A Guillermo Terán, Gastón Aguilera y Marcos Mirande les encanta salir redes en mano, y meterse con ellas al río hasta media pierna en busca del tesoro que les entrega el agua, como simples pescadores. Pero no lo son. Lo que las redes recogen para ellos son su objeto de estudio, y ellos son biólogos, más precisamente, ictiólogos. Trabajan en la Unidad Ejecutora Lillo (Fundación Miguel Lillo-Conicet), y su área de investigación es compleja, pero -en un intento injusto de simplicidad- digamos que estudian las distintas especies de peces, cuyas relaciones evolutivas se van engarzando como ramas nuevas en un árbol y van delimitando un sistema de vínculos; por eso se definen como sistemáticos.

Por ese motivo, también les encanta armarse de lupas en el laboratorio y buscar hasta el más mínimo detalle que les permita saber exactamente qué fue lo que el río les entregó, cuentan a LA GACETA Guillermo y Marcos, en nombre de todos. De ese “todos” forma parte, y comparte pasiones, Felipe Alonso, que tiene sede de investigación en Salta, en el Instituto de Bio y Geociencias del NOA (Conicet-UNSa).

EN EL RÍO. El equipo, dedicado a hacer lo que ama: la búsqueda del saber.

Felipe, Guillermo, Gastón y Marcos están felices: hace pocas semanas se publicó en la revista “Neotropical Ichthyology” uno de sus hallazgos (van por lo menos siete, por lo que recuerdan): identificaron una nueva especie de pez, que bautizaron Farlowella azpelicuetae. El primer nombre indica el género -explican-, que se corresponde con los peces que comúnmente llaman “viejas”; el “apellido” (que dice de la diferencia específica y en ciencias se escribe con minúscula), se lo pusieron para homenajear a Mercedes Azpelicueta, ictióloga del Museo de La Plata, que dirigió el doctorado de los tres. Claro que no hicieron el trabajo solos: “sospechamos que podía tratarse de una especie nueva. Y era la segunda especie de Farlowella que se describiría para Argentina; pero las más parecidas y presumiblemente relacionadas habitan en la cuenca Amazónica, y no teníamos material comparativo. Así que pedimos ayuda a Gustavo Ballen, de la Universidad de San Pablo, Brasil; con su aporte pudimos estar seguros”, cuenta Marcos.

Definición clave

“Hay que aclarar qué significa especie ‘nueva’ -destaca Guillermo-. Aunque no pasó concretamente con esta especie, porque que en su mayoría las personas que habitan en su área de distribución no la conocen, generalmente cuando estamos de campaña y nos encontramos con los lugareños escuchamos ‘¡bah… eso lo pesco yo desde que era chico…!’. Y tienen razón”. “Tampoco significa que aparecieron antes de ayer; pueden tener miles de años sobre el planeta -agrega-. ‘Nueva’ significa no descriptas antes por la ciencia”.

Lo cierto es que los miembros del grupo se van consolidando como “pescadores de novedades”: “está a punto de salir publicado otro hallazgo, pero por ahora esto no puede ser más que un spolier. En unos días podremos contar”, lanza Guillermo feliz y Marcos asiente con una sonrisa de complicidad.

Prehistoria

La historia que estamos contando tiene sus antecedentes: nuestra cuenca fluvial es cerrada (no sale al mar) y la fauna ictícola de Tucumán, por cercanía, está muy estudiada; por otro lado, en las zonas cálidas la biodiversidad es mayor. Estas son algunas de las razones que llevaron a los “pescadores de tesoros biológicos” al Bermejo, en Salta, a unos 400 metros sobre el nivel del mar. “Creo que fue en 2004 que ‘nos colamos’ en la expedición de algún botánico -confiesa divertido Marcos-; cuando vimos los peces allí, nos enamoramos del lugar... y allí seguimos. ¡Ni los jejenes pueden con nosotros!”.

Aguas del Bermejo

Ese es el hogar del Farlowella azpelicuetae, que mide unos 20 centímetros; su cabeza parece una trompetita (técnicamente dicho, “tiene un hocico prominente y levemente espatulado”), y como sucede con todas “las viejas del agua”, la boca está ubicada hacia abajo (“ventralmente”). Su larga cola se divide en dos al final, como la de una sirena.

BÚSQUEDA DEL TESORO. Ojos atentos a lo que la red entrega.

Si se mira rápido y sin atención en las aguas, pude parecer un palito seco. “De hecho, ese es su hábitat -explica Marcos-; se mimetizan con ramas que flotan en el agua y muy probablemente se alimentan de ellas”.

El hallazgo indica que Farlowella azpelicuetae es el único representante del grupo de Farlowella nattereri (compartiría un ancestro evolutivo) en el sistema del Río de la Plata.

Un valor en sí mismo

Todo hallazgo científico es una buena noticia, porque permite seguir aprendiendo del mundo en el que vivimos. “Nuestro trabajo, que nos mantiene todo el tiempo en la frontera entre lo que se sabe y lo que no, apunta a relevar la inmensa biodiversidad de nuestro país y a encontrar cómo las especies se relacionan entre sí”, señala Guillermo.

“Al ser el único miembro de su especie en la cuenca del Plata, el estudio de Farlowella azpelicuetae puede ayudar a comprender la biogeografía de las principales cuencas fluviales de Sudamérica cuándo comenzaron a separarse y sus peces dejaron de tener contacto. Claro que para investigar cuestiones como estas habría que elaborar antes una hipótesis filogenética de las especies del género, quizás compararla con otros organismos son una distribución semejante... -agrega Marcos-. El descubrimiento nos ayuda a entender un poco mejor la naturaleza y al mismo tiempo abre también otros interrogantes y líneas de investigación”.

Es ciencia básica, y es lo que aman hacer. El conocimiento tiene valor en sí mismo. Por eso -y con fundamento- la pregunta por la “utilidad” irrita un poco. Pero no le sacan el cuerpo.

EL HALLAZGO. Marcos sostiene un ejemplar: comienza la historia.

“Por de pronto, es un tipo de pez que les encanta a los acuaristas... quizás podemos hacer un negocio”, bromea Guillermo. Pero retoma la seriedad y Marcos añade: “cuando describimos especies no podemos saber si tendrán o no ‘utilidad’. Pero la diversidad biológica uno de los principales recursos ambientales de la humanidad. La mayoría de los productos industrializados se origina de una u otra manera recursos biológicos; y arrancaron con la interacción de científicos que publicaron artículos sobre esos ‘recursos’. En su origen está casi siempre su descripción como especies. Conocer la naturaleza es el primer paso para cualquier otra investigación que quiera o deba hacerse en un futuro”.