Una mujer con problemas mentales gritaba y maldecía a los transeúntes. Éramos, entonces, un grupo de niños bromeando y vociferándole.

Afortunadamente, ella no prestaba atención a nuestro mal comportamiento. El hecho de ser niños tontos o el tiempo transcurrido desde aquel incidente no disminuye mi responsabilidad ni desvanece mi remordimiento. Sin embargo, si algo positivo surgió de esa experiencia, es que me hizo consciente del sufrimiento de los demás, particularmente de los que padecen enfermedades mentales. Pensé en este incidente que sucedió hace tanto tiempo en mi ciudad natal, durante una reciente visita a mi familia.

Hicimos con mi hermano y dos hermanas un corto viaje fuera de la ciudad, solo para descansar y reafirmar nuestros lazos familiares, algo tan necesario después de vivir separados durante casi 50 años, a pesar de las visitas anuales a mi país. Mi hermano nos llevó al dique El Cadillal, cuyo espejo de agua está rodeado de hermosas colinas, donde pudimos tomar el té de la tarde y charlar. Aprecié ese momento, tan infrecuente y especial para mí.

Caminábamos hacia un restaurante ubicado a la orilla del lago cuando vi a un hombre joven, probablemente de veintitantos años, sentado en un montículo junto a una mujer, que supuse tenía poco más de 50 años. Mi atención se dirigió hacia él, manifiestamente afectado por alguna forma de enfermedad mental. Tenía el aspecto de una persona perdida; movía sus brazos constantemente y sin rumbo, como si persiguiera moscas invisibles.

Pensé en el peso que las enfermedades mentales tienen en todas las sociedades, y en cómo prácticamente no hay ninguna familia que no se vea directa o indirectamente afectada por ellas. A nivel familiar, la enfermedad mental supone una pesada carga, especialmente para los cuidadores, que deben dedicar considerable tiempo y energía a los afectados. Varios estudios han demostrado cómo el estrés prolongado de los cuidadores provoca grandes índices de depresión, alcoholismo, y abuso de drogas y psicofármacos, especialmente entre los familiares que cuidan a personas afectadas por enfermedades mentales. A pesar de la alta frecuencia de este tipo de pacientes, lo que puede estimarse aproximadamente entre el 15% y el 25% de la población de casi cualquier país, en la mayoría de los países aún existe un considerable prejuicio contra quienes las padecen, incluso en los países más desarrollados.

Un estudio encargado por la campaña “Time to Change”, un grupo inclusivo de organizaciones benéficas y el Instituto de Psiquiatría de Inglaterra, encuestó a 2.000 beneficiarios de servicios de salud mental. Este estudio mostró que admitir un problema de salud mental era incluso más difícil que aceptar tener dificultades con la bebida o ir a la bancarrota. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el estigma, la discriminación y el abandono impiden que la atención y el tratamiento lleguen a las personas afectadas por trastornos mentales. Mirando al joven desaliñado con su extraño comportamiento, pude ver por qué resulta difícil aceptar esta situación.

Sin embargo, la enfermedad mental no es el resultado de una debilidad personal, y no importa cuánta gente intente ignorarla; no desaparecerá ni se resolverá por sí sola. Al igual que los problemas cardiovasculares o la diabetes, la enfermedad mental es una respuesta a causas genéticas, biológicas y ambientales, y requiere comprensión y tratamiento. Afortunadamente, muchas de estas enfermedades pueden ser ahora tratadas eficazmente.

Continuamos nuestro camino hacia el restaurante donde gozamos de una tarde muy agradable, compartiendo noticias familiares, bromas y hablando sobre nuestras respectivas actividades. Caía el sol y, aunque había sido un día de invierno inusualmente benigno, bajó la temperatura, así que volvimos sobre nuestros pasos a buscar el vehículo. Cuando regresábamos, pude ver nuevamente al joven y a la mujer. Ella tranquilamente sentada a su par, miraba hacia el horizonte. Su figura irradiaba paz y armonía, como si una poderosa corriente protectora saliera de ella, envolviendo al joven. Sentí la necesidad de decirle algo, pensando que había una conexión entre ambos. No pude pensar en nada especial, así que solo dije: “Ud. tiene mucha paciencia”. Me miró, luego miró al joven y respondió con calma: “Tengo que hacerlo, es mi hijo”.

Este artículo fue publicado originalmente en el Times of Israel y traducido por  el ingeniero Jorge Perera.