió continuar hacia el primer piso, donde se concentraba la mayor actividad paranormal de la casa.

“Galle” se manca y dice, “hasta acá llego yo”. Entonces entró a jugar el mensaje de “subí o esperanos acá”, y esperar en soldad no era opción, menos después de una nueva lluvia de piedras surgida de la nada.

Si esto fue una puesta en escena, merece el Oscar.

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Pueden haber sido unos 20 escalones, en total, quizás más, quizás menos. Cada uno fue una experiencia religiosa. Era avanzar sabiendo que ibas a la boca del lobo. Era saber que no debías estar ahí porque en planta baja habías experimentado algo tan extraño como inexplicable.

Entramos a la habitación con vista a la ciudad, la primera de la izquierda cuya puerta ventana no existía y daba a un balcón sin baranda. Todo un peligro. “No se acerquen mucho, los pueden empujar”, Lorena, la paramédica de Mundo Paranormal Argentina, siempre al rescate.

ADVERTENCIA. Antes de llega a la planta alta, este cartel parece el último llamado de altera, para no avanzar. LA GACETA / LEO NOLI

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Estando arriba, escuchamos a un nene correr y reírse por debajo del balcón sin baranda. Posta.

Estando arriba, escuchamos a una mujer hablando pero sin entender qué era lo que decía. Su voz nos llegaba desde el comedor.

Estando arriba, nos comunicamos con el más allá con el Spirit box.

En la comunicación radial, con una estática que se corta todo el tiempo, dos voces masculinas pidieron luz. “Despedirse del mundo de los seres vivos”.

En esa misma comunicación, la voz de una mujer rompió la mentira de los teóricamente solitarios fantasmas.

Uno de esos fantasmas interrumpió una pregunta y pidió por Dory.

En esa habitación de la planta alta ya no estábamos solos.

Héctor, el cumpleañero y testigo obligado de esta experiencia, pidió la palabra. “No sé si ustedes lo sienten, pero algo va y viene detrás de mí”.

Pregunto al Spirit box si era momento de irnos.

Entonces algo me toca el cuello. Fue como una caricia de alfileres que hizo que la mitad de mi cuerpo, partido al medio de manera vertical, tuviera piel de gallina y la otra, no. Sentí que me encogía.

Entonces Marcela nos dice de continuar hacia otro cuarto.

Le decimos que no.

“Hasta acá llegamos”.