Pasó el segundo debate presidencial 2019 en nuestro país y dejó algunas evidencias. Creo firmemente que la metodología del debate debe perfeccionarse, tiene que dejar de ser una mera exposición individual. Aquí no hubo debate en ningún momento por el mecanismo implementado por la Cámara Nacional Electoral. Los debates permiten a sus participantes hablar entre ellos, es decir, poder erigir diferentes ideas y perspectivas frente a un tema determinado. Por el contrario, en esta oportunidad fuimos testigos oculares de una gran feria de candidatos.
Un debate que se desarrolla en un contexto con diferencias electorales significativas entre los candidatos -por los resultados de las PASO-, no permite hablar de ganadores y perdedores. Más bien el debate tiende a reforzar preferencias electorales, pero no crea gran volumen de nuevos votantes. Por eso, el porcentaje de movimiento de votos es insignificante a la luz del punto de partida electoral entre primero y segundo. A pesar de todo, es una certeza que ninguno de los candidatos a la presidencia puede decidir no participar y, por lo tanto, no tener costo electoral. Es decir, participar del debate no genera costos relevantes, pero no participar puede volverse un bumerán.
Otra evidencia clara es que el verdadero debate comienza cuando el debate termina. Esto quiere decir, que el fenómeno comunicacional se da pos debate; la cantidad de horas de televisión, radio, portales digitales y tinta impresa en diarios analizando al detalle sobre todo lo sucedido durante el debate, vuelven muy significativo electoralmente todo lo que pueda decirse después de cada uno de los candidatos. Y esta situación es conocida en los equipos de campaña, por eso considero que los candidatos no concurrieron a los debates para hablarles a los ciudadanos sino más bien les hablaron al periodismo y a los analistas.
En cuanto a la participación de los diferentes candidatos, José Luis Espert fue el más disruptivo, si ponemos el foco en su capacidad comunicacional. Tenía muy claro que debía exponer ideas que rompan la lógica de abordaje del resto de los candidatos. Ese era un punto a favor de él. El expresar “vengo a decirles lo que hay que hacer, aunque me cueste votos” fue sin dudas un framing estratégico bien planificado. Porque lo posicionaba como el único y verdadero “outsider” de la política –neutralizando en ese terreno a Gómez Centurión-.
Con todo el respeto intelectual que se merece, Roberto Lavagna tuvo una participación demasiado aburrida, poco clara y perdida por momentos. Lavagna fue la mala sorpresa de este debate. En otro orden, Nicolas del Caño tuvo un desenvolvimiento más destacado que en 2015, pero la posición ideológica dominante del partido que representa lo volvió por momentos un poco ingenuo en promesas; considero que esa necesidad permanentemente de exponer siempre desde el ideal socialista lo volvió muy ilustrativo y poco práctico de explicaciones.
Por la naturaleza electoral de lo que representan, Mauricio Macri y Alberto Fernández fueron el centro de la escena. El primero, envalentonado por las marchas del “sí se puede” tuvo una participación mucho más confrontativa que en el primer debate. Macri volvió a la estrategia primaria de sus campañas: el miedo. Su performance fue mucho más parecida a la de 2015 por la polarización al 100 por ciento contra el Kirchnerismo y por sus propuestas rimbombantes. Sin dudas, y a sabiendas de que los indicadores de su gestión de gobierno lo perjudican para una reelección, Macri jugó a volver a ser Macri: confrontar el pasado con el futuro, porque del presente no tiene mucho para decir.
Alberto Fernández no esquivó balas. Su participación podría haber sido más casual y moderada, quizás por cómo llegaba al debate -con resultados y proyecciones electorales favorables. Sin embargo, Fernández no sólo entró al juego de la polarización, además lo jugó. Utilizó el combate directo, dejó pintados al resto de los candidatos y sólo se preocupó por mostrar sistemáticamente las debilidades del oficialismo en términos de gestión pública. Atento a las críticas vertidas la semana anterior sobre su dedo índice, Alberto Fernández estuvo preciso a la hora de enfrentarse. Controló el tiempo disponible, su actitud fue medida, sus frases y chicanas justas. Fernández sabía el escenario que se le presentaría -un Mauricio Macri fortalecido por las movilizaciones, pero debilitado por la coyuntura económica-. En ese contexto, su estrategia dominante fue exponer metódicamente la gestión del presidente.
En conclusión, y como dije anteriormente, no hay ganadores ni perdedores en este debate. Hay quienes cometieron menos errores que el adversario y quienes supieron desenvolverse buscando la mediatización ex post.