Sentimos que, aunque nos pesa en los hombros, se nos está yendo 2019 en un suspiro, ¿no? Lo vivimos como si fuera una verdad universal. A menos, claro, que les preguntemos a nuestros hijos (o a nuestros nietos, depende de cuántos años tengamos). Ellos podrán decirte que los meses de clases fueron eternos, o que falta un montón para que de una buena vez llegue Papá Noel... Y esto, ¿por qué?

Imaginemos: en algún lugar de la sabana africana, poco a poco un grupo de monos va diferenciándose de sus semejantes. Tomemos una variable: no lo saben, pero en su vida cíclicamente se alternan, como para todos los primates, períodos de oscuridad y de luz; de sueño y vigilia. No sólo porque “circular” de noche es difícil y peligroso; también porque en el organismo las hormonas “mandan a dormir” cuando oscurece.

En algún momento esos “nuevos monos” harán consciente el mecanismo y, como muchos millones de años después proclamará el texto sagrado, descubrirán que “hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo” (Eclesiastés 3,1). Dicho de otro modo: somos los seres que en el planeta hemos inventado el tiempo. ¿Otro modo de decirlo? No hay “un tiempo”, como no hay “un hombre”.

El tiempo ¿es veloz?

“Tenía unos ocho años y me fui a escalar una casa en construcción de nuestro vecindario. Me acerqué al borde, caí y la caída pareció tomar mucho tiempo -cuenta a la BBC David Eagleman, neurocientífico profesor adjunto en la Universidad de Stanford-. Recuerdo que veía como el suelo de ladrillo rojo se iba acercando. Una vez que toqué el suelo quedé inconsciente... pero también intrigado”. Esa intriga lo llevó a estudiar los asombrosos poderes de nuestro cerebro, y 40 años después combina enfoques psicofísicos, conductuales y computacionales para responder a la pregunta (entre muchas otras) de cómo percibimos el tiempo.

“Los días de pensar en el tiempo como un río, fluyendo uniformemente, siempre avanzando, han terminado. La percepción del tiempo, al igual que la visión, es una construcción del cerebro”, asegura en un artículo publicado en www.edge.org. Y añade: “Todos sabemos acerca de las ilusiones ópticas, en las cuales las cosas parecen diferentes de lo que realmente son; menos conocido es el mundo de las ilusiones temporales”. Sucede que, como con la visión, la percepción del tiempo se basa en la colaboración de mecanismos neuronales diferentes que generalmente funcionan coordinados, pero pueden “descoordinarse” en ciertas circunstancias.

Experimento

Por ejemplo -explica Eagleman- si te proyectaran en el laboratorio una foto repetidas veces durante el mismo tiempo, y de repente te mostraran una diferente por el mismo lapso que la anterior, te parecerá que la nueva foto está en la pantalla mucho más tiempo. Ocurre que cuando el cerebro ve algo nuevo necesita más energía para representarlo, porque no se lo esperaba. En esos casos, que el sistema nervioso interpreta ancestralmente como situación de emergencia (lo nuevo puede ser peligroso), una parte del cerebro, la amígdala, se activa. La amígdala se encarga de almacenar recuerdos en un espacio de memoria distinta a la cotidiana. Allí los recuerdos son muy densos pues, como estás en estado de alerta, registrás todo lo que pasa. Y cuando el cerebro lee la información que acumulás del episodio, hay tanta que su conclusión es que el suceso debe haber tomado mucho tiempo. En otras palabras: cuando acumulamos mucha información en poco tiempo, el cerebro interpreta que el suceso fue largo.

Y eso explica por qué a medida que envejecemos parece que el tiempo acelera: de chicos todo es nuevo: vas descubriendo las reglas según las cuales la humanidad ha ido organizando el cosmos; estás escribiendo mucha memoria, y generás muchos recuerdos de lo aprendido. Cuando sos mayor, mirás hacia atrás al final del año, y probablemente lo pasaste haciendo más o menos lo mismo que durante X cantidad de años. Por eso parece que pasó en un instante.

Es lo que les sucede a muchos “viejos”, e influye profundamente en su sensación de hastío y falta de incentivos para seguir vivos. Es el motivo -también- por el que las organizaciones que trabajan con adultos mayores destacan la importancia de la longevidad activa, aprendiendo siempre cosas nuevas. Alejarse de la zona de confort puede marcar la diferencia.

“Buscá novedades -aconseja Eagleman-. Comenzá con algo básico, como ponerte el reloj en la otra muñeca o cepillarte los dientes con la otra mano. Algo así de simple obliga a tu cerebro a activarse, pues no puede predecir lo que va a suceder, y tiene que participar. Así cada noche, cuando te acostés, tendrás mucho más que recordar y dejará de parecerte que la vida se va en un suspiro”. La idea es lograr nueva memorias con nuevas experiencias que obliguen a salir del “piloto automático”.